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Misterios de Almería

El “engañamuertes” de Roquetas de Mar

Hace unos cuantos años, concretamente en noviembre de 2011, publiqué la historia del “engañamuertes” de Roquetas de Mar. Era una de las que conformaban mi tercer libro, “La Almería extraña”. Ayer, La Voz de Almería, tuvo a bien recordar esta historia a través de uno de sus cronistas. Aprovecho para recordarla brevemente adviritiendo a los que leyerais ayer el periódico almeriense, que puede haber algún parecido razonable incluso en la estructuración del relato:

Nacido en Roquetas de Mar en octubre de 1867, Luis Francisco Jiménez Montoya será recordado por muchas generaciones gracias a su singular vida. Cuando nuestro personaje tenía diecinueve años, salió a comer ciruelas con sus amigos en un huerto. Tal fue el atracón que se dio, que falleció de pronto. El médico de la zona certificó el hecho y se procedió a su entierro. Era habitual que el cura fuese a la casa del difunto para acompañar el féretro hasta la iglesia y el cementerio. Cuentan que cuando la comitiva se aproximaba a la Santa Cruz, el joven despertó y empezó a golpear la tapa del ataúd, levantándose ante la mirada horrorizada de sus seres queridos. El prodigio recorrió España de boca en boca. Pero no fue la única vez que Luis Francisco consiguió engañar a la muerte. Unos años después, mientras dormía la siesta en un alma- cén de su propiedad, un tabique se derrumbó, cayéndole encima una de las paredes, pero por puro milagro volvió a salir ileso. Curiosamente, su auténtico fallecimiento (el diecinueve de febrero de 1940) coincidió con la primera misa dada en Roquetas de Mar a la virgen del Rosario tras su desaparición en la Guerra Civil.

Sus hijos y nietos son conocidos en la zona con el apodo de “engañamuertes”, mote que no llevarían si en aquellos años nuestros paisanos hubieran conocido la catalepsia.

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Ruta por las casas encantadas de Almería capital

En todas las ciudades hay casas que, principalmente por su aspecto (deterioradas, abandonadas, deshabitadas…), son punto de partida a leyendas y rumores relacionados con fantasmas, apariciones espíritus. Muchas veces estas historias son fruto de la invención y de la desinformación, en parte debido a la transformación de unos hechos concretos a medida que se van contando de unos a otros; pero también es cierto que algunos de esos lugares encierran tras sus paredes terribles secretos. Quiero darles una vuelta por algunos de estos edificios que se esconden en la capital, disimulados a veces por el ritmo frenético de la vida que llevamos.

No se me ocurre mejor lugar para empezar este singular recorrido, que la calle “Los Duendes”. Allí, haciendo esquina con la calle Hospital, encontramos un caserón de los que, por desgracia, cada vez van quedando menos en Almería. No sabemos si es por su situación (muy cerca de la Catedral) o por la soledad que se respira en esas callejuelas cuando cae la noche, pero es cierto que el edificio parece transmitirnos una sensación extraña. Entre el vecindario, y también por Internet[1], corren rumores referentes a que todo aquel que alquila la mansión, termina abandonándola debido a los fenómenos paranormales que ocurren dentro de ella. Desde movimiento de objetos hasta los habituales “raps”, pasando por puertas y cajones que se abren y cierran a su antojo, como si tuviesen vida propia. Tal fue la magnitud de estos sucesos, que hay quien afirma que la propia Iglesia envió a un exorcista para hacer un ritual de purificación en la vivienda. La verdad es que en los archivos eclesiásticos que he podido consultar no hay ni rastro de ello, lo que nos invita a pensar que los hechos han sido inventados o manipulados, aunque el paso del tiempo haya contribuido a su difusión. Como no quería quedarme con la duda, recurrí a Eduardo del Pino, la persona que más sabe sobre las calles de Almería, quien acabó por confirmar mis sospechas. La casa tiene poco o nada de encantada. «La vivienda estuvo habitada por familias de la burguesía local como Talaveras, Rodas y Spencer. La gente la llama “la casa de los Duendes”, y muchos piensan que es porque allí sucedieron cosas extrañas, pero no es así. Es porque la parte lateral daba a la calle de ese nombre. No hay nada de misterio en ella».

