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Eventos, Libros, Rutas de misterio

Fin de semana intenso e interesante

Siempre he dicho, a riesgo de ser cansino, que es un privilegio trabajar en lo que a uno le apasiona. Por eso disfruto tanto de lo que hago, aunque haya que estar fines de semana sin parar a descansar.

El pasado viernes tuve una ruta del misterio privada con la buena gente de Cruz Roja Almería. Además, se sumaron buenos amigos del misterio. Al día siguiente, por la mañana, puse mi granito de arena en un proyecto audiovisual maravilloso, haciendo mis pinitos como actor junto a un pequeño Sherlock Holmes almeriense. ¡Me lo pasé genial!

Casi sin parar, estuve acompañando a la actriz Susana Córdoba en la presentación de su poemario “En la memoria de mi piel” en la Librería Picasso de Almería. Ella estuvo en mi tierra porque fue invitada al Festival Internacional de Cine de Almería, y allí pudimos disfrutar, por la noche, de una gala espectacular. Por cierto, me reencontré con el actor Carlos Santos, el presentador de la primera gala de premios de Editorial Círculo Rojo allá por 2015.

Sarna con gusto no pica, dice el refrán. ¡Feliz semana!

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Rutas de misterio

Crónica de la ruta por la Almería Misteriosa (19/10/18)

De nuevo sin plazas, 52 personas recorrimos una parte de la ciudad de Almería intentando verla con otra mirada. En esta ocasión Sara no hizo acto de presencia, pero fue un paseo bastante ameno. Os dejo algunas de las fotos. Si deseas más información: 950801112 (EMOCIOM).

 

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Crónica de la ruta por la Almería Misteriosa de septiembre

El pasado 14 de septiembre tuvo lugar una nueva ruta por la Almería Misteriosa. Como viene siendo habitual, no quedaban plazas disponibles y nos juntamos más de 50 personas recorriendo las calles de nuestra ciudad. Esta vez tuvimos la suerte de que la leyenda de Sara se cumpliese, y esta enigmática mujer hizo acto de presencia en una de las paradas del recorrido. Entre los asistentes estuvieron la escritora almeriense Jéssica García junto a su familia, y el periodista Tito Sánchez Núñez, quienes pudieron disfrutar de un mágico recorrido donde pudieron ver la ciudad con otros ojos, los del misterio. La próxima ruta será el 19 de octubre. Más información en el teléfono 950801112.

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Misterios de Almería

El “engañamuertes” de Roquetas de Mar

Hace unos cuantos años, concretamente en noviembre de 2011, publiqué la historia del “engañamuertes” de Roquetas de Mar. Era una de las que conformaban mi tercer libro, “La Almería extraña”. Ayer, La Voz de Almería, tuvo a bien recordar esta historia a través de uno de sus cronistas. Aprovecho para recordarla brevemente adviritiendo a los que leyerais ayer el periódico almeriense, que puede haber algún parecido razonable incluso en la estructuración del relato:

Nacido en Roquetas de Mar en octubre de 1867, Luis Francisco Jiménez Montoya será recordado por muchas generaciones gracias a su singular vida. Cuando nuestro personaje tenía diecinueve años, salió a comer ciruelas con sus amigos en un huerto. Tal fue el atracón que se dio, que falleció de pronto. El médico de la zona certificó el hecho y se procedió a su entierro. Era habitual que el cura fuese a la casa del difunto para acompañar el féretro hasta la iglesia y el cementerio. Cuentan que cuando la comitiva se aproximaba a la Santa Cruz, el joven despertó y empezó a golpear la tapa del ataúd, levantándose ante la mirada horrorizada de sus seres queridos. El prodigio recorrió España de boca en boca. Pero no fue la única vez que Luis Francisco consiguió engañar a la muerte. Unos años después, mientras dormía la siesta en un alma- cén de su propiedad, un tabique se derrumbó, cayéndole encima una de las paredes, pero por puro milagro volvió a salir ileso. Curiosamente, su auténtico fallecimiento (el diecinueve de febrero de 1940) coincidió con la primera misa dada en Roquetas de Mar a la virgen del Rosario tras su desaparición en la Guerra Civil.

Sus hijos y nietos son conocidos en la zona con el apodo de “engañamuertes”, mote que no llevarían si en aquellos años nuestros paisanos hubieran conocido la catalepsia.

