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Rutas de misterio

Crónica de la ruta por la Almería Misteriosa (19/10/18)

De nuevo sin plazas, 52 personas recorrimos una parte de la ciudad de Almería intentando verla con otra mirada. En esta ocasión Sara no hizo acto de presencia, pero fue un paseo bastante ameno. Os dejo algunas de las fotos. Si deseas más información: 950801112 (EMOCIOM).

 

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Rutas de misterio

Retomo las rutas por la Almería Misteriosa

Anoche volví a las rutas del misterio. No era la fecha más propicia, pues daba comienzo la Feria de Almería y las calles estaban abarrotadas, pero el resultado final no pudo ser mejor. Un grupo de casi 40 personas, todos muy amables e interesados en conocer la ciudad con otro punto de vista, me acompañaron durante más de dos horas por callejuelas poco transitadas. ¡Sois geniales! Las próximas rutas serán el 14 de septiembre y el 19 de octubre. Más información aquí: 950801112.

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Misterios de Almería

La leyenda del perro del obispo Villalán

No me cansaré de repetir que Fray Diego Fernández de Villalán, uno de los obispos que ha tenido nuestra ciudad, es uno de los personajes más fascinantes de la historia de Almería. Suyo es el sol que es tomado como emblema de Almería, aunque la mayoría de gente se lo atribuya a Portocarrero, otro obispo. Y él fue el promotor para que la catedral actual se reconstruyese y hoy podamos admirarla. Fue durante esas obras cuando Villalán se convirtió en protagonista de la primera de las leyendas que quiero contarles. Estando él con los albañiles en una de las estancias de la catedral, de la nada apareció un perro que ladraba insistentemente como si tuviera miedo de algo. El can salió de la catedral como si el mismo diablo lo persiguiese y Villalán, junto con sus hombres, corrieron tras él para interesarse por lo que ocurría. Una vez fuera, el techo de la estancia donde habían estado segundos antes se derrumbó. Gracias al perro, que desapareció de la misma forma que apareció, Villalán se salvó de morir aplastado entre los escombros. Como muestra de agradecimiento, el obispo quiso inmortalizar al animal mandando construir una estatua que permanece fiel a los pies del sepulcro de Villalán, perfectamente visitable si van a la catedral. El motivo real seguramente fuese el amor del obispo por los animales, especialmente los perros, y que en su escudo haya representados cuatro de ellos.

… Su fiel perro sepultado

no lejos de él asimismo

fue en la Catedral, a un ángulo

del jardín claustral contiguo.

Pero el artista, que el túmulo

cinceló, romper no quiso

tal lealtad; y al pie del lecho

de mármol en que dormido

reposa el prelado egregio

de sus pompas revestido,

velando su pétreo sueño

también está el gozquecillo[1].

[1] Poesía del artículo “El Guardián del Obispo de Piedra”, de Florentino Castro Guisasola aparecido en el diario “La Independencia” del 7 de abril de 1932.

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Ruta por las casas encantadas de Almería capital

En todas las ciudades hay casas que, principalmente por su aspecto (deterioradas, abandonadas, deshabitadas…), son punto de partida a leyendas y rumores relacionados con fantasmas, apariciones espíritus. Muchas veces estas historias son fruto de la invención y de la desinformación, en parte debido a la transformación de unos hechos concretos a medida que se van contando de unos a otros; pero también es cierto que algunos de esos lugares encierran tras sus paredes terribles secretos. Quiero darles una vuelta por algunos de estos edificios que se esconden en la capital, disimulados a veces por el ritmo frenético de la vida que llevamos.