Al propio Eduardo del Pino le debemos también la siguiente historia. Él fue el primero en hablar de uno de tantos caserones olvidados que habitan el centro de Almería. Aún hoy, si nos situamos frente a él en la plaza Marín, podemos intuir el esplendor que atesoró tiempo atrás a pesar de que con su reciente restauración ha perdido parte de su magia. Como dice el historiador almeriense, no hay indicios que nos revelen por qué se bautizó a esta mansión construida en 1850 con el inquietante sobrenombre de “la casa de los fantasmas”. Siempre ha pertenecido a una familia que les sonará si leyeron mi anterior obra, La Almería Extraña, concretamente el capítulo dedicado a la casa de las dos torres de Benahadux. Les hablo de los Godoy y de los Ametis. En la posguerra sus propietarios fueron Alberto Ametis García y Dolores Godoy Massa, que vivían allí con sus hijos María Dolores, Alberto y Mari Carmen.

La explicación a esta singular denominación seguramente la encontremos en las múltiples leyendas e historias de duendes y espíritus que envuelven esa parte de Almería. La cercanía a la Plaza Vieja y al Cerro de San Cristóbal induce a ello. A finales del s. XIX, esas calles eran testigo de amores prohibidos y de encuentros sexuales clandestinos (no hay que olvidar que había una importante zona de prostitución cerca de ahí), por lo que ni mucho menos hay que descartar que este tipo de rumores fueran propagados con la intención de alejar a los curiosos y así permitir que los conocidos escarceos sentimentales quedasen para siempre en el anonimato.

Hacemos ahora una breve parada en la plaza Julio Alfredo Egea para detenernos frente al Instituto de Estudios Almerienses. Este edificio historicista del s. XIX, hoy rehabilitado, está ubicado sobre un solar en el que la arqueóloga Rosa Morales Sánchez documentó fragmentos de utensilios cerámicos de época romana, una red de suministro de agua y baños públicos del S. XIII así como restos de construcciones privadas de los s. XIV y XV, y objetos pertenecientes a la familia de Diego Alarcón Moya, últimos propietarios (actualmente se conserva la fachada). Del IEA también se cuentan historietas relacionadas con la aparición de un extraño personaje vestido de negro que tuvo en vilo a algunas limpiadoras durante un tiempo. Cierto es que los actuales trabajadores han escuchado ese rumor, incluso hay quien no se atreve a quedarse solo en el edificio, pero todo parece formar parte de la rumorología. Aunque a José Simón, empleado de allí, le ocurrió algo inusual: «Un día, estando allí solo, escuché claramente la voz de alguien que me hablaba. No recuerdo lo que dijo, pero no me lo imaginé. Recorrí todas las habitaciones, subí a la planta de arriba… pero no vi a nadie. Fue muy raro. Y creo que las limpiadoras han tenido experiencias parecidas».

Cerca de La Alcazaba, en el cruce de las calles Reina y Almanzor, existe un llamativo caserón sobre el que se ciernen algunas leyendas. La negativa del dueño actual a querer hablar impide que podamos arrojar luz sobre los hechos, aunque todo apunta a que de nuevo nos encontramos ante rumores sin fundamento. La verdad es que esa zona tiene magia. El ambiente de la Almedina, con la calle estrecha y la tetería de al lado parecen transportarte a otra época. Los primeros datos sobre la vivienda me llegan a través de Antonio Herrera, conocedor de la capital como si fuera la palma de su mano. «La casa se ve que era de un arquitecto de Alhama de Murcia que decían que estaba loco. Cuando decidieron venderla y los encargados de hacerlo entraron, encontraron una serie de pinturas con símbolos relacionados con la brujería y el satanismo. Pero no fue eso lo que más les llamó la atención. Había un buitre disecado que desprendía una energía negativa». El relato continúa con la presencia de una médium, que les confirmaría que las vibraciones del lugar no eran buenas, y les daría una serie de instrucciones para “purificar” el lugar. Estas tenían que ver con un ritual en el que se utilizaba un cactus y una botella de agua bendecida. Todo muy raro, ¿verdad? Como la historia me parecía increíble, me puse en contacto con Emilio Capilla, dueño de un estudio de arquitectura situado en uno de los lofts del caserón. Él me confirmó que había escuchado los rumores y que incluso algunos vecinos habían experimentado situaciones que se alejaban de lo normal. «A nosotros nunca nos ha pasado nada. Bueno… de vez en cuando salta la alarma. Como si detectase una presencia aquí cuando no hay nadie en el estudio. Una vez llegó a venir la policía». Emilio me instó a que contactase con José Cárdenas, encargado de las obras de rehabilitación, porque recordaba que algo les había pasado a los obreros. Y eso fue lo que hice: «No sé quién te ha comentado eso, pero a nosotros no nos ocurrió nada raro. Es verdad que algunos obreros hablaban de la historia de una persona que se suicidó ahorcándose, pero no sé si lo contaban para meter un poco de miedo o porque era cierta». De nuevo, y a riesgo de abusar de su confianza, volví a recurrir al maestro Eduardo del Pino para ver si sabía algo. «Precisamente he vivido al lado durante varios años y he escuchado los rumores, pero creo que lo único paranormal es que las obras de rehabilitación se demoraron en exceso. Por cierto, allí vivió el ilustre médico almeriense Miguel Tolosa».

