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Ruta por las casas encantadas de Almería capital

En todas las ciudades hay casas que, principalmente por su aspecto (deterioradas, abandonadas, deshabitadas…), son punto de partida a leyendas y rumores relacionados con fantasmas, apariciones espíritus. Muchas veces estas historias son fruto de la invención y de la desinformación, en parte debido a la transformación de unos hechos concretos a medida que se van contando de unos a otros; pero también es cierto que algunos de esos lugares encierran tras sus paredes terribles secretos. Quiero darles una vuelta por algunos de estos edificios que se esconden en la capital, disimulados a veces por el ritmo frenético de la vida que llevamos.

No se me ocurre mejor lugar para empezar este singular recorrido, que la calle “Los Duendes”. Allí, haciendo esquina con la calle Hospital, encontramos un caserón de los que, por desgracia, cada vez van quedando menos en Almería. No sabemos si es por su situación (muy cerca de la Catedral) o por la soledad que se respira en esas callejuelas cuando cae la noche, pero es cierto que el edificio parece transmitirnos una sensación extraña. Entre el vecindario, y también por Internet[1], corren rumores referentes a que todo aquel que alquila la mansión, termina abandonándola debido a los fenómenos paranormales que ocurren dentro de ella. Desde movimiento de objetos hasta los habituales “raps”, pasando por puertas y cajones que se abren y cierran a su antojo, como si tuviesen vida propia. Tal fue la magnitud de estos sucesos, que hay quien afirma que la propia Iglesia envió a un exorcista para hacer un ritual de purificación en la vivienda. La verdad es que en los archivos eclesiásticos que he podido consultar no hay ni rastro de ello, lo que nos invita a pensar que los hechos han sido inventados o manipulados, aunque el paso del tiempo haya contribuido a su difusión. Como no quería quedarme con la duda, recurrí a Eduardo del Pino, la persona que más sabe sobre las calles de Almería, quien acabó por confirmar mis sospechas. La casa tiene poco o nada de encantada. «La vivienda estuvo habitada por familias de la burguesía local como Talaveras, Rodas y Spencer. La gente la llama “la casa de los Duendes”, y muchos piensan que es porque allí sucedieron cosas extrañas, pero no es así. Es porque la parte lateral daba a la calle de ese nombre. No hay nada de misterio en ella».

Al propio Eduardo del Pino le debemos también la siguiente historia. Él fue el primero en hablar de uno de tantos caserones olvidados que habitan el centro de Almería. Aún hoy, si nos situamos frente a él en la plaza Marín, podemos intuir el esplendor que atesoró tiempo atrás a pesar de que con su reciente restauración ha perdido parte de su magia. Como dice el historiador almeriense, no hay indicios que nos revelen por qué se bautizó a esta mansión construida en 1850 con el inquietante sobrenombre de “la casa de los fantasmas”. Siempre ha pertenecido a una familia que les sonará si leyeron mi anterior obra, La Almería Extraña, concretamente el capítulo dedicado a la casa de las dos torres de Benahadux. Les hablo de los Godoy y de los Ametis. En la posguerra sus propietarios fueron Alberto Ametis García y Dolores Godoy Massa, que vivían allí con sus hijos María Dolores, Alberto y Mari Carmen.

La explicación a esta singular denominación seguramente la encontremos en las múltiples leyendas e historias de duendes y espíritus que envuelven esa parte de Almería. La cercanía a la Plaza Vieja y al Cerro de San Cristóbal induce a ello. A finales del s. XIX, esas calles eran testigo de amores prohibidos y de encuentros sexuales clandestinos (no hay que olvidar que había una importante zona de prostitución cerca de ahí), por lo que ni mucho menos hay que descartar que este tipo de rumores fueran propagados con la intención de alejar a los curiosos y así permitir que los conocidos escarceos sentimentales quedasen para siempre en el anonimato.

