Ocurrió durante el año 1990. La prensa provincial, seguramente por primera vez, empezó a mencionar palabras como “misa negra”, “secta satánica” o “profanación de cementerios”. En las poblaciones cundió el pánico debido a los rumores sobre rituales con niños y secuestros. En septiembre aparece en un paraje de Benahadux una cabra decapitada sobre un altar rodeado de vasos de colores, trozos de vela y dos utensilios de barro, conteniendo uno de ellos una pata de cabra. Días después, en el cementerio de Carboneras, se descubren varios pollos degollados, rodeados de velas y otros elementos utilizados en las llamadas “misas negras”.

El lunes diecisiete de septiembre los vecinos del pueblo de Alhama se despiertan con una extraña noticia. En la puerta del cementerio se encontrados los restos de una presunta ceremonia satánica como pueden ser una sábana blanca, sangre de animal, vasos con velones, cruces invertidas, dos muñecos de trapo y quizá lo más sorprendente, dos cabritos decapitados. En una pared habían escrito “Heavy satánico”. También había restos de alimentos como lentejas, salchichas, fruta y carne. Eso coincidió con una inusual tormenta que azotó la población esa noche y, algo curioso, con la fiesta de despedida del párroco local.

La población estaba aterrada, siendo muchos los que no se atrevían a visitar el camposanto de Alhama, a pesar del llamamiento a la tranquilidad del alcalde cuando corren los rumores de que el propio Ayuntamiento ha recibido un mensaje anónimo que anunciaba un próximo rito satánico, esta vez con un niño y una niña pequeños. Juan Rodríguez, vecino de allí, fue uno de los primeros que se percató de algo extraño “Fue el lunes muy temprano. Iba en coche hacia Huécija por lo que tenía que pasar junto al cementerio y me paré al ver una sábana blanca y dos chotos decapitados en la puerta. Tememos que se lleven a niños del pueblo”.

Tras las primeras investigaciones, la Guardia Civil indicó que los culpables de esos tres casos podían ser los mismos individuos, y no podía faltar el comunicado oficial del Obispado condenando estos actos. Se empezó a hablar de varias mujeres de Sudamérica que habían sido contratadas por personas de Almería para hacer “trabajos” o “encargos”, asociándose a ritos con animales frecuentes en Brasil, Argentina, Perú, Cuba o Marruecos. Los alimentos y el vino encontrados podían hacer referencia a ofrendas al maligno, a cambio de que éste hiciera el mal a alguien, en el caso de Carboneras. Los sucesos de Benahadux eran más parecidos a una “fiesta negra” o “aquelarre”. Además, en Alhama, se interrogó al propietario de una tienda, quien declaró haber vendido utensilios de metal y barro a unas personas ajenas al pueblo en esos días.

Cordero degollado
Cuando parecía que los ánimos se habían apaciguado, la noche del veintidós de septiembre, en la Cañada de San Urbano, aparecen los restos de un cordero degollado y cuencos de barro muy parecidos a los hallados en los casos anteriores. Otro vez el “ritual satánico” en boca de todos. Y por si fuera poco, la Guardia Civil encuentra un extraño manuscrito mientras recorría el paraje de “La Parlata” en Benahadux en busca de indicios para la investigación. En uno de los hoyos donde los malhechores montaron los improvisados altares, se produjo el inquietante hallazgo de varias hojas de papel ensangrentadas en las que figuraban varios nombres que bien podían ser los destinatarios del acto satánico. “Felipe”, “Juan” o “José Escots” son algunas de las palabras que se podían apreciar en el manuscrito.

Exorcismo de 40 niñas
Pero sin duda alguna el caso más llamativo fue el ocurrido en Vícar el 13 de febrero de ese mismo año, cuando el sargento Rafael Montoya irrumpió en un almacén abandonado donde se estaba celebrando un exorcismo a unas 40 niñas a la vez.

Manuel Aracil, pastor de la Iglesia Evangélica de Filadelfia, y su secuaces habían inducido a las niñas a experimentar convulsiones y náuseas a través de una extraña bebida que les habían dado tras dejarlas varios días sin comer, todo con el consentimiento de sus familias. Este evangelista se creía un enviado de Dios y había convencido a esas familias de que las jóvenes tenían el diablo dentro del cuerpo.

La intervención de Rafael Montoya fue imprescindible para que hoy no estemos hablando de una desgracia, a pesar de que el caso se emborronó ya que Rafael fue expulsado de la policía al extralimitarse geográficamente, y Manuel Aracil quedó libre ya que la jueza decretó libertad religiosa y consentimiento paterno para que las niñas estuvieran allí.

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