El Paseo de Almería, con algunos de los edificios más bonitos y esplendorosos de la ciudad, tampoco escapa de las historias que tienen que ver con fantasmas. Además, sus dos vértices siempre han estado relacionados con lo extraño. Me refiero a la casa de Doña Paquita y al edificio de las Mariposas.[2] Y es curioso que algunos de los números que tenemos marcados en rojo en esta ruta del misterio tengan que ver con bancos. Por ejemplo, la antigua sede de Cajamar (esquina con Navarro Rodrigo) o el edificio central de Unicaja. En ambos lugares, tanto vigilantes de seguridad como parte del personal de limpieza aseguran que allí ocurren fenómenos extraños.

Desplacémonos ahora hasta la calle Hermanos Pinzón, epicentro de una tragedia ocurrida el 15 de septiembre de 1970 cuando se derrumbó el edificio Azorín. No quiero ni imaginar la situación tan dramática que se pudo vivir ese día. Quince personas murieron aplastadas por los escombros y otras seis resultaron heridas. La prensa de todo el país se hizo eco de las espeluznantes imágenes del rescate de los cadáveres. Sobre las 14 horas, un fuerte estruendo sobrecogió a los vecinos del barrio. El edificio de diez plantas que se estaba construyendo se desplomó. Fueron los propios viandantes que pasaban por allí quienes intentaron rescatar a los más de treinta albañiles y carpinteros que trabajaban en ese gigante que iba a albergar 72 viviendas. Durante más de 48 horas la ciudad estuvo en vilo. Todos querían cooperar, incluso diversos militares del campamento Álvarez de Sotoyamor (Viator) se desplazaron allí. Sevillana llegó a montar unos focos de gran potencia y una galería para poder acceder a los sótanos del edificio. Miles de personas se concentraban en las inmediaciones, corroborando una vez más el carácter solidario de la capital. El entierro, como no podía ser de otro modo, fue multitudinario (más de quince mil personas), y se decretaron varios días de luto. La Justicia condenó al director de la fábrica de cementos que había proporcionado el material, al comprobar que estaba adulterado; y al arquitecto Fernando Cassinello, por imprudencia temeraria al ser el director de las obras. No se puede frivolizar con estos temas, y menos con una tragedia de por medio, pero no sería justo obviar en este capítulos los testimonios que apuntan a que en determinados pisos de ese edificio se ha manifestado lo imposible. Vecinos que han abandonado sus domicilios repentinamente y sin mediar palabra con sus caseros; ruidos y golpes provenientes de pisos que aparentemente debían estar vacíos, demasiados fallos en el sistema eléctrico, y personas que aseguran haber visto en una de las escaleras a varios personajes vestidos de negro durante algunas madrugadas.

La última estación de este viaje nos lleva hasta la carrera del Mamí. Siempre se ha dicho que en el cortijo Marín de Burgos se han sucedido distintos episodios relacionados con lo inexplicable. Quizá el más importante sea el de una mujer que trabajó allí como sirvienta durante muchos años

 

[1] En la versión que corre por la red existen bastantes errores históricos, algunos muy graves, con lo que no merece la pena hace referencia a ella en este libro.
[2] En uno de los bajos del edificio, durante 76 años estuvo la zapatería “Calzados El Misterio”, cuyo nombre se relacionaba con fenómenos extraños. Nada que ver con eso. Al parecer, Jacinto Asensio Muñoz, su fundador, bautizó al local de esa forma en honor a la fiesta teatral representada cada año en la Basílica de Santa María de Elche. Durante su estancia en la localidad alicantina, Jacinto quedaría encandilado con el espectáculo y quiso brindarle su particular homenaje.