No se me ocurre mejor lugar para empezar este singular recorrido, que la calle “Los Duendes”. Allí, haciendo esquina con la calle Hospital, encontramos un caserón de los que, por desgracia, cada vez van quedando menos en Almería. No sabemos si es por su situación (muy cerca de la Catedral) o por la soledad que se respira en esas callejuelas cuando cae la noche, pero es cierto que el edificio parece transmitirnos una sensación extraña. Entre el vecindario, y también por Internet[1], corren rumores referentes a que todo aquel que alquila la mansión, termina abandonándola debido a los fenómenos paranormales que ocurren dentro de ella. Desde movimiento de objetos hasta los habituales “raps”, pasando por puertas y cajones que se abren y cierran a su antojo, como si tuviesen vida propia. Tal fue la magnitud de estos sucesos, que hay quien afirma que la propia Iglesia envió a un exorcista para hacer un ritual de purificación en la vivienda. La verdad es que en los archivos eclesiásticos que he podido consultar no hay ni rastro de ello, lo que nos invita a pensar que los hechos han sido inventados o manipulados, aunque el paso del tiempo haya contribuido a su difusión. Como no quería quedarme con la duda, recurrí a Eduardo del Pino, la persona que más sabe sobre las calles de Almería, quien acabó por confirmar mis sospechas. La casa tiene poco o nada de encantada. «La vivienda estuvo habitada por familias de la burguesía local como Talaveras, Rodas y Spencer. La gente la llama “la casa de los Duendes”, y muchos piensan que es porque allí sucedieron cosas extrañas, pero no es así. Es porque la parte lateral daba a la calle de ese nombre. No hay nada de misterio en ella».

Al propio Eduardo del Pino le debemos también la siguiente historia. Él fue el primero en hablar de uno de tantos caserones olvidados que habitan el centro de Almería. Aún hoy, si nos situamos frente a él en la plaza Marín, podemos intuir el esplendor que atesoró tiempo atrás a pesar de que con su reciente restauración ha perdido parte de su magia. Como dice el historiador almeriense, no hay indicios que nos revelen por qué se bautizó a esta mansión construida en 1850 con el inquietante sobrenombre de “la casa de los fantasmas”. Siempre ha pertenecido a una familia que les sonará si leyeron mi anterior obra, La Almería Extraña, concretamente el capítulo dedicado a la casa de las dos torres de Benahadux. Les hablo de los Godoy y de los Ametis. En la posguerra sus propietarios fueron Alberto Ametis García y Dolores Godoy Massa, que vivían allí con sus hijos María Dolores, Alberto y Mari Carmen.

La explicación a esta singular denominación seguramente la encontremos en las múltiples leyendas e historias de duendes y espíritus que envuelven esa parte de Almería. La cercanía a la Plaza Vieja y al Cerro de San Cristóbal induce a ello. A finales del s. XIX, esas calles eran testigo de amores prohibidos y de encuentros sexuales clandestinos (no hay que olvidar que había una importante zona de prostitución cerca de ahí), por lo que ni mucho menos hay que descartar que este tipo de rumores fueran propagados con la intención de alejar a los curiosos y así permitir que los conocidos escarceos sentimentales quedasen para siempre en el anonimato.

Hacemos ahora una breve parada en la plaza Julio Alfredo Egea para detenernos frente al Instituto de Estudios Almerienses. Este edificio historicista del s. XIX, hoy rehabilitado, está ubicado sobre un solar en el que la arqueóloga Rosa Morales Sánchez documentó fragmentos de utensilios cerámicos de época romana, una red de suministro de agua y baños públicos del S. XIII así como restos de construcciones privadas de los s. XIV y XV, y objetos pertenecientes a la familia de Diego Alarcón Moya, últimos propietarios (actualmente se conserva la fachada). Del IEA también se cuentan historietas relacionadas con la aparición de un extraño personaje vestido de negro que tuvo en vilo a algunas limpiadoras durante un tiempo. Cierto es que los actuales trabajadores han escuchado ese rumor, incluso hay quien no se atreve a quedarse solo en el edificio, pero todo parece formar parte de la rumorología. Aunque a José Simón, empleado de allí, le ocurrió algo inusual: «Un día, estando allí solo, escuché claramente la voz de alguien que me hablaba. No recuerdo lo que dijo, pero no me lo imaginé. Recorrí todas las habitaciones, subí a la planta de arriba… pero no vi a nadie. Fue muy raro. Y creo que las limpiadoras han tenido experiencias parecidas».