Hacemos ahora una breve parada en la plaza Julio Alfredo Egea para detenernos frente al Instituto de Estudios Almerienses. Este edificio historicista del s. XIX, hoy rehabilitado, está ubicado sobre un solar en el que la arqueóloga Rosa Morales Sánchez documentó fragmentos de utensilios cerámicos de época romana, una red de suministro de agua y baños públicos del S. XIII así como restos de construcciones privadas de los s. XIV y XV, y objetos pertenecientes a la familia de Diego Alarcón Moya, últimos propietarios (actualmente se conserva la fachada). Del IEA también se cuentan historietas relacionadas con la aparición de un extraño personaje vestido de negro que tuvo en vilo a algunas limpiadoras durante un tiempo. Cierto es que los actuales trabajadores han escuchado ese rumor, incluso hay quien no se atreve a quedarse solo en el edificio, pero todo parece formar parte de la rumorología. Aunque a José Simón, empleado de allí, le ocurrió algo inusual: «Un día, estando allí solo, escuché claramente la voz de alguien que me hablaba. No recuerdo lo que dijo, pero no me lo imaginé. Recorrí todas las habitaciones, subí a la planta de arriba… pero no vi a nadie. Fue muy raro. Y creo que las limpiadoras han tenido experiencias parecidas».

Cerca de La Alcazaba, en el cruce de las calles Reina y Almanzor, existe un llamativo caserón sobre el que se ciernen algunas leyendas. La negativa del dueño actual a querer hablar impide que podamos arrojar luz sobre los hechos, aunque todo apunta a que de nuevo nos encontramos ante rumores sin fundamento. La verdad es que esa zona tiene magia. El ambiente de la Almedina, con la calle estrecha y la tetería de al lado parecen transportarte a otra época. Los primeros datos sobre la vivienda me llegan a través de Antonio Herrera, conocedor de la capital como si fuera la palma de su mano. «La casa se ve que era de un arquitecto de Alhama de Murcia que decían que estaba loco. Cuando decidieron venderla y los encargados de hacerlo entraron, encontraron una serie de pinturas con símbolos relacionados con la brujería y el satanismo. Pero no fue eso lo que más les llamó la atención. Había un buitre disecado que desprendía una energía negativa». El relato continúa con la presencia de una médium, que les confirmaría que las vibraciones del lugar no eran buenas, y les daría una serie de instrucciones para “purificar” el lugar. Estas tenían que ver con un ritual en el que se utilizaba un cactus y una botella de agua bendecida. Todo muy raro, ¿verdad? Como la historia me parecía increíble, me puse en contacto con Emilio Capilla, dueño de un estudio de arquitectura situado en uno de los lofts del caserón. Él me confirmó que había escuchado los rumores y que incluso algunos vecinos habían experimentado situaciones que se alejaban de lo normal. «A nosotros nunca nos ha pasado nada. Bueno… de vez en cuando salta la alarma. Como si detectase una presencia aquí cuando no hay nadie en el estudio. Una vez llegó a venir la policía». Emilio me instó a que contactase con José Cárdenas, encargado de las obras de rehabilitación, porque recordaba que algo les había pasado a los obreros. Y eso fue lo que hice: «No sé quién te ha comentado eso, pero a nosotros no nos ocurrió nada raro. Es verdad que algunos obreros hablaban de la historia de una persona que se suicidó ahorcándose, pero no sé si lo contaban para meter un poco de miedo o porque era cierta». De nuevo, y a riesgo de abusar de su confianza, volví a recurrir al maestro Eduardo del Pino para ver si sabía algo. «Precisamente he vivido al lado durante varios años y he escuchado los rumores, pero creo que lo único paranormal es que las obras de rehabilitación se demoraron en exceso. Por cierto, allí vivió el ilustre médico almeriense Miguel Tolosa».

El Paseo de Almería, con algunos de los edificios más bonitos y esplendorosos de la ciudad, tampoco escapa de las historias que tienen que ver con fantasmas. Además, sus dos vértices siempre han estado relacionados con lo extraño. Me refiero a la casa de Doña Paquita y al edificio de las Mariposas.[2] Y es curioso que algunos de los números que tenemos marcados en rojo en esta ruta del misterio tengan que ver con bancos. Por ejemplo, la antigua sede de Cajamar (esquina con Navarro Rodrigo) o el edificio central de Unicaja. En ambos lugares, tanto vigilantes de seguridad como parte del personal de limpieza aseguran que allí ocurren fenómenos extraños.