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Leyendas de la Alcazaba de Almería

Ayer vi en internet que desde La Alcazaba de Almería habían programado una ruta por lo “oculto” del recinto. Es una pena que no me haya enterado antes, pues habría ido sin pensarlo dos veces. Seguro que los visitantes disfrutaron recorriendo esos recintos que no están abiertos al público, y alguna que otra galería subterránea. Esta iniciativa me ha hecho recordar algunas de las historias de misterio y leyenda que envuelven a esta fortaleza mágica. Os las dejo:

Nada más leer la palabra “Alcazaba”, alguno ha pensado en la manida y requeterrepetida historia de la princesa mora. Lamento decirles que no se la voy a contar puesto que la conocen sobradamente. Les he traído a la Alcazaba, o más bien a sus alrededores, para hablar de tesoros. Pero antes no debo dejar de mencionar de nuevo a Joaquín Santisteban, historiador injustamente ninguneado que bien merece algún homenaje más allá de la reciente placa que se la otorgado, hombre que hizo mucho por recopilar las historias de Almería y que murió en soledad inmerso en la más profunda pobreza, en su casa situada a los pies de la fortaleza. Contaba Santisteban que si entrábamos en la Alcazaba la Noche de San Juan, a las doce en punto se abrirá ante nosotros un túnel que nos conducirá hasta un palacio encantado dentro de uno de los montes cercanos. Allí veremos infinidad de tesoros pero aquel que ose coger algo, como un moro que en 1485 se llevó un pergamino, los duendecillos que habitan allí lo condenarán a vagar eternamente, cual espectro errante, hasta que no devuelva lo que no es suyo. Se entiende que esta leyenda es una versión modificada de la anterior. Son muchas las coincidencias, así que quédense con la que más les guste.

Recurro a otro de los grandes, Florentino Castro Guisasola, para hablar del barrio de La Chanca, siempre envuelto en cierta fama de atesorar grandes riquezas. Así lo certificaba en 1884 la Revista de Almería. De hecho, los árabes llamaban Cuades-al-Kassubah («lugar donde el rey guardaba tesoros y riquezas»[1]) a su rambla, así que los historiadores almerienses no debían ir muy desencaminados. Ya en esos barrancos cuentan que el rey moro de turno vigilaba las labores que allí hacían los prisioneros cristianos, cuando el caballo que montaba se volvió muy rebelde. Uno de los cautivos corrió en ayuda del rey, consiguiendo salvarlo de un golpe seguramente mortal. Como regalo, este obsequió al cristiano con un anillo de oro y le dio ciertos galones. Pero no pudo evitar que se enamorara de su hija, a quien veía cada día asomada a la torre mientras se peinaba frente a su espejo de mano. Su padre, enfurecido, retiene al enamorado e intenta cortarle las manos de un hachazo. Pero el anillo que meses antes le había regalado impide la casquería, salvándose milagrosamente.

Como ven, las historias fantásticas que rodean a la Alcazaba siempre tienen como protagonista alguna disputa entre cristianos y moros. Quizá el inicio de todas ellas tenga que ver también con otra leyenda, la de su aparición. El padre Tapia contaba que la Alcazaba se hizo realidad porque el califa Abderramán III soñó durante una siesta que había una niña perdida en el bosque a la que unos duendecillos intentaban ayudar para que encontrase su camino. Cuando llegó a un monte, fue ahuyentada a pedradas por parte de su madrastra, que temía que la pequeña encontrase un tesoro escondido. Abderramán III tomó este sueño como una señal de que algo malo iba a pasar y que tenía que defender Almería rodeándola de murallas y construyendo una fortaleza. Si se fijan, ya en esta narración se habla de tesoros ocultos.