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Misterios de Almería

La leyenda del perro del obispo Villalán

No me cansaré de repetir que Fray Diego Fernández de Villalán, uno de los obispos que ha tenido nuestra ciudad, es uno de los personajes más fascinantes de la historia de Almería. Suyo es el sol que es tomado como emblema de Almería, aunque la mayoría de gente se lo atribuya a Portocarrero, otro obispo. Y él fue el promotor para que la catedral actual se reconstruyese y hoy podamos admirarla. Fue durante esas obras cuando Villalán se convirtió en protagonista de la primera de las leyendas que quiero contarles. Estando él con los albañiles en una de las estancias de la catedral, de la nada apareció un perro que ladraba insistentemente como si tuviera miedo de algo. El can salió de la catedral como si el mismo diablo lo persiguiese y Villalán, junto con sus hombres, corrieron tras él para interesarse por lo que ocurría. Una vez fuera, el techo de la estancia donde habían estado segundos antes se derrumbó. Gracias al perro, que desapareció de la misma forma que apareció, Villalán se salvó de morir aplastado entre los escombros. Como muestra de agradecimiento, el obispo quiso inmortalizar al animal mandando construir una estatua que permanece fiel a los pies del sepulcro de Villalán, perfectamente visitable si van a la catedral. El motivo real seguramente fuese el amor del obispo por los animales, especialmente los perros, y que en su escudo haya representados cuatro de ellos.

… Su fiel perro sepultado

no lejos de él asimismo

fue en la Catedral, a un ángulo

del jardín claustral contiguo.

Pero el artista, que el túmulo

cinceló, romper no quiso

tal lealtad; y al pie del lecho

de mármol en que dormido

reposa el prelado egregio

de sus pompas revestido,

velando su pétreo sueño

también está el gozquecillo[1].

[1] Poesía del artículo “El Guardián del Obispo de Piedra”, de Florentino Castro Guisasola aparecido en el diario “La Independencia” del 7 de abril de 1932.

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Misterios de Almería

El mal llamado “Sol de Portocarrero”

Alguna vez he hecho rutas por las calles de Almería narrando a los asistentes las historias ocultas que se esconden en ellas, y todos me han mirado extrañados cuando les he dicho que el sol que aparece como emblema imponente en el muro absidal es el “Sol de Villalán”. La historia más o menos sería así: En 1969, el alcalde de Almería, Francisco Gómez, en su afán por promover el turismo almeriense (“Costa del Sol”), crea el galardón “Sol de Portocarrero” y se lo entrega al director de la compañía aérea Iberia en agradecimiento por inaugurar el avión “Ciudad de Almería”. Serían varias las personalidades agraciadas posteriormente con este honor, como Juan Antonio Samaranch. Esto se cortó en 1970[1]. Efectivamente, el obispo Portocarrero tenía un sol dentro de su escudo, pero muy distinto al de Villalán (que nada tiene que ver con la heráldica). Además, el de Portocarrero tiene solo 16 rayos (frente a los 36 del de Villalán), y estos están unidos a la línea de la cara (si nos fijamos en el de la catedral, veremos que un círculo los separa). ¿Entonces por qué Villalán puso este sol en la catedral? Algunos afirman que es llamativo ver un símbolo pagano en un lugar cristiano, pero nada tiene que ver con eso. Simplemente pretendía mostrar el renacer del Cristianismo representado con un sol mirando a oriente, cuyos rayos serían los que nos iluminasen en el nuevo camino de la fe. En la Biblia existen numerosas citas que aluden al sol como símbolo de Jesús. Misterio resuelto gracias a la multitud de historiadores como el Padre Tapia, Juan Oña, Juan López Martín o recientemente Emilio Esteban Hanza.

[1] “El Sol de la catedral es de Villalán”, Emilio Esteban Hanza (16/01/2014, Diario de Almería).

 

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Misterios de Almería

Historia de aparecidos

Cuando se habla de apariciones, de sombras en la noche, de espectros en las carreteras, lo lógico en pensar en una figura. A lo sumo dos o tres. Como la que se muestra en Fiñana, en el camino de la estación, algunas noches de luna llena. Justamente en la “higuerilla loca” mucho se han topado con un hombre oculto bajo su levita de color oscuro, que hacía señas para que los caminantes se acercasen a la mesa que estaba a su lado, en la que había un candelabro con las velas encendidas, una pluma y un libro. Dicen que quien se acercaba a curiosear, moría a los pocos días ya que lo que el extraño individuo estaba escribiendo, no era otra cosa que el testamento del que por allí pasaba.

