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Misterios de Almería

Leyendas de la Alcazaba de Almería

Ayer vi en internet que desde La Alcazaba de Almería habían programado una ruta por lo “oculto” del recinto. Es una pena que no me haya enterado antes, pues habría ido sin pensarlo dos veces. Seguro que los visitantes disfrutaron recorriendo esos recintos que no están abiertos al público, y alguna que otra galería subterránea. Esta iniciativa me ha hecho recordar algunas de las historias de misterio y leyenda que envuelven a esta fortaleza mágica. Os las dejo:

Nada más leer la palabra “Alcazaba”, alguno ha pensado en la manida y requeterrepetida historia de la princesa mora. Lamento decirles que no se la voy a contar puesto que la conocen sobradamente. Les he traído a la Alcazaba, o más bien a sus alrededores, para hablar de tesoros. Pero antes no debo dejar de mencionar de nuevo a Joaquín Santisteban, historiador injustamente ninguneado que bien merece algún homenaje más allá de la reciente placa que se la otorgado, hombre que hizo mucho por recopilar las historias de Almería y que murió en soledad inmerso en la más profunda pobreza, en su casa situada a los pies de la fortaleza. Contaba Santisteban que si entrábamos en la Alcazaba la Noche de San Juan, a las doce en punto se abrirá ante nosotros un túnel que nos conducirá hasta un palacio encantado dentro de uno de los montes cercanos. Allí veremos infinidad de tesoros pero aquel que ose coger algo, como un moro que en 1485 se llevó un pergamino, los duendecillos que habitan allí lo condenarán a vagar eternamente, cual espectro errante, hasta que no devuelva lo que no es suyo. Se entiende que esta leyenda es una versión modificada de la anterior. Son muchas las coincidencias, así que quédense con la que más les guste.

Recurro a otro de los grandes, Florentino Castro Guisasola, para hablar del barrio de La Chanca, siempre envuelto en cierta fama de atesorar grandes riquezas. Así lo certificaba en 1884 la Revista de Almería. De hecho, los árabes llamaban Cuades-al-Kassubah («lugar donde el rey guardaba tesoros y riquezas»[1]) a su rambla, así que los historiadores almerienses no debían ir muy desencaminados. Ya en esos barrancos cuentan que el rey moro de turno vigilaba las labores que allí hacían los prisioneros cristianos, cuando el caballo que montaba se volvió muy rebelde. Uno de los cautivos corrió en ayuda del rey, consiguiendo salvarlo de un golpe seguramente mortal. Como regalo, este obsequió al cristiano con un anillo de oro y le dio ciertos galones. Pero no pudo evitar que se enamorara de su hija, a quien veía cada día asomada a la torre mientras se peinaba frente a su espejo de mano. Su padre, enfurecido, retiene al enamorado e intenta cortarle las manos de un hachazo. Pero el anillo que meses antes le había regalado impide la casquería, salvándose milagrosamente.

Como ven, las historias fantásticas que rodean a la Alcazaba siempre tienen como protagonista alguna disputa entre cristianos y moros. Quizá el inicio de todas ellas tenga que ver también con otra leyenda, la de su aparición. El padre Tapia contaba que la Alcazaba se hizo realidad porque el califa Abderramán III soñó durante una siesta que había una niña perdida en el bosque a la que unos duendecillos intentaban ayudar para que encontrase su camino. Cuando llegó a un monte, fue ahuyentada a pedradas por parte de su madrastra, que temía que la pequeña encontrase un tesoro escondido. Abderramán III tomó este sueño como una señal de que algo malo iba a pasar y que tenía que defender Almería rodeándola de murallas y construyendo una fortaleza. Si se fijan, ya en esta narración se habla de tesoros ocultos.

Cerca de la Alcazaba tenía un caserón la familia alemana de Scheidnagel, venidos a nuestra ciudad en busca de una vida mejor a mediados del siglo XIX. Ellos necesitaban dotar a su vivienda de un pozo negro, por lo que comenzaron las obras. Un día, estas tuvieron que pararse ya que dieron con una galería bastante tenebrosa que ni los propios albañiles se atrevían a inspeccionar. Pero el cabeza de familia decidió un buen día entrar a ver lo que allí había, encontrando, según la leyenda, bastantes pepitas de oro. De la noche a la mañana se hicieron ricos, hecho que los vecinos atribuían, no sin cierta dosis de fantasía, a los tesoros que había bajo la casa. Las confabulaciones aumentaron cuando llegó a la ciudad la obra “El conde de Montecristo”, de Alejandro Dumas, que causó una gran expectación entre los almerienses y en la que se contaba una historia parecida. Desde entonces, a los Scheidnagel se les conoció coloquialmente como “los Montecristos”. Por cierto, el protagonista, Santiago Scheidnagel, llegó a ser segundo alcalde de Almería.