Cerca de la Alcazaba tenía un caserón la familia alemana de Scheidnagel, venidos a nuestra ciudad en busca de una vida mejor a mediados del siglo XIX. Ellos necesitaban dotar a su vivienda de un pozo negro, por lo que comenzaron las obras. Un día, estas tuvieron que pararse ya que dieron con una galería bastante tenebrosa que ni los propios albañiles se atrevían a inspeccionar. Pero el cabeza de familia decidió un buen día entrar a ver lo que allí había, encontrando, según la leyenda, bastantes pepitas de oro. De la noche a la mañana se hicieron ricos, hecho que los vecinos atribuían, no sin cierta dosis de fantasía, a los tesoros que había bajo la casa. Las confabulaciones aumentaron cuando llegó a la ciudad la obra “El conde de Montecristo”, de Alejandro Dumas, que causó una gran expectación entre los almerienses y en la que se contaba una historia parecida. Desde entonces, a los Scheidnagel se les conoció coloquialmente como “los Montecristos”. Por cierto, el protagonista, Santiago Scheidnagel, llegó a ser segundo alcalde de Almería.

Si hay un historiador actual comparable a los que vengo mencionando en este libro, ese es sin lugar a dudas Eduardo Del Pino Vicente, cronista de La Voz de Almería y rescatador de recuerdos que inmortaliza en las contraportadas de ese diario. Él corrobora la creencia de tesoros escondidos bajo las ruinas de las viejas murallas musulmanas, aportando la historia de Dolores González Pérez, vecina de las Cuevas de las Mellizas, que en 1922 tuvo una alucinación. Durante varias noches soñó con el espíritu de un rey moro que se le aparecía para indicarle el camino hacia un tesoro que él mismo había ocultado. El alma de este hombre no podría descansar hasta que alguien encontrase el tesoro. Y un día se le presentó a los pies de la cama. Este fue el detonante para que Dolores convenciese a su marido y a un vecino que era albañil, José Vicente Padilla, para que juntos desenterrasen el botín. El lugar señalado por el espíritu era la huerta de don Guillermo Bobel. Las dos primeras noches de búsqueda fueron infructuosas, pero a la tercera encontraron una galería a cinco metros de profundidad. Allí encontraron algunos utensilios antiguos que alimentaron sus esperanzas y su obsesión, por lo que día tras día dedicaban horas a escarbar… hasta que una noche una enorme piedra se desprendió del techo de la galería aplastando al albañil hasta darle muerte e hiriendo a Dolores. Ella desistió en su cometido, pero se estuvo acordando durante el resto de su vida de lo cerca que había estado de ser rica.

 

[1] “Historia de la Alcazaba”, Joaquín Santisteban.

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La reina mora de Pechina – Leyendas de Almería

Existía en Pechina una finca llamada Alcora, en una elevación cercana a la estación de ferrocarril de Sierra Alhamilla. El padre del cronista almeriense Joaquín Santisteban compró el terreno dispuesto a edificar un cortijo. Cuando estaban con los cimientos, encontraron un ataúd de metal que contenía restos humanos envueltos en unas telas tejidas con hilo de plata. También había diversas joyas entre las que destacaba un pequeño anillo de oro. Es lógico pensar que aquellos huesos pertenecían a alguna mora rica, pero los vecinos comenzaron a fantasear con ánforas llenas de oro y alhajas, y con el espectro de una reina mora que había aparecido incorrupta. Nada más lejos de la realidad, pero así funcionan las leyendas. La familia Santisteban decidió volver a enterrar el féretro y seguir con las obras, olvidando completamente el asunto. Solo ellos, porque la historia ya se había propagado. Años después, los más viejos del lugar hablaban de los gritos que se escuchaban en plena noche por la zona de la cañada de Palenzuela, y de una sombra que aparecía de entre los escombros del Cortijo del Maestro. Algunos decían que iba vestida como la Virgen, pero todos coinciden en que hacía un lento recorrido que terminaba en la ermita de San Ildefonso, a la puerta del cementerio cristiano. El punto álgido de la leyenda tiene lugar la noche del 25 de diciembre de 1879, cuando muchos vecinos que celebraban la Navidad en la calle, pudieron ver gracias al reflejo de la luna, la silueta de esa reina mora coronada con flores de azahar mientras resplandecía su traje de plata. Un hombre corrió con su perro y una escopeta para intentar detener a la aparición, pero no fue capaz. El miedo se apoderó de él y de su fiel amigo, testigos de cómo se desmaterializó a las puertas del cementerio. Joaquín Santisteban apunta que esa misteriosa mujer volvió a presentarse en, al menos, otras dos ocasiones: en 1885 y en 1893, originándose una coplilla que ha perdurado hasta hoy:

 

Dichosa Alcora

que tienes encantada

a la reina mora.