Cerca de La Alcazaba, en el cruce de las calles Reina y Almanzor, existe un llamativo caserón sobre el que se ciernen algunas leyendas. La negativa del dueño actual a querer hablar impide que podamos arrojar luz sobre los hechos, aunque todo apunta a que de nuevo nos encontramos ante rumores sin fundamento. La verdad es que esa zona tiene magia. El ambiente de la Almedina, con la calle estrecha y la tetería de al lado parecen transportarte a otra época. Los primeros datos sobre la vivienda me llegan a través de Antonio Herrera, conocedor de la capital como si fuera la palma de su mano. «La casa se ve que era de un arquitecto de Alhama de Murcia que decían que estaba loco. Cuando decidieron venderla y los encargados de hacerlo entraron, encontraron una serie de pinturas con símbolos relacionados con la brujería y el satanismo. Pero no fue eso lo que más les llamó la atención. Había un buitre disecado que desprendía una energía negativa». El relato continúa con la presencia de una médium, que les confirmaría que las vibraciones del lugar no eran buenas, y les daría una serie de instrucciones para “purificar” el lugar. Estas tenían que ver con un ritual en el que se utilizaba un cactus y una botella de agua bendecida. Todo muy raro, ¿verdad? Como la historia me parecía increíble, me puse en contacto con Emilio Capilla, dueño de un estudio de arquitectura situado en uno de los lofts del caserón. Él me confirmó que había escuchado los rumores y que incluso algunos vecinos habían experimentado situaciones que se alejaban de lo normal. «A nosotros nunca nos ha pasado nada. Bueno… de vez en cuando salta la alarma. Como si detectase una presencia aquí cuando no hay nadie en el estudio. Una vez llegó a venir la policía». Emilio me instó a que contactase con José Cárdenas, encargado de las obras de rehabilitación, porque recordaba que algo les había pasado a los obreros. Y eso fue lo que hice: «No sé quién te ha comentado eso, pero a nosotros no nos ocurrió nada raro. Es verdad que algunos obreros hablaban de la historia de una persona que se suicidó ahorcándose, pero no sé si lo contaban para meter un poco de miedo o porque era cierta». De nuevo, y a riesgo de abusar de su confianza, volví a recurrir al maestro Eduardo del Pino para ver si sabía algo. «Precisamente he vivido al lado durante varios años y he escuchado los rumores, pero creo que lo único paranormal es que las obras de rehabilitación se demoraron en exceso. Por cierto, allí vivió el ilustre médico almeriense Miguel Tolosa».

El Paseo de Almería, con algunos de los edificios más bonitos y esplendorosos de la ciudad, tampoco escapa de las historias que tienen que ver con fantasmas. Además, sus dos vértices siempre han estado relacionados con lo extraño. Me refiero a la casa de Doña Paquita y al edificio de las Mariposas.[2] Y es curioso que algunos de los números que tenemos marcados en rojo en esta ruta del misterio tengan que ver con bancos. Por ejemplo, la antigua sede de Cajamar (esquina con Navarro Rodrigo) o el edificio central de Unicaja. En ambos lugares, tanto vigilantes de seguridad como parte del personal de limpieza aseguran que allí ocurren fenómenos extraños.

Desplacémonos ahora hasta la calle Hermanos Pinzón, epicentro de una tragedia ocurrida el 15 de septiembre de 1970 cuando se derrumbó el edificio Azorín. No quiero ni imaginar la situación tan dramática que se pudo vivir ese día. Quince personas murieron aplastadas por los escombros y otras seis resultaron heridas. La prensa de todo el país se hizo eco de las espeluznantes imágenes del rescate de los cadáveres. Sobre las 14 horas, un fuerte estruendo sobrecogió a los vecinos del barrio. El edificio de diez plantas que se estaba construyendo se desplomó. Fueron los propios viandantes que pasaban por allí quienes intentaron rescatar a los más de treinta albañiles y carpinteros que trabajaban en ese gigante que iba a albergar 72 viviendas. Durante más de 48 horas la ciudad estuvo en vilo. Todos querían cooperar, incluso diversos militares del campamento Álvarez de Sotoyamor (Viator) se desplazaron allí. Sevillana llegó a montar unos focos de gran potencia y una galería para poder acceder a los sótanos del edificio. Miles de personas se concentraban en las inmediaciones, corroborando una vez más el carácter solidario de la capital. El entierro, como no podía ser de otro modo, fue multitudinario (más de quince mil personas), y se decretaron varios días de luto. La Justicia condenó al director de la fábrica de cementos que había proporcionado el material, al comprobar que estaba adulterado; y al arquitecto Fernando Cassinello, por imprudencia temeraria al ser el director de las obras. No se puede frivolizar con estos temas, y menos con una tragedia de por medio, pero no sería justo obviar en este capítulos los testimonios que apuntan a que en determinados pisos de ese edificio se ha manifestado lo imposible. Vecinos que han abandonado sus domicilios repentinamente y sin mediar palabra con sus caseros; ruidos y golpes provenientes de pisos que aparentemente debían estar vacíos, demasiados fallos en el sistema eléctrico, y personas que aseguran haber visto en una de las escaleras a varios personajes vestidos de negro durante algunas madrugadas.

