Sirenas

 

Se puede leer en “El libro de Enoch” lo siguiente: Aquí es donde estarán los ángeles que se han unido a las mujeres. Sus espíritus, tomando numerosas apariencias, han mancillado a los hombres y les harán errar para que sacrifiquen tanto a los demonios como a los dioses, hasta el día del gran juicio, día en el que serán juzgados para ser perdidos. En cuanto a sus mujeres, que han seducido a los ángeles, serán convertidas en sirenas.

 

Estoy convencido de que usted, querido lector, ha estado alguna vez en uno de los lugares más emblemáticos del levante almeriense, el llamado “Arrecife de las sirenas”. Pero, ¿a qué se debe esta peculiar denominación sino a la presencia de estas exuberantes féminas?

Afirma el gran Jesús Callejo que las sirenas se encuentran sobre todo en la costa Mediterránea, aunque sus principales palacios están cerca de las islas Azores. A estos seres les encanta acercarse a las orillas de las calas. Dicen que quien se ha topado con alguna de ellas ha quedado hipnotizado con sus palabras, y que poseen el don de la profecía, pero con revelaciones agradables, así que pueden estar tranquilos.

 

 

El demonio de Cabo de Gata

 

No podemos alejarnos de esta zona rica en leyendas sin hablar del Demonio que habita en la cueva de Cabo de Gata, al menos según el famoso botánico español Simón de Rojas Clemente, que hizo un viaje científico por toda Andalucía en el año 1805. Además de este ser, Simón también localiza en la cueva a varios leones marinos que atacan a todo el que se acerque, y a la figura de un “negro” que parece custodiar algún tesoro. Hablando de tesoros, Felipe Crame (quién proyectó la Torre de la Vela) ya hablaba en 1733 de la existencia de un cofre lleno de oro en las inmediaciones de esa playa, refiriéndose también a este hallazgo el irlandés Guillermo Bowles (geógrafo y naturalista) en 1778: La montaña del Brujo es donde está la boca de la caverna en que dicen se hallan piedras preciosas. Yo entré en ella en barco por su boca, que tendrá unos veinte pies de alto y quince de ancho, pero no vi sino piedras rodadas gruesas como dos puños que las holas han redondeado a fuerza de batir las unas con las otras, porque el mar, cuando está alterado, entra furioso en la caverna.

 

 

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