O como el espectro que se sigue apareciendo en los baños romanos de Velefique. Ya lo contaba siglos atrás el escritor Balafiquí, y aún hoy más de uno se ha llevado un buen susto cuando paseaba tranquilamente por esa zona. Los musulmanes creían que los “yinns” (duendes) aparecían en los molinos y en los baños. Según el testimonio que el propio Balafiquí inmortalizó en un documento, él estaba tomando un baño cuando se apagó la luz. Fue entonces cuando notó la presencia de alguien que poco a poco se le acercaba. Para ahuyentarlo, invocó al espíritu del célebre califa Al-Mamún, consiguiendo así que la luz de la velas se encendiese de nuevo.

Como ven, un solo personaje en cada una de las apariciones que les relato, por eso no deja sorprenderme la leyenda que tiene que ver con nada más y nada menos que los veinte fantasmas de otras tantas mujeres que dicen haber visto en el pueblo de Ohanes.

Como ya sabemos, poco tiempo después de la conquista de Almería por parte de Alfonso VII, nuestra provincia volvió a quedar en manos de la dinastía Nazarita. Algunos cristianos tuvieron que ocultarse en pueblos en forma de mozárabes o de renegados, como es el caso de las veinte familias de Ohanes que protagonizan la siguiente historia.

Un sucesor de Nassar, mujeriego y avaricioso a más no poder, quiso aumentar su harem particular con las jóvenes más bellas de esas tierras. Curiosamente, cada una de esas familias tenía una hija, a cual más preciosa, por lo que emisarios de Nassar acordaron con los padres de las chiquillas una compraventa. Ellas no estaban de acuerdo, primero por sus creencias cristianas y después por el recelo ante el futuro que les esperaba. Es por eso que se negaron. Cuando Nassar se enteró, mandó ejecutar a las veinte doncellas de la forma más cruel posible: Fueron empaladas con total salvajismo. Cuando caminaban hacia su martirio, la más pequeña se giró ante el rey y le lanzó una maldición. «La mayor riqueza de la cristiana es la virtud, y la mejor corona la del martirio. No acabarás con nosotras». La amenaza ha debido permanecer tantos siglos después cuando algunos vecinos afirman haberse encontrado en plena noche, cuando subían por la carretera que lleva al pueblo, con una procesión de veinte figuras ensotanadas que, cabizbajas, caminan lentamente.

 

En este caso no es uno, sino dos los humanoides que aparecen en una de las rotondas entrada al pueblo de Benahadux. La historia se cuenta desde hace muchos años, pero es muy difícil conseguir un testimonio directo. «Dicen que mucha gente los ha visto, sobre todo en las noches de verano», fue la máxima confesión que pude arrancar a uno de los vecinos en mi primera incursión en busca de la realidad de un fenómeno que cada vez es más conocido. A pesar de mi insistencia, seguía pinchando en hueso. Pero cuando estaba a punto de rendirme ante la posibilidad de que aquella historia fuese una leyenda, el destino hizo que, por otro motivo, conociese a Conchi y a Juan. Ellos, en julio o agosto de 1989, tuvieron la mala suerte de toparse con estas dos figuras que parecían salidas de una pesadilla. Siendo aproximadamente las dos de la madrugada, volvían a su casa de la capital, cuando divisaron a lo lejos algo extraño: «Eran dos personas muy altas, vestidas con unas sábanas blancas. Al principio pensé que eran unos chavales disfrazados que estaban haciendo el tonto para asustar a los coches», empezó relatando Juan. Él, inquieto, despertó a su mujer, que estaba recostada en el asiento del copiloto. «¡Conchi, Conchi! Mira qué tíos más raros se ven allí». Cuando pasaron cerca de ellos, comprobaron que aquello no podía ser de este mundo, principalmente por una característica: Se elevaron en el aire a varios metros de altura. Así lo recuerda Concepción: «No lo solemos contar porque la gente se ríe, pero te puedo asegurar que íbamos en perfectas condiciones. Mi marido no bebe ni estaba cansado. ¡Es que lo vimos los dos!». Podían tener dos metros o más de alto, y permanecían suspendidos, en vertical, a otros tres o cuatro metros sobre el suelo. «Lo que más nos extrañó fue que se contorneaban, como si estuvieran contorneándose. La cara era rara. Se le distinguía pero tenía aspecto de saco. Algo antinatural. Y las manos acababan en pico. Eso sí, iban totalmente cubiertos de blanco». La impresión que esos dos humanoides causaron en Conchi y Juan dura hasta el día de hoy. Por eso nunca se han atrevido a hacerlo público.