Desplacémonos ahora hasta la calle Hermanos Pinzón, epicentro de una tragedia ocurrida el 15 de septiembre de 1970 cuando se derrumbó el edificio Azorín. No quiero ni imaginar la situación tan dramática que se pudo vivir ese día. Quince personas murieron aplastadas por los escombros y otras seis resultaron heridas. La prensa de todo el país se hizo eco de las espeluznantes imágenes del rescate de los cadáveres. Sobre las 14 horas, un fuerte estruendo sobrecogió a los vecinos del barrio. El edificio de diez plantas que se estaba construyendo se desplomó. Fueron los propios viandantes que pasaban por allí quienes intentaron rescatar a los más de treinta albañiles y carpinteros que trabajaban en ese gigante que iba a albergar 72 viviendas. Durante más de 48 horas la ciudad estuvo en vilo. Todos querían cooperar, incluso diversos militares del campamento Álvarez de Sotoyamor (Viator) se desplazaron allí. Sevillana llegó a montar unos focos de gran potencia y una galería para poder acceder a los sótanos del edificio. Miles de personas se concentraban en las inmediaciones, corroborando una vez más el carácter solidario de la capital. El entierro, como no podía ser de otro modo, fue multitudinario (más de quince mil personas), y se decretaron varios días de luto. La Justicia condenó al director de la fábrica de cementos que había proporcionado el material, al comprobar que estaba adulterado; y al arquitecto Fernando Cassinello, por imprudencia temeraria al ser el director de las obras. No se puede frivolizar con estos temas, y menos con una tragedia de por medio, pero no sería justo obviar en este capítulos los testimonios que apuntan a que en determinados pisos de ese edificio se ha manifestado lo imposible. Vecinos que han abandonado sus domicilios repentinamente y sin mediar palabra con sus caseros; ruidos y golpes provenientes de pisos que aparentemente debían estar vacíos, demasiados fallos en el sistema eléctrico, y personas que aseguran haber visto en una de las escaleras a varios personajes vestidos de negro durante algunas madrugadas.

La última estación de este viaje nos lleva hasta la carrera del Mamí. Siempre se ha dicho que en el cortijo Marín de Burgos se han sucedido distintos episodios relacionados con lo inexplicable. Quizá el más importante sea el de una mujer que trabajó allí como sirvienta durante muchos años

 

[1] En la versión que corre por la red existen bastantes errores históricos, algunos muy graves, con lo que no merece la pena hace referencia a ella en este libro.
[2] En uno de los bajos del edificio, durante 76 años estuvo la zapatería “Calzados El Misterio”, cuyo nombre se relacionaba con fenómenos extraños. Nada que ver con eso. Al parecer, Jacinto Asensio Muñoz, su fundador, bautizó al local de esa forma en honor a la fiesta teatral representada cada año en la Basílica de Santa María de Elche. Durante su estancia en la localidad alicantina, Jacinto quedaría encandilado con el espectáculo y quiso brindarle su particular homenaje.

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Misterios de Almería

Los misterios de los cortijos de la carrera del Mamí

La búsqueda de lo paranormal nos lleva ahora hasta las afueras de la capital, concretamente a la carrera del Mamí. Siempre se ha dicho que en algunos cortijos de allí se han sucedido distintos episodios relacionados con lo inexplicable, como por ejemplo el llamado ‘Marín de Burgos’. La verdad es que el sitio nos transmite esa sensación. Aún hoy se puede ver sobre su puerta la fecha en la que se levantó la ermita, el 1900, aunque la casa date del 1864 (año en el que Dolores Careaga del Valle empezó a residirla); todavía quedan restos de su muralla y, si paseamos a su alrededor, quedamos hipnotizados pensando en todas las historias que ocurrirían allí (restos de una fuente, un par de avenidas que antaño estarían ajardinadas…). Casi nada queda de la gran mansión de principios del siglo pasado. Antes de la Guerra Civil vivieron allí Ricardo de Burgos Careaga y su mujer, Almudena Martel y Medina. Juntos dotaron al lugar de un frondoso vergel más digno de tierras escocesas que del paisaje almeriense. Tras el desastre de la guerra, una hija de los dueños, Luisa de Burgos Martel, se instaló allí con su marido, el médico José Martín Espinosa (conocido entre sus vecinos como ‘el caballo’, por la contundencia con la que curaba a sus pacientes), hasta 1988 (año en el que este último falleció). Luisa dejó en herencia la vivienda a sus dos hijos: José y Emilio Marín de Burgos.

