Si reflexionamos sobre los crímenes más sonados que han ocurrido en la historia de Almería, podemos comprobar el alto índice de asesinatos cuyas connotaciones sobrepasan los límites de la violencia: El crimen de Níjar, que inspiró a Federico García Lorca para escribir su obra Bodas de Sangre; los asesinatos de una serie de prostitutas entre finales de los 80 y mediados de los 90, encontrándose los cuerpos mutilados, con signos de punzamiento e incluso descuartizados; las muertes que dejó a su paso el asesino en serie ‘Cintabelde’ en el siglo XIX; y, por supuesto, el mejor ejemplo de estos desmesurados ensañamientos lo tenemos el 28 de junio de 1910, cuando se llevan a cabo los hechos que dan lugar a la leyenda del ‘hombre del saco’, que está basada en un suceso real ocurrido entre las poblaciones almerienses de Gádor y Rioja. Ese último crimen tuvo que ver con la incultura de la época y la ignorancia de unas mentes que, por creencias o por interés económico, pensaron que un enfermo de tuberculosis se curaría de su afección si se ponía sobre el pecho las mantecas de un niño pequeño, y llevaban a cabo un siniestro ritual en el que, entre otras cosas, bebían sangre mezclada con azúcar. Espantoso, pero real.

 

Tan real como el crimen que me encontré de casualidad, en forma de noticias y reseñas en antiguos periódicos, mientras buscaba información de otra índole. No podía creer lo que estaba leyendo. En Almería existió un caso similar al de Francisco Leona, Francisco Ortega y Julio Hernández, los criminales que acabaron con la vida del pequeño Bernardo para usar su grasa como cataplasma. De primeras, cuando mi vista recorrió rápidamente los detalles, pensé que era un recuerdo del caso de Gádor. Los hechos eran muy similares, hasta que vi la fecha: 1932. Concretamente, la primavera de ese año.

 

Me llamó la atención que el nombre del asesino no apareciese en ninguno de los recortes que habían caído en mis manos. Tampoco el día exacto en el que se llevó a cabo el atroz suceso. ¿Se debía al medio de la gente? ¿A la falta de información provocada por la situación rural del lugar donde se produjeron los hechos? El caso es que un señor de María, que vivía con su mujer y con su hija en Vélez Rubio, cayó enfermo de tuberculosis. Los médicos le habían dicho que no podían hacer nada por él, sintiendo la presencia de la muerte cada vez más cerca. Como tenía un pequeño dinero ahorrado, acudió a un curandero de su pueblo para intentar buscar una solución. El ‘brujo’, como así era conocido, le sugirió que la única forma de salvar su vida era bebiendo la sangre de un niño pequeño. Sin pensárselo dos veces, se pusieron manos a la obra. En Vélez Blanco residía Antonio López Sánchez, conocido como ‘El Olimpo’, un hombre con serios problemas económicos, así que el enfermo intentó hacer un trato con él: le cambiaba un burro y algo de dinero por su hijo de cinco años. A pesar de su crítica situación, Antonio no se lo pensó ni un momento. Su respuesta fue negativa. Esto provocó el enfado del tratante, que decidió esperar a la noche para llevar a cabo su plan. Tras pensar que Antonio y su familia ya se habían dormido, accedió a la casa para raptar a su hijo. Cuando estaba a punto de entrar en la habitación del pequeño, vio que alguien se acercaba por detrás. No quiso darse la vuelta y saltó por una de las ventanas.

 

Al llegar a casa se puso a llorar. Nadie quería venderle un niño, pero él quería vivir. Apreciaba estar en este mundo mucho más que a su propia familia. Y entonces se le ocurrió algo aún más ruin: Usar a su propia hija, a su pequeña de dos años de edad. A pesar de la oposición de su esposa, no había quien parase al enfermo. Cogió a su hija y la llevó hasta la cueva de Carrión, situada en el término municipal de María. Allí le cortó la cabeza con un hacha y bebió su sangre.

 

Al día siguiente, el hombre seguía igual de enfermo o más, con lo que los nervios se apoderaron de él. Además, los vecinos le preguntaban por la niña, y la excusa de haberla dejado con los abuelos una temporada no duraría mucho. Por eso, pensó en denunciar su desaparición ante el alcalde de Vélez Blanco, Joaquín Bañón Herraiz, quien a su vez le derivó al sargento de la Guardia Civil, Gabriel Callejón Acién, que consiguió, días después, encontrar el cadáver de la niña en la cueva. Lamentablemente, no he podido encontrar más información. ¿Confesaría el padre? Se supone que sí, de lo contrario la historia no nos hubiera llegado.

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