 

No quiero cerrar este apartado dedicado a las apariciones sin mencionar, aunque sea de pasada, una de las más populares de la provincia: la mujer de la puerta azul. Tiene lugar en Sierra Cabrera, en el alto Cúcar (un tajo enorme desde donde se puede contemplar el mar). Allí hay una cueva que, gracias a su composición de granito, da un aspecto semejante al de una puerta azul. Cuentan que en época de batallas entre moros y cristianos, un rey de estos últimos fue acumulando grandes tesoros y joyas que dejó en herencia a su única hija. Esto despertó la envidia de las jóvenes lugareñas, que recurrieron a una hechicera que había adquirido mágicos conocimientos en Estambul y Atenas para que dejase a la cristiana rica encerrada para siempre entre esas rocas. Solo sale una vez al año, cual encantada, concretamente la mañana de San Juan, llevando el dedo sobre la boca ya que, si alguien se la encuentra y le habla, la cueva y los tesoros son para él.

Un rumor nos transmite que un apuesto mozo de Mojácar se la encontró y decidió hablarle, pero el miedo le paralizó. A su lado estaba la maligna hechicera que velaba para que nadie se acercase a la joven para liberarla de su encantamiento. El muchacho quedó petrificado para siempre y es uno de los peñones que también se puede admirar desde ese mágico lugar.

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Ruta por las casas encantadas de Almería capital

En todas las ciudades hay casas que, principalmente por su aspecto (deterioradas, abandonadas, deshabitadas…), son punto de partida a leyendas y rumores relacionados con fantasmas, apariciones espíritus. Muchas veces estas historias son fruto de la invención y de la desinformación, en parte debido a la transformación de unos hechos concretos a medida que se van contando de unos a otros; pero también es cierto que algunos de esos lugares encierran tras sus paredes terribles secretos. Quiero darles una vuelta por algunos de estos edificios que se esconden en la capital, disimulados a veces por el ritmo frenético de la vida que llevamos.

No se me ocurre mejor lugar para empezar este singular recorrido, que la calle “Los Duendes”. Allí, haciendo esquina con la calle Hospital, encontramos un caserón de los que, por desgracia, cada vez van quedando menos en Almería. No sabemos si es por su situación (muy cerca de la Catedral) o por la soledad que se respira en esas callejuelas cuando cae la noche, pero es cierto que el edificio parece transmitirnos una sensación extraña. Entre el vecindario, y también por Internet[1], corren rumores referentes a que todo aquel que alquila la mansión, termina abandonándola debido a los fenómenos paranormales que ocurren dentro de ella. Desde movimiento de objetos hasta los habituales “raps”, pasando por puertas y cajones que se abren y cierran a su antojo, como si tuviesen vida propia. Tal fue la magnitud de estos sucesos, que hay quien afirma que la propia Iglesia envió a un exorcista para hacer un ritual de purificación en la vivienda. La verdad es que en los archivos eclesiásticos que he podido consultar no hay ni rastro de ello, lo que nos invita a pensar que los hechos han sido inventados o manipulados, aunque el paso del tiempo haya contribuido a su difusión. Como no quería quedarme con la duda, recurrí a Eduardo del Pino, la persona que más sabe sobre las calles de Almería, quien acabó por confirmar mis sospechas. La casa tiene poco o nada de encantada. «La vivienda estuvo habitada por familias de la burguesía local como Talaveras, Rodas y Spencer. La gente la llama “la casa de los Duendes”, y muchos piensan que es porque allí sucedieron cosas extrañas, pero no es así. Es porque la parte lateral daba a la calle de ese nombre. No hay nada de misterio en ella».

Al propio Eduardo del Pino le debemos también la siguiente historia. Él fue el primero en hablar de uno de tantos caserones olvidados que habitan el centro de Almería. Aún hoy, si nos situamos frente a él en la plaza Marín, podemos intuir el esplendor que atesoró tiempo atrás a pesar de que con su reciente restauración ha perdido parte de su magia. Como dice el historiador almeriense, no hay indicios que nos revelen por qué se bautizó a esta mansión construida en 1850 con el inquietante sobrenombre de “la casa de los fantasmas”. Siempre ha pertenecido a una familia que les sonará si leyeron mi anterior obra, La Almería Extraña, concretamente el capítulo dedicado a la casa de las dos torres de Benahadux. Les hablo de los Godoy y de los Ametis. En la posguerra sus propietarios fueron Alberto Ametis García y Dolores Godoy Massa, que vivían allí con sus hijos María Dolores, Alberto y Mari Carmen.