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Almería, tierra de piratas

No seré yo quien descubra que Almería ha sido una tierra frecuentada por piratas, pero merece la pena señalar algunos de los casos más importantes y llamativos, protagonizados claro está por personajes que surcaban los mares causando terror en las playas en las que desembarcaban.

Almería estaba provista de atalayas defensivas para protegerse de los ataques, pero los corsarios tenían estrategias para pasar desapercibidos. La más frecuente era usar unos pequeños barcos, tipo fragatas, que sacaban en tierra y camuflaban bajo ramas para que fuese imposible divisarlas desde las galeras. Además, solían hacer sus incursiones costeras en la noche, cuando lógicamente se ve menos. Leyendo crónicas de la época y trabajos de historiadores y expertos en la materia como el Padre Tapia, he de decirles que en esta ocasión la realidad supera con creces a la fantasía. El maestro nos sitúa ya en 1505 la presencia en el Mar de Alborán del corsario Camali, que provoca movimiento de tropas en la capital; veinte años después documenta un asalto desbaratado por el capitán Alvar Gómez el Zagal; ya en 1529 es el mismísimo Barbarroja quien obliga a la defensa almeriense a aplicarse al máximo para detener un nuevo ataque; esto se repetiría en 1545 con el hijo del famoso pirata; una situación límite se vivió en 1561 ya que decenas de naves enemigas se aceraron a Cabo de Gata, teniendo las autoridades que cerrar las puertas de la ciudad de Almería durante varias jornadas hasta que el peligro hubo pasado, y es que en mayo de 1558 Agua Amarga había sido saqueada por los ocupantes de cinco navíos argelinos, con lo que toda precaución era poca; en octubre de 1565 el pirata Dalí partió de Argel con doce barcos y amarró en la playa de Los Genoveses, donde asaltó a dos naves francesas que terminaron ardiendo en las costas almerienses; un episodio sangriento tuvo lugar el 24 de septiembre de 1566 con la entrada de unos piratas hasta Tabernas, matando, robando y aprisionando a 48 hombres de bien; y quizá el suceso más terrible es el que aconteció el 20 de octubre de 1920 en Adra, cuando durante poco más de un día unos corsarios argelinos toman la ciudad, la destruyen y saquean, además de acabar con la vida de todo aquel que salía a su paso.

Cuesta pensar que lo que hoy son idílicos paraísos cargados de turismo, como las bonitas playas y calas almerienses, otrora fueron escenarios de terror. Adra, Balerma, Cabo de Gata, Los Escullos, Los Genoveses, Las Negras, Agua Amarga, Mojácar o Carboneras fueron testigos de auténticas luchas entre berberiscos que pretendían arrasar nuestras tierras, y almerienses defendiendo como podían desde torres, alcazabas y atalayas. También contra monfíes[1], como los que protagonizan el siguiente relato:

Dieciséis de estos moriscos se intentaron fugar de las Alpujarras el 14 de marzo de 1552. Días antes se reunieron en Órgiva para proveerse de ballestas, espadas y víveres, y fueron avanzando en la noche hasta llegar a Balerma la mañana del mencionado día. Aprovechando un despiste del vigilante de la torre, capturaron una barca y pusieron rumbo a Tetuán. Pero se alertó a la guarnición de Adra, que salió al alcance de los fugados comandada por el capitán Diego de Herrera. La lucha fue feroz en alta mar, hasta que el viento cortó la batalla. Los abderitanos volvieron sin haber acabado con la revuelta, y los enemigos pusieron rumbo a Cabo de Gata. Su jefe, que respondía al nombre de El Zavara, organizó la defensa de sus hombres mientras esperaban escondidos a que una nave pirata los recogiese en las costas del Levante almeriense. Pero los soldados almerienses los sorprendieron cerca de Níjar y terminaron apresándolos tras una lucha enfervorecida que finalizó en Lucainena. Aún hubo tiempo para un último sobresalto. El monfíe García Dogale, natural de Busquístar, escapó y huyó hasta Gérgal, donde el alcaide del castillo consiguió detenerlo. Curiosamente el contador Francisco Suárez había llegado a Gérgal esa misma tarde desde Madrid, y quiso ajusticiar al bandido, pero el alcaide se negó, bajándolo con una cuerda a una mazmorra subterránea hasta decidir qué hacer con él. Por increíble que parezca, la historia tiene más miga puesto que García Dogale consiguió escapar (no me pregunten cómo) y jamás fue capturado a pesar de que se ofreció una ingente suma de dinero por su cabeza[2].