La última estación de este viaje nos lleva hasta la carrera del Mamí. Siempre se ha dicho que en el cortijo Marín de Burgos se han sucedido distintos episodios relacionados con lo inexplicable. Quizá el más importante sea el de una mujer que trabajó allí como sirvienta durante muchos años

 

[1] En la versión que corre por la red existen bastantes errores históricos, algunos muy graves, con lo que no merece la pena hace referencia a ella en este libro.
[2] En uno de los bajos del edificio, durante 76 años estuvo la zapatería “Calzados El Misterio”, cuyo nombre se relacionaba con fenómenos extraños. Nada que ver con eso. Al parecer, Jacinto Asensio Muñoz, su fundador, bautizó al local de esa forma en honor a la fiesta teatral representada cada año en la Basílica de Santa María de Elche. Durante su estancia en la localidad alicantina, Jacinto quedaría encandilado con el espectáculo y quiso brindarle su particular homenaje.

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Eventos, Libros

I Jornadas sobre anomalías y misterios de Almería (marzo de 2018)

Durante el pasado mes de marzo, desde Editorial Círculo Rojo, a la par que Tempus Fugit, pudimos organizar un congreso del misterio en Almería con un cartel de lujo donde destacaba el último Premio Planeta, Javier Sierra. El Teatro Apolo se llenó para acompañarnos durante dos días en los que la recaudación fue para la Fundación Josep Carreras contra la Leucemia. Quiero compartir con vosotros mi ponencia, grabada y editada por “Divulgadores del Misterio”. Además, aprovechamos este marco para presentar la colección de libros “El Círculo del Misterio”, dirigida brillantemente por el escritor Óscar Fábrega.

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Misterios de Almería

La rocambolesca historia del Principado de Sealand – Leyendas de Almería

Una serie de sucesos que mezclan a Adolf Hitler, un país inventado, hackers informáticos y, por supuesto, un almeriense. Es la historia del Principado de Sealand, un “país” de poco más de 500 metros cuadrados que se sitúa en una plataforma metalúrgica que recuerda a Blade Runner o a la serie española La fuga.