La explicación a esta singular denominación seguramente la encontremos en las múltiples leyendas e historias de duendes y espíritus que envuelven esa parte de Almería. La cercanía a la Plaza Vieja y al Cerro de San Cristóbal induce a ello. A finales del s. XIX, esas calles eran testigo de amores prohibidos y de encuentros sexuales clandestinos (no hay que olvidar que había una importante zona de prostitución cerca de ahí), por lo que ni mucho menos hay que descartar que este tipo de rumores fueran propagados con la intención de alejar a los curiosos y así permitir que los conocidos escarceos sentimentales quedasen para siempre en el anonimato.

Hacemos ahora una breve parada en la plaza Julio Alfredo Egea para detenernos frente al Instituto de Estudios Almerienses. Este edificio historicista del s. XIX, hoy rehabilitado, está ubicado sobre un solar en el que la arqueóloga Rosa Morales Sánchez documentó fragmentos de utensilios cerámicos de época romana, una red de suministro de agua y baños públicos del S. XIII así como restos de construcciones privadas de los s. XIV y XV, y objetos pertenecientes a la familia de Diego Alarcón Moya, últimos propietarios (actualmente se conserva la fachada). Del IEA también se cuentan historietas relacionadas con la aparición de un extraño personaje vestido de negro que tuvo en vilo a algunas limpiadoras durante un tiempo. Cierto es que los actuales trabajadores han escuchado ese rumor, incluso hay quien no se atreve a quedarse solo en el edificio, pero todo parece formar parte de la rumorología. Aunque a José Simón, empleado de allí, le ocurrió algo inusual: «Un día, estando allí solo, escuché claramente la voz de alguien que me hablaba. No recuerdo lo que dijo, pero no me lo imaginé. Recorrí todas las habitaciones, subí a la planta de arriba… pero no vi a nadie. Fue muy raro. Y creo que las limpiadoras han tenido experiencias parecidas».

Cerca de La Alcazaba, en el cruce de las calles Reina y Almanzor, existe un llamativo caserón sobre el que se ciernen algunas leyendas. La negativa del dueño actual a querer hablar impide que podamos arrojar luz sobre los hechos, aunque todo apunta a que de nuevo nos encontramos ante rumores sin fundamento. La verdad es que esa zona tiene magia. El ambiente de la Almedina, con la calle estrecha y la tetería de al lado parecen transportarte a otra época. Los primeros datos sobre la vivienda me llegan a través de Antonio Herrera, conocedor de la capital como si fuera la palma de su mano. «La casa se ve que era de un arquitecto de Alhama de Murcia que decían que estaba loco. Cuando decidieron venderla y los encargados de hacerlo entraron, encontraron una serie de pinturas con símbolos relacionados con la brujería y el satanismo. Pero no fue eso lo que más les llamó la atención. Había un buitre disecado que desprendía una energía negativa». El relato continúa con la presencia de una médium, que les confirmaría que las vibraciones del lugar no eran buenas, y les daría una serie de instrucciones para “purificar” el lugar. Estas tenían que ver con un ritual en el que se utilizaba un cactus y una botella de agua bendecida. Todo muy raro, ¿verdad? Como la historia me parecía increíble, me puse en contacto con Emilio Capilla, dueño de un estudio de arquitectura situado en uno de los lofts del caserón. Él me confirmó que había escuchado los rumores y que incluso algunos vecinos habían experimentado situaciones que se alejaban de lo normal. «A nosotros nunca nos ha pasado nada. Bueno… de vez en cuando salta la alarma. Como si detectase una presencia aquí cuando no hay nadie en el estudio. Una vez llegó a venir la policía». Emilio me instó a que contactase con José Cárdenas, encargado de las obras de rehabilitación, porque recordaba que algo les había pasado a los obreros. Y eso fue lo que hice: «No sé quién te ha comentado eso, pero a nosotros no nos ocurrió nada raro. Es verdad que algunos obreros hablaban de la historia de una persona que se suicidó ahorcándose, pero no sé si lo contaban para meter un poco de miedo o porque era cierta». De nuevo, y a riesgo de abusar de su confianza, volví a recurrir al maestro Eduardo del Pino para ver si sabía algo. «Precisamente he vivido al lado durante varios años y he escuchado los rumores, pero creo que lo único paranormal es que las obras de rehabilitación se demoraron en exceso. Por cierto, allí vivió el ilustre médico almeriense Miguel Tolosa».

El Paseo de Almería, con algunos de los edificios más bonitos y esplendorosos de la ciudad, tampoco escapa de las historias que tienen que ver con fantasmas. Además, sus dos vértices siempre han estado relacionados con lo extraño. Me refiero a la casa de Doña Paquita y al edificio de las Mariposas.[2] Y es curioso que algunos de los números que tenemos marcados en rojo en esta ruta del misterio tengan que ver con bancos. Por ejemplo, la antigua sede de Cajamar (esquina con Navarro Rodrigo) o el edificio central de Unicaja. En ambos lugares, tanto vigilantes de seguridad como parte del personal de limpieza aseguran que allí ocurren fenómenos extraños.

