Cuando se habla de apariciones, de sombras en la noche, de espectros en las carreteras, lo lógico en pensar en una figura. A lo sumo dos o tres. Como la que se muestra en Fiñana, en el camino de la estación, algunas noches de luna llena. Justamente en la “higuerilla loca” mucho se han topado con un hombre oculto bajo su levita de color oscuro, que hacía señas para que los caminantes se acercasen a la mesa que estaba a su lado, en la que había un candelabro con las velas encendidas, una pluma y un libro. Dicen que quien se acercaba a curiosear, moría a los pocos días ya que lo que el extraño individuo estaba escribiendo, no era otra cosa que el testamento del que por allí pasaba.

O como el espectro que se sigue apareciendo en los baños romanos de Velefique. Ya lo contaba siglos atrás el escritor Balafiquí, y aún hoy más de uno se ha llevado un buen susto cuando paseaba tranquilamente por esa zona. Los musulmanes creían que los “yinns” (duendes) aparecían en los molinos y en los baños. Según el testimonio que el propio Balafiquí inmortalizó en un documento, él estaba tomando un baño cuando se apagó la luz. Fue entonces cuando notó la presencia de alguien que poco a poco se le acercaba. Para ahuyentarlo, invocó al espíritu del célebre califa Al-Mamún, consiguiendo así que la luz de la velas se encendiese de nuevo.

Como ven, un solo personaje en cada una de las apariciones que les relato, por eso no deja sorprenderme la leyenda que tiene que ver con nada más y nada menos que los veinte fantasmas de otras tantas mujeres que dicen haber visto en el pueblo de Ohanes.

Como ya sabemos, poco tiempo después de la conquista de Almería por parte de Alfonso VII, nuestra provincia volvió a quedar en manos de la dinastía Nazarita. Algunos cristianos tuvieron que ocultarse en pueblos en forma de mozárabes o de renegados, como es el caso de las veinte familias de Ohanes que protagonizan la siguiente historia.

Un sucesor de Nassar, mujeriego y avaricioso a más no poder, quiso aumentar su harem particular con las jóvenes más bellas de esas tierras. Curiosamente, cada una de esas familias tenía una hija, a cual más preciosa, por lo que emisarios de Nassar acordaron con los padres de las chiquillas una compraventa. Ellas no estaban de acuerdo, primero por sus creencias cristianas y después por el recelo ante el futuro que les esperaba. Es por eso que se negaron. Cuando Nassar se enteró, mandó ejecutar a las veinte doncellas de la forma más cruel posible: Fueron empaladas con total salvajismo. Cuando caminaban hacia su martirio, la más pequeña se giró ante el rey y le lanzó una maldición. «La mayor riqueza de la cristiana es la virtud, y la mejor corona la del martirio. No acabarás con nosotras». La amenaza ha debido permanecer tantos siglos después cuando algunos vecinos afirman haberse encontrado en plena noche, cuando subían por la carretera que lleva al pueblo, con una procesión de veinte figuras ensotanadas que, cabizbajas, caminan lentamente.

 

En este caso no es uno, sino dos los humanoides que aparecen en una de las rotondas entrada al pueblo de Benahadux. La historia se cuenta desde hace muchos años, pero es muy difícil conseguir un testimonio directo. «Dicen que mucha gente los ha visto, sobre todo en las noches de verano», fue la máxima confesión que pude arrancar a uno de los vecinos en mi primera incursión en busca de la realidad de un fenómeno que cada vez es más conocido. A pesar de mi insistencia, seguía pinchando en hueso. Pero cuando estaba a punto de rendirme ante la posibilidad de que aquella historia fuese una leyenda, el destino hizo que, por otro motivo, conociese a Conchi y a Juan. Ellos, en julio o agosto de 1989, tuvieron la mala suerte de toparse con estas dos figuras que parecían salidas de una pesadilla. Siendo aproximadamente las dos de la madrugada, volvían a su casa de la capital, cuando divisaron a lo lejos algo extraño: «Eran dos personas muy altas, vestidas con unas sábanas blancas. Al principio pensé que eran unos chavales disfrazados que estaban haciendo el tonto para asustar a los coches», empezó relatando Juan. Él, inquieto, despertó a su mujer, que estaba recostada en el asiento del copiloto. «¡Conchi, Conchi! Mira qué tíos más raros se ven allí». Cuando pasaron cerca de ellos, comprobaron que aquello no podía ser de este mundo, principalmente por una característica: Se elevaron en el aire a varios metros de altura. Así lo recuerda Concepción: «No lo solemos contar porque la gente se ríe, pero te puedo asegurar que íbamos en perfectas condiciones. Mi marido no bebe ni estaba cansado. ¡Es que lo vimos los dos!». Podían tener dos metros o más de alto, y permanecían suspendidos, en vertical, a otros tres o cuatro metros sobre el suelo. «Lo que más nos extrañó fue que se contorneaban, como si estuvieran contorneándose. La cara era rara. Se le distinguía pero tenía aspecto de saco. Algo antinatural. Y las manos acababan en pico. Eso sí, iban totalmente cubiertos de blanco». La impresión que esos dos humanoides causaron en Conchi y Juan dura hasta el día de hoy. Por eso nunca se han atrevido a hacerlo público.

 

No quiero cerrar este apartado dedicado a las apariciones sin mencionar, aunque sea de pasada, una de las más populares de la provincia: la mujer de la puerta azul. Tiene lugar en Sierra Cabrera, en el alto Cúcar (un tajo enorme desde donde se puede contemplar el mar). Allí hay una cueva que, gracias a su composición de granito, da un aspecto semejante al de una puerta azul. Cuentan que en época de batallas entre moros y cristianos, un rey de estos últimos fue acumulando grandes tesoros y joyas que dejó en herencia a su única hija. Esto despertó la envidia de las jóvenes lugareñas, que recurrieron a una hechicera que había adquirido mágicos conocimientos en Estambul y Atenas para que dejase a la cristiana rica encerrada para siempre entre esas rocas. Solo sale una vez al año, cual encantada, concretamente la mañana de San Juan, llevando el dedo sobre la boca ya que, si alguien se la encuentra y le habla, la cueva y los tesoros son para él.

Un rumor nos transmite que un apuesto mozo de Mojácar se la encontró y decidió hablarle, pero el miedo le paralizó. A su lado estaba la maligna hechicera que velaba para que nadie se acercase a la joven para liberarla de su encantamiento. El muchacho quedó petrificado para siempre y es uno de los peñones que también se puede admirar desde ese mágico lugar.

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