Todo comienza en los albores de la II Guerra Mundial, con un incipiente interés del Tercer Reich en el puerto de Londres. Para evitar un ataque, el arquitecto Guy Anson Maunsell propone construir plataformas marinas a lo largo del litoral costero inglés para que actuasen como fortalezas defensivas. Eran monstruos metálicos formados por una base de dos columnas de acero y hormigón, una estructura de siete pisos habitables por hasta 100 personas, y una cubierta de medio kilómetro cuadrado. La verdad es que la idea del arquitecto fue buena en principio, ya que desde estas plataformas se derribaron hasta veintidós aviones, se detuvo un ataque submarino e hicieron estallar veinticinco bombas aéreas. Pero al terminar la guerra aquellas estructuras fueron desalojadas y abandonadas… y una serie de personajes las usaron con diversos fines, en plan okupa, sobre todo para fundar radios clandestinas. Es así como el 2 de septiembre de 1967, un tal Roy Bates se instala en una de ellas, la conocida como Roughs Tower (a 10 kilómetros de la costa de Suffolk y 13 de la costa de Essex), autodeclarándola como un Estado soberano. Con un bote de pintura, escribió SEALAND en letras gigantescas. Roy era el Príncipe de aquella plataforma, y su mujer la Princesa. Creó una bandera con su escudo en el que se leía el lema: E mare libertas (desde el mar, libres). Lógicamente, con esta proclamación empiezan los problemas. Primero por el incidente que protagonizó Michael, el hijo de los Bates, que fue juzgado por disparar a un buque de la armada inglesa que se acercaba a Sealand para reparar una boya. Y después, por el escándalo de los pasaportes. Esto comienza cuando detienen en Miami a un tal Reisnik (dueño del barco donde asesinaron al diseñador Gianni Versace, también ciudadano del Principado) y éste reclama inmunidad diplomática sacando un pasaporte de Sealand. No era lo único que se emitía “oficialmente” allí. También tenían sus propios sellos y monedas, y hasta un equipo nacional de fútbol. Michael Bates manda una carta a Christian Olsen, entrenador del Vestbjerg Vintage Idraetsforening (club de la segunda división de Dinamarca), para pedirle que su equipo fuese la selección nacional de Sealand. Para ello nacionalizó a su entrenador y a los jugadores, debutando en un partido amistoso en 2003 contra un combinado de la República Checa, y uno oficial contra las Islas de Aland que, por cierto, acabó 2-2. Otra historia rocambolesca acaecida allí tiene lugar cuando Roy Bates autoriza a su hijo Michael para que ponga a la venta la plataforma, y la página de descargas digitales The Pirate Bay está a punto de comprarla para hacer del país un paraíso de intercambio de archivos. Finalmente las negociaciones no llegaron a buen puerto.

Sealand, incluso, tuvo su propia Guerra Civil. En 1978, aprovechando un viaje de Bates, su primer ministro Alexander G. Achenbach tomó por la fuerza la torre tras secuestrar a Michael Bates con ayuda de unos ciudadanos alemanes y holandeses. El Príncipe asaltó la fortaleza con un helicóptero y rescató a su hijo, manteniendo cautivos a los rebeldes a menos que los gobiernos de sus naciones de origen pagasen 7500 marcos alemanes. Este país tuvo que mandar a un diplomático para limar asperezas y lograr la liberación de los rehenes.

La relación con Almería viene de la mano de Francisco Trujillo, un ex guardia civil almeriense que fue detenido el 12 de abril del año 200 por tener una red de venta de pasaportes diplomáticos de Sealand. Desde la sede de su “embajada” en Madrid, instalada en las oficinas de un bingo en la calle Serrano, nuestro paisano figuraba como regente del país. Las alertas saltaron cuando un hombre intentó irse de una gasolinera sin pagar y, al ser detenido, mostró un pasaporte expedido bajo los nombres de “Principality of Sealand” y “Sovereign Military Orden of St. John of Jerusalem”. Exigía inmunidad política. La policía tiró de la manta a raíz de esto y acabó deteniendo a una treintena de españoles, capitaneados por Trujillo, que además de pasaportes (costaban entre 9 y 55 mil euros) vendían pisos, títulos universitarios, carnets de socio de un selecto club (cuota mensual de seis mil euros) y plazas de garaje en un supuesto parking situado en la plataforma militar. Surrealista es poco adjetivo para calificar todo esto. Por cierto, el almeriense ostentaba el título de “Excelentísimo Regente del Principado de Sealand” y en su proyecto de gobierno pensaba construir un complejo deportivo, varios centros médicos, una catedral y ocho helipuertos, así como lujosos bloques de pisos para gente VIP. Ocupó su lugar en el trono de Sealand apoyándose en el “derecho del mar”. Fue detenido, y con él en prisión las cosas se han calmado, aunque también ha ayudado el fallecimiento del Príncipe Roy en octubre de 2012 a los 91 años de edad. Hoy, el país sigue en venta, así que si alguien se anima a invertir, les dejo la dirección donde deben acudir: Sealand 1001, Sealand Post Bag, IP11 9SZ, UK.