Desplacémonos ahora hasta la calle Hermanos Pinzón, epicentro de una tragedia ocurrida el 15 de septiembre de 1970 cuando se derrumbó el edificio Azorín. No quiero ni imaginar la situación tan dramática que se pudo vivir ese día. Quince personas murieron aplastadas por los escombros y otras seis resultaron heridas. La prensa de todo el país se hizo eco de las espeluznantes imágenes del rescate de los cadáveres. Sobre las 14 horas, un fuerte estruendo sobrecogió a los vecinos del barrio. El edificio de diez plantas que se estaba construyendo se desplomó. Fueron los propios viandantes que pasaban por allí quienes intentaron rescatar a los más de treinta albañiles y carpinteros que trabajaban en ese gigante que iba a albergar 72 viviendas. Durante más de 48 horas la ciudad estuvo en vilo. Todos querían cooperar, incluso diversos militares del campamento Álvarez de Sotoyamor (Viator) se desplazaron allí. Sevillana llegó a montar unos focos de gran potencia y una galería para poder acceder a los sótanos del edificio. Miles de personas se concentraban en las inmediaciones, corroborando una vez más el carácter solidario de la capital. El entierro, como no podía ser de otro modo, fue multitudinario (más de quince mil personas), y se decretaron varios días de luto. La Justicia condenó al director de la fábrica de cementos que había proporcionado el material, al comprobar que estaba adulterado; y al arquitecto Fernando Cassinello, por imprudencia temeraria al ser el director de las obras. No se puede frivolizar con estos temas, y menos con una tragedia de por medio, pero no sería justo obviar en este capítulos los testimonios que apuntan a que en determinados pisos de ese edificio se ha manifestado lo imposible. Vecinos que han abandonado sus domicilios repentinamente y sin mediar palabra con sus caseros; ruidos y golpes provenientes de pisos que aparentemente debían estar vacíos, demasiados fallos en el sistema eléctrico, y personas que aseguran haber visto en una de las escaleras a varios personajes vestidos de negro durante algunas madrugadas.

La última estación de este viaje nos lleva hasta la carrera del Mamí. Siempre se ha dicho que en el cortijo Marín de Burgos se han sucedido distintos episodios relacionados con lo inexplicable. Quizá el más importante sea el de una mujer que trabajó allí como sirvienta durante muchos años

 

[1] En la versión que corre por la red existen bastantes errores históricos, algunos muy graves, con lo que no merece la pena hace referencia a ella en este libro.
[2] En uno de los bajos del edificio, durante 76 años estuvo la zapatería “Calzados El Misterio”, cuyo nombre se relacionaba con fenómenos extraños. Nada que ver con eso. Al parecer, Jacinto Asensio Muñoz, su fundador, bautizó al local de esa forma en honor a la fiesta teatral representada cada año en la Basílica de Santa María de Elche. Durante su estancia en la localidad alicantina, Jacinto quedaría encandilado con el espectáculo y quiso brindarle su particular homenaje.

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Misterios de Almería

La tía Cachocha y otros curanderos de Mojácar

Tal y como vamos a comprobar a continuación, Mojácar es un lugar muy propenso a este tipo de prácticas. Los más ancianos del lugar aún recuerdan a Andrés “el de la ictericia”, un hombre con poderes para curar dicha enfermedad, que vivía a caballo entre Garrucha y Mojácar. Esta enfermedad que consiste en trastornos hepáticos que aumentan la bilis en la sangre provocando conjuntivitis y amarillento en la piel, era curada por Andrés simplemente con mirar fijamente al paciente mientras emitía desagradables sonidos y vomitaba saliva, extrayendo así la mortal enfermedad de sus “clientes”.

La tía “Cachocha” era especialista en curar el mal de amores. Todo el mundo acudía a ella cuando veían que sus enamorados se distanciaban. Ella no usaba secretos conjuros ni invocaba a espíritus, tan solo proporcionaba a los locos de amor unos polvos mágicos a los que denominaba “pichirichis”. Fíjense si este remedio era efectivo que hoy en día, más de cincuenta años después de su muerte, hay personas que acuden a Mojácar en busca de alguien que aún conserve una pizca de esos “pichirichis”. «Vendo polvos para querer, para aborrecer, para entontecer…» le confesó al genial periodista andaluz Tico Medina. «Y he recibido visitas tan importantes que ni se lo creería».

