Creo que no me equivoco si les digo que la primera vez que se habló abiertamente de un “fantasma” en Almería fue en 1895, concretamente en el mes de septiembre. Fue muy sorprendente para mí encontrar esa palabra como titular en una página del diario La Crónica Meridional. Y la escribían en cursiva, conscientes de su importancia, sabedores de que quizá estaban traspasando los límites de lo periodístico. «Hemos oído decir que desde hace días pasea por la noche las calles laterales a la de las Cruces un fantasma que trae atemorizados a algunos de aquellos vecinos». Valientes escribanos que se despojaban de sus tapujos para hablar abiertamente de algo que hoy, en pleno siglo XXI, parece que todavía sigue costando publicar. Además, acompañaban la noticia con una de las típicas coplillas de la época[1]:

 

Tan quiméricos temores

                                    en la calle de las Cruces,

                                    extrañar hacen, lectores,

                                    en… el siglo de las luces.

 

Esto me hizo recordar a otra leía al Padre Tapia en su libro Almería, piedra a piedra, en concreto para referirse a supuestas apariciones en el barrio de Los Molinos:

 

No pases por la Mezquita,

                                    ni atravieses por el Diezmo,

                                    mira que de noche salen

                                    las brujas y los engendros.

 

El 29 de noviembre de 1912 de nuevo ese fascinante titular en la prensa de Almería. En esta ocasión fue El Popular quien hablaba de «El fantasma». El Campo de Regocijos era el lugar donde varias personas habían detallado encuentros con un ser completamente cubierto por una túnica blanca. Un señor aseguraba habérselo encontrado el día 12 en una esquina de la calle de las Cruces (¿tendría algo que ver con el caso anteriormente relatado?), siendo perseguido por el espectro hasta que consiguió despistarlo en un soportal. Otro hombre afirmaba que el fantasma llevaba un revólver encima, lo que nos hace situarlo más en el mundo de los vivos que en el de los muertos ya que, de lo contrario, sería el primer caso conocido a nivel mundial en el que un espíritu porta un arma de fuego. Lo más curioso de todo es que el redactor de El Popular, a raíz del último testimonio, ponía nombre al fantasma: Manuel. Amigo de otro joven del mismo nombre y González de apellido. Este último rondaba a una chica que se había instalado en la calle de la Encantada, frente a la huerta de las pencas, mudándose desde Lorca con su familia unos meses antes. El otro Manuel, celoso del amor furtivo de su amigo con la joven, se escondía en una esquina, echándose sobre su cabeza una capa forrada de blanco y ayudándose con un bastón para proveerla de la altura suficiente para que pareciese, desde lejos, un alma en pena. Así espantaría a Manuel González y tendría vía libre para conquistar el corazón de la lorquina.

Sinceramente, desconozco el desenlace de esta historia, pero sirve de ejemplo para proponer lo que he intentado mostrar en mis investigaciones: No es oro todo lo que reluce, y la mayoría de estos fenómenos seguramente tengan una explicación racional. Quizá no hoy, quizá tengan que pasar varios siglos, pero no pierdan el horizonte con estos temas. De este en concreto extraigan lo más importante. Que ya en el siglo XIX la prensa almeriense se aventuraba a tratar algunos temas que hoy siguen escandalizando a más de uno. Es para hacérnoslo mirar.

 

[1] “La Crónica Meridional” (14/09/1885)

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