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Misterios de Almería

Misterios de Almería – El culto a la Difunta Correa en Almerimar (El Ejido)

Provincia de San Juan (Argentina), año 1840. Pedro Correa, guerrero que luchaba por la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata, huía de las autoridades. Fue apresado junto a su yerno para ser juzgado y encarcelado. La mujer de Pedro, Deolinda, fue a su rescate con su hijo de pocos meses en brazos. Caminaba sin pausa y con las pocas fuerzas que le quedaban. Murió de sed en el camino, desplomándose en un pequeño cerro. Días después, unos arrieros hallaron el cuerpo sin vida de Deolinda, pero con una sorpresa: el niño seguía vivo y estaba mamando de uno de los pechos de su madre. Los buenos hombres acogieron al pequeño y dieron sepultura a la heroína.

Cuando la historia se propagó entre la población, la gente comenzó a acudir a la tumba de Deolinda, llevándole flores y ofrendas, sobre todo agua. Botellas llenas para que, esté donde esté, pueda calmar la sed que la llevó a morir. A cambio, las personas le piden que vele por ellas desde el otro lado. Actualmente, allí hay un santuario en honor a la Difunta Correa donde se congregan cada año un millón de personas.

Almerimar
En la carretera de El Alcor, que va desde San Agustín hasta Almerimar, hay dos pequeñas grutas con forma de altar que llaman mucho la atención por la cantidad de botellas de agua que las rodean. La primera fue creada por dos argentinos que llegaron a San Agustín hace diez años. Leonardo di Lernia e Ivanna Haro construyeron en 2010 el santuario para pedir trabajo y salud a la Difunta Correa. Y funcionó, porque desde entonces todo les ha ido bien.

A partir de ahí, es raro el día en el que algún vecino de la comarca del Poniente no recurra a este lugar para intentar que esta mártir cumpla sus peticiones a cambio de botellas de agua, aunque también es frecuente ver otro tipo de objetos como chupetes de niños pequeños, casitas de madera, collares, bastones y  ositos de peluche. Esta estampa impacta mucho a quienes se la encuentran sin saber la historia. “Sentí escalofríos cuando lo vi. Desde el primer momento supe que aquello no era normal y tuve bastante miedo”, confiesa Toñi Fernández.

Sanaciones, curaciones imposibles, trabajo o bienestar sentimental son las peticiones que se hacen a la Difunta Correa. Por eso  es raro el día en el que no se acerquen a Almerimar varias personas a rendirle culto. “Es algo íntimo”, declara una mujer que espera su turno para dejar su ofrenda. Aunque, al igual que ocurre con las ánimas benditas de Adra, dicen que quien no lleva agua a la Difunta Correa recibe algunos ‘avisos’ para que cumpla lo adeudado. “Es muy  ‘cobradora’. Irá a buscarte para avisarte de lo que le debes”, afirma Ivanna. 

Testimonio
Maite y sus amigos iban en el coche camino de Almerimar. Reían y conversaban tranquilamente hasta que algo perturbó su ánimo. Los cuatro pudieron ver en la carretera una figura extraña. Parecía una mujer, pero no se la distinguía bien. Era como si estuviese difuminada. Caminaba muy lentamente dando sensación de cansada. «En cuanto la vimos, nos callamos todos. Y a los cuatro se nos puso el vello de punta. Como si en nuestro cuerpo hubiera saltado una alarma de peligro. Aquella figura no era de este mundo». Como nos hubiera pasado a casi todos, la primera reacción de los chicos fue la de no parar. Tenían miedo, pero cuando el shock se les pasó, decidieron dar la vuelta para socorrer a esa persona.

José, profesor de autoescuela, también vio algo extraño en esa carretera. Lo que él define como “un cuerpo sin cabeza” se le cruzó en plena noche. Y cerca de allí, Eduardo Carvelo y un amigo suyo fueron perseguidos por una extraña luminaria que fue tras ellos entre invernaderos.

Malestar
Más tangible es el descontento de quienes viven cerca, por ejemplo los vecinos de la urbanización que hay justo debajo, que se quejan de que muchos días el viento arrastra hasta allí las botellas vacías. También han mostrado su malestar los propietarios de los invernaderos cercanos, por el mismo motivo.