Si hay un historiador actual comparable a los que vengo mencionando en este libro, ese es sin lugar a dudas Eduardo Del Pino Vicente, cronista de La Voz de Almería y rescatador de recuerdos que inmortaliza en las contraportadas de ese diario. Él corrobora la creencia de tesoros escondidos bajo las ruinas de las viejas murallas musulmanas, aportando la historia de Dolores González Pérez, vecina de las Cuevas de las Mellizas, que en 1922 tuvo una alucinación. Durante varias noches soñó con el espíritu de un rey moro que se le aparecía para indicarle el camino hacia un tesoro que él mismo había ocultado. El alma de este hombre no podría descansar hasta que alguien encontrase el tesoro. Y un día se le presentó a los pies de la cama. Este fue el detonante para que Dolores convenciese a su marido y a un vecino que era albañil, José Vicente Padilla, para que juntos desenterrasen el botín. El lugar señalado por el espíritu era la huerta de don Guillermo Bobel. Las dos primeras noches de búsqueda fueron infructuosas, pero a la tercera encontraron una galería a cinco metros de profundidad. Allí encontraron algunos utensilios antiguos que alimentaron sus esperanzas y su obsesión, por lo que día tras día dedicaban horas a escarbar… hasta que una noche una enorme piedra se desprendió del techo de la galería aplastando al albañil hasta darle muerte e hiriendo a Dolores. Ella desistió en su cometido, pero se estuvo acordando durante el resto de su vida de lo cerca que había estado de ser rica.

 

[1] “Historia de la Alcazaba”, Joaquín Santisteban.

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La reina mora de Pechina – Leyendas de Almería

Existía en Pechina una finca llamada Alcora, en una elevación cercana a la estación de ferrocarril de Sierra Alhamilla. El padre del cronista almeriense Joaquín Santisteban compró el terreno dispuesto a edificar un cortijo. Cuando estaban con los cimientos, encontraron un ataúd de metal que contenía restos humanos envueltos en unas telas tejidas con hilo de plata. También había diversas joyas entre las que destacaba un pequeño anillo de oro. Es lógico pensar que aquellos huesos pertenecían a alguna mora rica, pero los vecinos comenzaron a fantasear con ánforas llenas de oro y alhajas, y con el espectro de una reina mora que había aparecido incorrupta. Nada más lejos de la realidad, pero así funcionan las leyendas. La familia Santisteban decidió volver a enterrar el féretro y seguir con las obras, olvidando completamente el asunto. Solo ellos, porque la historia ya se había propagado. Años después, los más viejos del lugar hablaban de los gritos que se escuchaban en plena noche por la zona de la cañada de Palenzuela, y de una sombra que aparecía de entre los escombros del Cortijo del Maestro. Algunos decían que iba vestida como la Virgen, pero todos coinciden en que hacía un lento recorrido que terminaba en la ermita de San Ildefonso, a la puerta del cementerio cristiano. El punto álgido de la leyenda tiene lugar la noche del 25 de diciembre de 1879, cuando muchos vecinos que celebraban la Navidad en la calle, pudieron ver gracias al reflejo de la luna, la silueta de esa reina mora coronada con flores de azahar mientras resplandecía su traje de plata. Un hombre corrió con su perro y una escopeta para intentar detener a la aparición, pero no fue capaz. El miedo se apoderó de él y de su fiel amigo, testigos de cómo se desmaterializó a las puertas del cementerio. Joaquín Santisteban apunta que esa misteriosa mujer volvió a presentarse en, al menos, otras dos ocasiones: en 1885 y en 1893, originándose una coplilla que ha perdurado hasta hoy:

 

Dichosa Alcora

que tienes encantada

a la reina mora.

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Leyendas de Almería: El cristo del Portal o el cristo carbonero

Inexplicablemente, a pesar de estar situado en pleno casco histórico (calle Jovellanos), pasa desapercibido, incluso, para los que viven en esa zona. La próxima vez que caminen por allí, fíjense en el caserón que hay al lado de Casa Puga. Asómense por las rejillas y descubran al llamado Cristo del Portal, también conocido con el nombre de Cristo Carbonero.