Seguramente se deba a la majestuosidad del caserón, pero lo cierto es que desde hace muchos años se han escuchado rumores sobre fenómenos extraños allí. También es posible que en todo ello haya influido la ermita de San Miguel, situada a pocos metros dentro de la misma finca. A primera vista, no difiere mucho de las típicas capillas-mausoleos que construían las familias ricas de la capital. Pero guarda un importante secreto, una cripta a la que se accede por una trampilla situada al inicio del crucero. El aspecto es tétrico: nichos vacíos, lápidas rotas… Y es que allí reposaron, entre otros, Ricardo de Burgos Real, María Jesús del Valle (viuda del marqués de Torre Alta, Miguel Careaga, fallecida en 1875), o el niño José María Acosta Gallardo, que murió a los ocho años de edad a consecuencia de la epidemia de 1918. Hoy, una verja de color blanco impide su acceso, pero personas como Loli recuerda haber curioseado con sus amigos, de pequeña, y tener que salir corriendo al encontrar huesos humanos esparcidos por el suelo. Con todo esto no es de extrañar que los chiquillos de “la Vega” fantasearan con espectros y sombras que acechaban en la noche. El panorama no invita a otra cosa, y los más ancianos avivan la llama rememorando historias que tienen que ver con raptos de chicas guapas, llevadas por la Santa Inquisición para hacerlas desaparecer. Estas leyendas tienen su base en el siglo XIX, en un intento de desprestigiar el Antiguo Régimen, pero no hay documentos que revelen procesos inquisitoriales en esas tierras.

El ‘Cortijo Grande’
A tan solo unas decenas de metros del Cortijo ‘Marín de Burgos’ se situaba otra imponente vivienda conocida como ‘el Cortijo Grande del Mamí’. Hoy ya no existe pero las descripciones que podemos encontrar en algunos libros y en boca de los vecinos, nos hacen a la idea de la importancia que tuvo que tener a principios del siglo XX. De esta casa, por cierto, sí que se han contado historias que tienen que ver con fantasmas, ruidos en la noche y apariciones. La caja de Pandora la abrió una mujer que había estado trabajando media vida como sirvienta para los dueños. “Por ejemplo, yo colocaba los platos limpios en la cancela de la chimenea antes de irme cada noche, y cuando llegaba por la mañana, me los encontraba en el suelo. No estaban rotos pero alguien los había movido. Además, siempre se han escuchado ruidos raros a altas horas de la madrugada”.

Gracias a José Manuel Lermos y a Juanjo Membrives, enamorados de la historia de Almería, tuve la suerte de conocer a Antonio Céspedes y Dolores Sánchez. Han vivido allí toda la vida, y sus padres y algunos familiares han trabajado para los dueños de la casa. Por eso son conocedores de los posibles fenómenos extraños que allí se producían. “Había una habitación, conocida como ‘la del obispo’, a la que nadie quería entrar. Los señores de la casa la tenían vacía, y por las noches se escuchaban ruidos de cadenas y de arrastrar muebles, pero estaba cerrada con llave”, comenta Dolores. Antonio es aún más explícito: “Unos mozuelos decidieron pasar una noche en esa habitación, y tuvieron que salir de allí cuando notaron cómo algo les oprimía el pecho. Eran cuatro y todos vivieron esa sensación de presión. Decían que les faltaba el aire”. Su suegro nació allí, y recuerda que les contaba que, si encendían una vela dentro de la habitación, la llama se apagaba rápidamente. La pena es que el lugar ya no existe. Hoy hay invernaderos y secanos que parecen ajenos a las historias que allí debieron suceder. Historias que, por cierto, tampoco se libran de asombrosos relatos sobre tesoros escondidos y sanguinarias batallas entre moros y cristianos.

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