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Misterios de Almería

La curiosa historia de Bernardo, el “animero” de Laujar – Leyendas de Almería

La figura del animero, caracterizada normalmente por un varón de baja clase social, fue especialmente popular en algunos pueblos almerienses durante el siglo XVIII. Estos personajes estaban en contacto con las ánimas de aquellos que no descansaban en paz por tener un cometido pendiente en el mundo terrenal, cual moderno Caronte, e incluso había quien tenía un trato directo con la muerte, que le avisaba días antes sobre la persona o personas que iban a morir en la población, causando el pánico, como es lógico, de cualquier vecino al que se acercara.

Bernardo
Este caso, exhumado por el antropólogo Juan Blázquez Miguel, merece la pena ser recogido en cualquier estudio de este tipo, sobre todo por su condicionante supersticioso y lucrativo ante la normal ingenuidad de esa época. La historia no tiene desperdicio alguno.

En 1739, uno de los “señoricos” de Laujar, Cristóbal Ramírez, contrata a un labrador llamado Bernardo Bentaja, procedente de Benejí. Parecía un hombre formal y trabajador, que poco a poco se fue ganando el cariño de los vecinos y de la familia de su propio jefe.

Al poco tiempo, empiezan a correr rumores sobre los místicos poderes de Bernardo, cuyas capacidades le llevan a predecir quiénes iban a morir en el pueblo, o contactar con quienes estaban el Cielo o en el Infierno. Este personaje, en presencia de otros, entraba en un llamativo éxtasis que le provocaba cambios en el color de la piel, le agarrotaba las manos y le transformaba el color de los ojos. Sus paisanos, atemorizados por sus particulares facultades, le permitieron privilegios como el no trabajar o poder participar en jornadas de cacería.

Rumores
Bernardo aprovechó la popularidad que sus prodigios le habían concedido, para hacer sus pinitos en las artes amatorias con las mujeres del pueblo. Les prometía casamiento para llevárselas al río, desentendiéndose después de ellas tras haber consumado.

A pesar de la mala fama que consiguió por los rumores de sus escarceos amorosos, consiguió que su amo se empeñase en casarlo con una de sus hermanas, Gabriela Ramírez, veintiocho años mayor que él. Pero antes debía “curarse” de su don, siendo encarcelado para ello por los frailes del convento de Laujar durante una buena época en la que fue objeto de diversos exorcismos y palizas varias. Este calvario dura hasta que una voz de ultratumba le dice que la mujer del “señorico” está endemoniada, y que el único remedio es que Bernardo se acueste con ella. Tal fue el convencimiento en la realidad de esta afirmación, que sus propios familiares le prepararon un lecho más parecido al de la realeza, acompañándolo entre cantos y letanías para que pudiese desembrujar a doña Antonia con total impunidad. Este episodio, unido a diversos encuentros con mujeres del entorno, hace que el clero denuncie a Bernardo ante la Inquisición, acabándose aquí, que sepamos, las fechorías de este peculiar personaje que afirmaba estar en contacto con los muertos.

¿Acaso creían ustedes que siglos atrás no había estafadores ni gente que se aprovechaba de las creencias o de la incultura de los demás?

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Misterios de Almería

Leyendas de Almería: El cristo del Portal o el cristo carbonero

Inexplicablemente, a pesar de estar situado en pleno casco histórico (calle Jovellanos), pasa desapercibido, incluso, para los que viven en esa zona. La próxima vez que caminen por allí, fíjense en el caserón que hay al lado de Casa Puga. Asómense por las rejillas y descubran al llamado Cristo del Portal, también conocido con el nombre de Cristo Carbonero.

La historia, como no podría ser de otro modo, tiene varias versiones. Yo me quedo con la que reflejó el gran Joaquín Santisteban y Delgado en las páginas de La Crónica Meridional (20 de agosto de 1924). Según él, un carbonero dibujó a capricho, en un éxtasis de fe, un Cristo con carbón que después fue objeto de reverencia y respeto hasta día de hoy. Santisteban nos refiere la tradición de que en un portal de la calle de Santo Cristo existía un depósito de carbón. La persona encargada de su venta tenía una serie de dotes artísticas que demostraba a sus clientes al trazar dibujos con el material que ofertaba. Un buen día, alguien le lanzó un reto: «Sabes hacer dibujos toscos pero jamás pintarás un Cristo». Él lo tomó como una ofensa y procedió a dibujar a Jesús de forma tan clara que hasta se detallaban sus facciones. Esa historia se fue transmitiendo de boca en boca, atribuyéndose el hecho a un milagro, con lo que el Cristo dibujado comenzó a ser objeto de adoración… y de donativos.

