En el paraje de El Zocá (Sorbas) vivía un joven campesino de 26 años que respondía al nombre de Pepe. En unas fiestas del pueblo conoció a María, una chica bien parecida de 22 años que residía en el Barranco de los Lobos. Ese lugar era muy conocido para los ancianos del lugar ya que desde tiempos inmemoriales se habían escuchado historias de alaridos humanos, aullidos infernales y la presencia de un extraño ser, sobre todo en las noches de luna llena. Pepe hacía caso omiso a estas advertencias ya que, además de ser un joven valeroso, su única motivación en la vida era que llegase la noche para poder ir a ver a su amada. Ella calló enferma durante un invierno y Pepe estuvo sin hablar con ella casi dos meses, pero un día decidió desoír las indicaciones que sus padres le habían dado y tras la jornada laboral cogió su mula rumbo al Barranco de los Lobos. La madre de la chica salió a recibirlo, le dieron de cenar al cobijo de la lumbre y estuvo departiendo casi en familia con María y sus padres. A media noche se despidió de ellos y, provisto de un farol que le iluminase el camino, emprendió el regreso a casa.

Cuando cruzaba un lugar llamado el Puente de los Guapos, vio en la carretera un pequeño perro que parecía gemir de dolor. Pepe, amante de los animales, bajó de la mula, lo tomó en sus brazos y lo colocó en una de las alforjas de la mula. Al pasar por el centro del puente, una ráfaga de frío apagó de sopetón el farol. En ese momento escuchó a lo lejos el aullido de un lobo y la mula parecía no querer continuar. Temblaba como si estuviera presa del miedo y no respondía a las indicaciones del muchacho a pesar de las muestras de cariño que este le profesaba. Parecía como si la mula llevase encima un peso muy superior al real. El animal se detuvo cuando del fondo del barranco se escucharon varios gritos y llantos de personas. ¿Qué estaba ocurriendo? Para más inri, las nubes ocultaron la luna y ya no se venía ni a dos palmos de distancia. Pepe giró la cabeza, inquieto porque los aullidos de lobo se escuchaban cada vez más cerca, y quedó paralizado por el horror. El perrillo que llevaba con él se había convertido en un ser enorme, de apariencia humana, pero con una enorme cabeza de lobo. Tenía las patas delanteras apoyadas sobre la nula y por eso esta no podía avanzar. Además, las patas traseras estaban agarradas de una de las barandas del puente, atravesándolo con su cuerpo. Unos ojos amarillentos se iluminaron en la cara de la bestia y sus fauces se abrieron hasta dejar paso a una larga lengua. Tras un alarido ensordecedor y varios escupitajos de espuma, desapareció en la noche. El joven, a pesar de estar aturdido, consiguió que la mula recobrase el trote y huyó hasta su casa. Al día siguiente seguía teniendo temblores en las piernas, bajó a desayunar. Su madre no podía creer lo que veía. El pelo de Pepe, negro como el tizón desde siempre, se había convertido a color blanco. Y así lo tuvo toda la vida. Desde ese día no volvió a cruzar por aquel puente por temor a encontrarse con el hombre lobo de Sorbas. Al menos, en las noches de luna llena.

 

En Alcolea

La siguiente historia tiene que ver que les vengo a contar es muy popular en Alcolea. Nos transporta a un cortijo del paraje de ‘Los Llanillos’ a principios del s. XX. Allí vivía el joven Pepe Rivas, un muchacho valiente y fornido que alardeaba de no respetar la vida cristiana tan propia de la época en la que se encontraba. En un alarde de osadía y atrevimiento, Pepe decidió asar un cordero en la noche del Viernes Santo, y además invitar a sus amigos para que formasen parte de ese provocador festín. La pandilla estuvo bebiendo y devorando la carne hasta altas horas de la madrugada, momento en el que los jóvenes, orgullosos de la fechoría que acaban de cometer, decidieron regresar a sus hogares. Más tarde, el anfitrión despidió a sus amigos y volvió al lugar del banquete para recoger los platos sucios, comprobando que no estaba solo. Un siniestro perro negro hizo acto de presencia en la cocina del cortijo, con actitud amenazadora y posición de ataque. La primera reacción de Pepe fue coger uno de los cuchillos que había sobre la mesa, y asestarle una puñalada al perro. En ese mismo instante, el can aumentó su forma hasta tener un aspecto más propio de un humano, distinguiéndose en sus ojos una especie de llama rojiza. Con temblor en las piernas, el dueño de la casa apuñaló en repetidas ocasiones al siniestro animal hasta que le dio muerte.

Cuando los ánimos del joven alcoleano se hubieron calmado, Pepe decidió acostarse y dejar la limpieza de la habitación, que quedó manchada de sangre, para el día siguiente. Por la mañana enterraría al animal en el camino de entrada al pueblo e intentaría seguir con su vida como si nada hubiera pasado… Nada más lejos de la realidad. A la mañana siguiente, cuando Pepe se levantó, vio que la cocina seguía manchada de sangre, pero no había rastro del perro. Había desaparecido. Desde entonces, y hasta el día de su muerte, este osado muchacho no volvió a incumplir ninguna de las costumbres propias del ritual católico.

Nota: La imagen es de Reino Animalia.

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