El 18 de julio de 1926, “Diario de Almería” abría la edición con un llamativo titular en portada: Lo que debe evitarse. El cuerpo de la noticia no tenía desperdicio. En esta pedanía que se encuentra a 5 km de Mojácar, muy cerca del famoso hotel “El Algarrobico”, un “curandero” estaba en boca de gran parte de la provincia debido a sus supuestas curaciones milagrosas. Dicha noticia habla de interminables caravanas de caballerías, de distintos pueblos, que cada día llegan a la humilde casa de este personaje en busca de un prodigio. Todo tipo de enfermos, ciegos de nacimiento, tuberculosos y mutilados desfilan por el lugar, ante la narración atónita de los periodistas de la época. Dicen que no cobra nada, pero algunos testigos apuntan a que una de sus hijas está permanentemente en la puerta de la achatada casa de adobes negros para recoger aquellos donativos que libremente dan los enfermos. Incluso un hombre ha abierto un negocio de transportes para llevar a la gente desde Mojácar hasta Agua En medio, tres veces al día.

El iluminado o santón, como así lo bautizó la prensa, usaba una verborrea más que convincente para lograr ese efecto placebo en los que acudían a él. «No he recuperado la vista, pero me siento mucho mejor», dijo un ciego tras el encuentro con este personaje, de larga barba blanca y alucinantes ojos, a quien muchos también temían en la zona, y que determinados días era capaz de congregar en sus inmediaciones a más de cuatro mil enfermos. ¡Incluso hacía visitas a domicilio cuando algún hombre pudiente de la capital requería de sus servicios!, como así atestigua otra información del mencionado periódico el 24 de junio de ese mismo año.

Realmente se llamaba Frasquito y los vecinos le apodaban “el Santón de la Sierra”. Algunos decían que era la reencarnación de un profeta del Antiguo Testamento, rumor que alimentaba su peculiar aspecto físico (tremendamente alto y espigado). Siempre cubría su cabeza con un pañuelo negro, y tenía un hablar cavernoso. Era normal que aquellas gentes, sugestionables y con arraigadas creencias, cayeran sugestionadas ante la presencia del “tío Frasquito”. Al igual que la tía “Cachocha”, tampoco usaba pócimas mágicas ni remedios caseros. Su método era la palabra, y siempre se despedía con una solemne frase: Sé bueno, busca en todo la paz de Dios, cree en él, ama a tus semejantes y haz siempre obras buenas. El historiador Carlos Almendros aporta la solución al enigma: Ambiente misterioso del lugar, gentes sencillas, primitivas e imaginativas, y psicología hábilmente manejada por una persona de cualidades extraordinarias[1].

[1] “Mojácar, rincón de embrujo”, Carlos Almendros.

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Misterios de Almería

Leyendas de la Alcazaba de Almería

Ayer vi en internet que desde La Alcazaba de Almería habían programado una ruta por lo “oculto” del recinto. Es una pena que no me haya enterado antes, pues habría ido sin pensarlo dos veces. Seguro que los visitantes disfrutaron recorriendo esos recintos que no están abiertos al público, y alguna que otra galería subterránea. Esta iniciativa me ha hecho recordar algunas de las historias de misterio y leyenda que envuelven a esta fortaleza mágica. Os las dejo:

Nada más leer la palabra “Alcazaba”, alguno ha pensado en la manida y requeterrepetida historia de la princesa mora. Lamento decirles que no se la voy a contar puesto que la conocen sobradamente. Les he traído a la Alcazaba, o más bien a sus alrededores, para hablar de tesoros. Pero antes no debo dejar de mencionar de nuevo a Joaquín Santisteban, historiador injustamente ninguneado que bien merece algún homenaje más allá de la reciente placa que se la otorgado, hombre que hizo mucho por recopilar las historias de Almería y que murió en soledad inmerso en la más profunda pobreza, en su casa situada a los pies de la fortaleza. Contaba Santisteban que si entrábamos en la Alcazaba la Noche de San Juan, a las doce en punto se abrirá ante nosotros un túnel que nos conducirá hasta un palacio encantado dentro de uno de los montes cercanos. Allí veremos infinidad de tesoros pero aquel que ose coger algo, como un moro que en 1485 se llevó un pergamino, los duendecillos que habitan allí lo condenarán a vagar eternamente, cual espectro errante, hasta que no devuelva lo que no es suyo. Se entiende que esta leyenda es una versión modificada de la anterior. Son muchas las coincidencias, así que quédense con la que más les guste.