La historia, como no podría ser de otro modo, tiene varias versiones. Yo me quedo con la que reflejó el gran Joaquín Santisteban y Delgado en las páginas de La Crónica Meridional (20 de agosto de 1924). Según él, un carbonero dibujó a capricho, en un éxtasis de fe, un Cristo con carbón que después fue objeto de reverencia y respeto hasta día de hoy. Santisteban nos refiere la tradición de que en un portal de la calle de Santo Cristo existía un depósito de carbón. La persona encargada de su venta tenía una serie de dotes artísticas que demostraba a sus clientes al trazar dibujos con el material que ofertaba. Un buen día, alguien le lanzó un reto: «Sabes hacer dibujos toscos pero jamás pintarás un Cristo». Él lo tomó como una ofensa y procedió a dibujar a Jesús de forma tan clara que hasta se detallaban sus facciones. Esa historia se fue transmitiendo de boca en boca, atribuyéndose el hecho a un milagro, con lo que el Cristo dibujado comenzó a ser objeto de adoración… y de donativos.

Cuando pasó el tiempo y la casa cambió de manos, los nuevos inquilinos decidieron borrar la imagen picando en la pared, pero el Cristo surgió nuevamente como si de una cara de Bélmez se tratase. Toda tentativa de hacer desaparecer el Cristo resultó inútil. A partir de entonces, el pueblo le imploró y siguió haciéndole partícipe de sus promesas a cambio de rezos y monedas. Unas épocas con más afluencia y otras con menos, pero su culto siempre ha estado activo desde entonces (exceptuando, por lógica, los periodos de guerra). En mayo de 1842, la Diputación Provincial pide al Ayuntamiento que se cumpla la siguiente ordenanza: Deben desaparecer de las calles de Almería las efigies existentes, trasladándose estas a las parroquias correspondientes para evitar su profanación o deterioro. Por aquel entonces, la casa del Cristo del Portal era propiedad de Francisco Vázquez Capilla, quien, por imposibilidad de cumplir la normativa (no se puede trasladar un dibujo hecho en una pared), decide colocar un lienzo blanqueado para ocultar el prodigio. Tiempo después habitan la casa López de Sagredo y Magdalena Escolano, que colgaron un óleo de Jesús en su muerte. Cuadro, que, por cierto, quiso comprar el obispo D. Alfonso Ródenas para llevar al Palacio Episcopal, tras bendecirlo. Por otro lado, el propio Jesús de Perceval se encargó de retocar la imagen actual (en el dorso del cuadro está el sello de la Escuela Indaliana), que es obra del pintor almeriense Francisco Capulino-Lanuza Pérez (más conocido como “Capuleto”).

Les decía al principio que había más versiones de esta historia. Últimamente se ha popularizado una de ellas al ser recogida en Diario de Almería por uno de sus articulistas (hasta en cuatro ocasiones), del que sorprenden tales afirmaciones ya que es conocida su animadversión a los temas relacionados con la leyenda y lo sobrenatural y, como nos relataba Joaquín Santisteban, la historia tiene base real. Aun así, es interesante a modo de anécdota lo que en el mencionado diario se nos cuenta a pesar de la poca fiabilidad de su firmante:

Después de ser expulsados los moriscos tras las revueltas de 1490, se procede a repartir sus bienes entre los nuevos repobladores. Entre ellos se encontraba la susodicha casa, que va a parar a manos de Álvaro de Solís (mayordomo, escudero y diputado de Fernando de Cárdenas, alcaide de La Alcazaba), decidiendo este montar una hospedería en el lugar para que fuese regentada por su esposa, Guiomar de Sanabria.

Un fría noche, a principios del siglo XVI, se personó en el lugar un hombre de aspecto desaliñado y andrajoso, más parecido a un mendigo, pidiendo un techo donde dormir. La dueña no vio procedente dejarle una habitación pero se apiadó de él permitiéndole pernoctar en una pequeña dependencia bajo la escalera, recostado sobre un montón de paja sin preguntarle nombre ni lugar de procedencia. A la mañana siguiente, del hueco de la escalera emanaba una luz cegadora y no había rastro del misterioso viajero. En su lugar había un Cristo dibujado con carboncillo en la pared. Esa noticia, como es lógico, se tomó como un milagro. El resto de la historia ya la conocen.

Actualmente la casa pertenece a Ricardo Molina. Su suegra, María Berenguel Andújar se la dejó en herencia a su mujer, Antonia de la Paloma Navarro. Si me permiten una recomendación, caminen por esa calle una noche de verano, época en la que el Cristo del Portal está iluminado y se puede admirar en su máximo esplendor. Si tenéis curiosidad, por hacer una de las rutas del misterio donde podréis descubrir este y otros encantos ocultos de la ciudad de Almería, contactad con EMOCIOM: 950801112

 
Nota: Las dos fotografías del artículo están realizadas durante una ruta por la Almería misteriosa, de Alberto Cerezuela, justo en el lugar donde se sitúa esta historia.

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