Es interesante conocer también las triquiñuelas que los piratas usaban para librarse de la muerte cuando eran capturados. Llamativo es el caso de Francisco de Almaraz, vecino de Mojácar, que presenta ante el escribano Andrés de la Cadena a un hombre de barba cerrada y habla castellana, vestido con ropajes turcos, que había encontrado en la playa. Era el 22 de abril de 1563. Cuando fue interrogado, aseguró que era un cristiano de Nápoles que respondía al nombre de Juan Nicolao. A los ocho años de edad se había enrolado en una nave, y a los quince había sido capturado por unos piratas, que se lo llevaron a Argel. Desde entonces había estado trabajando como esclavo hasta que se embarcó en la nave del pirata Chuze, llegando a Almería la noche anterior en la que se escapó cuando el barco tomó la costa. Como la historia parecía demasiado sorprendente, las autoridades de Mojácar decidieron averiguar si había algún indicio que certificase el relato, y dieron con una curiosa prueba: Le miraron sus partes nobles para ver si estaba circuncidado o retajado, pero no hallaron corte alguno. Fue llevado a la cárcel de la Alhambra y puesto en libertad poco tiempo después.

Eran frecuentes también los secuestros, como el que tuvo lugar en abril de 1552 cuando un grupo de piratas, comandado por un personaje llamado Alí Amate, desembarca en Balerma y llega hasta Dalías, donde saquean la parroquia Santa María de Ambrox y toman como rehenes a veinte cristianos entre hombres, mujeres y niños. Piden 5555 ducados por sus cabezas y hasta el propio rey de España, Carlos I, contribuyó con dos mil ducados para que los almerienses fuesen liberados, eso sí, catorce años después de su secuestro. Ese mismo mes también fue saqueada la población de Lucainena de las Torres, y justo diez años después le tocó el turno a Níjar. Tabernas, Huebro y de nuevo Lucainena también sufrieron a los piratas en los siguientes años.

Quiero poner fin a esta recopilación, en la que lógicamente faltan más casos, con lo ocurrido el Jueves Santo del 27 de marzo de 1567. A 15 km de Almería, en un lugar llamado Quiciliana (hoy inexistente), llegan trece monfíes que apresan a otros tantos vecinos de allí. Por la mañana fueron detenidos la mayoría de ellos cuando se disponían a huir por las calas del Cañarete. El Viernes Santo se ahorcó a dos de los capturados, que además eran renegados, poniendo sus cabezas [3]en dos de las puertas de entrada a la ciudad (la del Mar y la de Purchena) para regocijo y humillación. Los testigos presenciales de aquello dejaron escrita una espectacular aventura que comprendía luchas entre cuadrillas de soldados en las playas de la Garrofa y el Palmer. Los héroes fueron Domingo Martín, guarda de la atalaya; Francisco Guerrero, valeroso vecino; Diego Dávila, cristiano viejo; y Martín Ramón Alhaziz, morisco de Gádor.

“Preguntado si durante el tienpo e las vezes que allegaron e días que estovieron en la sierra del Cabo de Gata, si vieron guardas o hizieron algunas ahumadas en tierra, pues estavan de día claro e descubiertos e públicos en las calas e puertos, dixo que no vido guardas ni ahumadas de día ni de noche, y que de día estavan descubiertos, e desenvarcavan de día, e de noche estavan surtos en las calas con sus lunbres e linternas en cruxía sin ningún reçelo ni miedo de nadie…”[4].

[1] Moriscos refugiados en la sierra después de la reconquista cristiana a manos de los Reyes Católicos. Se organizaban en cuadrillas para robar y matar por tal de sobrevivir. Eran muy similares a los bandoleros. En la rebelión morisca de Abén Humeya en 1568 jugaron un papel muy importante.
[2] Concretamente diez ducados, según el Archivo de la Alhambra (Palacio de Carlos V). Leg 55, p. 7; leg. 121, p.12; y leg. 112, p 22.
[3] Eran Andrés de Toledo y Vicente Macaluz.
[4] Tapia Garrido, José Ángel. “La costa de los piratas” (Revista de Historia Militar, nº 32, 1972), pág 103. Ejemplo de un testimonio referente al ataque de los piratas.

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