Recurro a otro de los grandes, Florentino Castro Guisasola, para hablar del barrio de La Chanca, siempre envuelto en cierta fama de atesorar grandes riquezas. Así lo certificaba en 1884 la Revista de Almería. De hecho, los árabes llamaban Cuades-al-Kassubah («lugar donde el rey guardaba tesoros y riquezas»[1]) a su rambla, así que los historiadores almerienses no debían ir muy desencaminados. Ya en esos barrancos cuentan que el rey moro de turno vigilaba las labores que allí hacían los prisioneros cristianos, cuando el caballo que montaba se volvió muy rebelde. Uno de los cautivos corrió en ayuda del rey, consiguiendo salvarlo de un golpe seguramente mortal. Como regalo, este obsequió al cristiano con un anillo de oro y le dio ciertos galones. Pero no pudo evitar que se enamorara de su hija, a quien veía cada día asomada a la torre mientras se peinaba frente a su espejo de mano. Su padre, enfurecido, retiene al enamorado e intenta cortarle las manos de un hachazo. Pero el anillo que meses antes le había regalado impide la casquería, salvándose milagrosamente.

Como ven, las historias fantásticas que rodean a la Alcazaba siempre tienen como protagonista alguna disputa entre cristianos y moros. Quizá el inicio de todas ellas tenga que ver también con otra leyenda, la de su aparición. El padre Tapia contaba que la Alcazaba se hizo realidad porque el califa Abderramán III soñó durante una siesta que había una niña perdida en el bosque a la que unos duendecillos intentaban ayudar para que encontrase su camino. Cuando llegó a un monte, fue ahuyentada a pedradas por parte de su madrastra, que temía que la pequeña encontrase un tesoro escondido. Abderramán III tomó este sueño como una señal de que algo malo iba a pasar y que tenía que defender Almería rodeándola de murallas y construyendo una fortaleza. Si se fijan, ya en esta narración se habla de tesoros ocultos.

Cerca de la Alcazaba tenía un caserón la familia alemana de Scheidnagel, venidos a nuestra ciudad en busca de una vida mejor a mediados del siglo XIX. Ellos necesitaban dotar a su vivienda de un pozo negro, por lo que comenzaron las obras. Un día, estas tuvieron que pararse ya que dieron con una galería bastante tenebrosa que ni los propios albañiles se atrevían a inspeccionar. Pero el cabeza de familia decidió un buen día entrar a ver lo que allí había, encontrando, según la leyenda, bastantes pepitas de oro. De la noche a la mañana se hicieron ricos, hecho que los vecinos atribuían, no sin cierta dosis de fantasía, a los tesoros que había bajo la casa. Las confabulaciones aumentaron cuando llegó a la ciudad la obra “El conde de Montecristo”, de Alejandro Dumas, que causó una gran expectación entre los almerienses y en la que se contaba una historia parecida. Desde entonces, a los Scheidnagel se les conoció coloquialmente como “los Montecristos”. Por cierto, el protagonista, Santiago Scheidnagel, llegó a ser segundo alcalde de Almería.

Si hay un historiador actual comparable a los que vengo mencionando en este libro, ese es sin lugar a dudas Eduardo Del Pino Vicente, cronista de La Voz de Almería y rescatador de recuerdos que inmortaliza en las contraportadas de ese diario. Él corrobora la creencia de tesoros escondidos bajo las ruinas de las viejas murallas musulmanas, aportando la historia de Dolores González Pérez, vecina de las Cuevas de las Mellizas, que en 1922 tuvo una alucinación. Durante varias noches soñó con el espíritu de un rey moro que se le aparecía para indicarle el camino hacia un tesoro que él mismo había ocultado. El alma de este hombre no podría descansar hasta que alguien encontrase el tesoro. Y un día se le presentó a los pies de la cama. Este fue el detonante para que Dolores convenciese a su marido y a un vecino que era albañil, José Vicente Padilla, para que juntos desenterrasen el botín. El lugar señalado por el espíritu era la huerta de don Guillermo Bobel. Las dos primeras noches de búsqueda fueron infructuosas, pero a la tercera encontraron una galería a cinco metros de profundidad. Allí encontraron algunos utensilios antiguos que alimentaron sus esperanzas y su obsesión, por lo que día tras día dedicaban horas a escarbar… hasta que una noche una enorme piedra se desprendió del techo de la galería aplastando al albañil hasta darle muerte e hiriendo a Dolores. Ella desistió en su cometido, pero se estuvo acordando durante el resto de su vida de lo cerca que había estado de ser rica.

 

[1] “Historia de la Alcazaba”, Joaquín Santisteban.

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