Cuando pasó el tiempo y la casa cambió de manos, los nuevos inquilinos decidieron borrar la imagen picando en la pared, pero el Cristo surgió nuevamente como si de una cara de Bélmez se tratase. Toda tentativa de hacer desaparecer el Cristo resultó inútil. A partir de entonces, el pueblo le imploró y siguió haciéndole partícipe de sus promesas a cambio de rezos y monedas. Unas épocas con más afluencia y otras con menos, pero su culto siempre ha estado activo desde entonces (exceptuando, por lógica, los periodos de guerra). En mayo de 1842, la Diputación Provincial pide al Ayuntamiento que se cumpla la siguiente ordenanza: Deben desaparecer de las calles de Almería las efigies existentes, trasladándose estas a las parroquias correspondientes para evitar su profanación o deterioro. Por aquel entonces, la casa del Cristo del Portal era propiedad de Francisco Vázquez Capilla, quien, por imposibilidad de cumplir la normativa (no se puede trasladar un dibujo hecho en una pared), decide colocar un lienzo blanqueado para ocultar el prodigio. Tiempo después habitan la casa López de Sagredo y Magdalena Escolano, que colgaron un óleo de Jesús en su muerte. Cuadro, que, por cierto, quiso comprar el obispo D. Alfonso Ródenas para llevar al Palacio Episcopal, tras bendecirlo. Por otro lado, el propio Jesús de Perceval se encargó de retocar la imagen actual (en el dorso del cuadro está el sello de la Escuela Indaliana), que es obra del pintor almeriense Francisco Capulino-Lanuza Pérez (más conocido como “Capuleto”).

Les decía al principio que había más versiones de esta historia. Últimamente se ha popularizado una de ellas al ser recogida en Diario de Almería por uno de sus articulistas (hasta en cuatro ocasiones), del que sorprenden tales afirmaciones ya que es conocida su animadversión a los temas relacionados con la leyenda y lo sobrenatural y, como nos relataba Joaquín Santisteban, la historia tiene base real. Aun así, es interesante a modo de anécdota lo que en el mencionado diario se nos cuenta a pesar de la poca fiabilidad de su firmante:

Después de ser expulsados los moriscos tras las revueltas de 1490, se procede a repartir sus bienes entre los nuevos repobladores. Entre ellos se encontraba la susodicha casa, que va a parar a manos de Álvaro de Solís (mayordomo, escudero y diputado de Fernando de Cárdenas, alcaide de La Alcazaba), decidiendo este montar una hospedería en el lugar para que fuese regentada por su esposa, Guiomar de Sanabria.

Un fría noche, a principios del siglo XVI, se personó en el lugar un hombre de aspecto desaliñado y andrajoso, más parecido a un mendigo, pidiendo un techo donde dormir. La dueña no vio procedente dejarle una habitación pero se apiadó de él permitiéndole pernoctar en una pequeña dependencia bajo la escalera, recostado sobre un montón de paja sin preguntarle nombre ni lugar de procedencia. A la mañana siguiente, del hueco de la escalera emanaba una luz cegadora y no había rastro del misterioso viajero. En su lugar había un Cristo dibujado con carboncillo en la pared. Esa noticia, como es lógico, se tomó como un milagro. El resto de la historia ya la conocen.

Actualmente la casa pertenece a Ricardo Molina. Su suegra, María Berenguel Andújar se la dejó en herencia a su mujer, Antonia de la Paloma Navarro. Si me permiten una recomendación, caminen por esa calle una noche de verano, época en la que el Cristo del Portal está iluminado y se puede admirar en su máximo esplendor. Si tenéis curiosidad, por hacer una de las rutas del misterio donde podréis descubrir este y otros encantos ocultos de la ciudad de Almería, contactad con EMOCIOM: 950801112

 
Nota: Las dos fotografías del artículo están realizadas durante una ruta por la Almería misteriosa, de Alberto Cerezuela, justo en el lugar donde se sitúa esta historia.

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