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Fantástica charla-coloquio sobre “Misterios de Almería” en Antas

Cuando el gran Javier Irigaray, fabuloso escritor y poeta, te llama para que presentes un libro en Antas bajo el paraguas de su asociación cultural “Algaria”, no se puede decir que no. En primer lugar por el fantástico público que siempre se da cita en sus reuniones y presentaciones, siempre cargados de reflexión, inquietud y búsqueda; y por supuesto por el hecho de presentar un libro en una comarca que me apasiona, además de su mano. Es por eso que ayer tuve la oportunidad de compartir un agradable coloquio sobre “Misterios de Almería”, mi último libro, en la Cafetería Leo de Antas. Más de 30 personas se dieron cita para hablar de estos temas que tanto nos apasionan, con la agradable compañía de una cerveza. Se generó un interesante y respetuoso debate entre “ciencia” y “creencia”, que nos hizo disfrutar de una mágica velada en la que tocamos temas como los avistamientos ovni, los curanderos y brujas de la zona, el posible origen mojaquero de Walt Disney, el hombre del saco o los fuegos de Laroya. ¡Nos vemos en la próxima!

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Misterios de Almería

El “engañamuertes” de Roquetas de Mar

Hace unos cuantos años, concretamente en noviembre de 2011, publiqué la historia del “engañamuertes” de Roquetas de Mar. Era una de las que conformaban mi tercer libro, “La Almería extraña”. Ayer, La Voz de Almería, tuvo a bien recordar esta historia a través de uno de sus cronistas. Aprovecho para recordarla brevemente adviritiendo a los que leyerais ayer el periódico almeriense, que puede haber algún parecido razonable incluso en la estructuración del relato:

Nacido en Roquetas de Mar en octubre de 1867, Luis Francisco Jiménez Montoya será recordado por muchas generaciones gracias a su singular vida. Cuando nuestro personaje tenía diecinueve años, salió a comer ciruelas con sus amigos en un huerto. Tal fue el atracón que se dio, que falleció de pronto. El médico de la zona certificó el hecho y se procedió a su entierro. Era habitual que el cura fuese a la casa del difunto para acompañar el féretro hasta la iglesia y el cementerio. Cuentan que cuando la comitiva se aproximaba a la Santa Cruz, el joven despertó y empezó a golpear la tapa del ataúd, levantándose ante la mirada horrorizada de sus seres queridos. El prodigio recorrió España de boca en boca. Pero no fue la única vez que Luis Francisco consiguió engañar a la muerte. Unos años después, mientras dormía la siesta en un alma- cén de su propiedad, un tabique se derrumbó, cayéndole encima una de las paredes, pero por puro milagro volvió a salir ileso. Curiosamente, su auténtico fallecimiento (el diecinueve de febrero de 1940) coincidió con la primera misa dada en Roquetas de Mar a la virgen del Rosario tras su desaparición en la Guerra Civil.

Sus hijos y nietos son conocidos en la zona con el apodo de “engañamuertes”, mote que no llevarían si en aquellos años nuestros paisanos hubieran conocido la catalepsia.

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La leyenda del perro del obispo Villalán

No me cansaré de repetir que Fray Diego Fernández de Villalán, uno de los obispos que ha tenido nuestra ciudad, es uno de los personajes más fascinantes de la historia de Almería. Suyo es el sol que es tomado como emblema de Almería, aunque la mayoría de gente se lo atribuya a Portocarrero, otro obispo. Y él fue el promotor para que la catedral actual se reconstruyese y hoy podamos admirarla. Fue durante esas obras cuando Villalán se convirtió en protagonista de la primera de las leyendas que quiero contarles. Estando él con los albañiles en una de las estancias de la catedral, de la nada apareció un perro que ladraba insistentemente como si tuviera miedo de algo. El can salió de la catedral como si el mismo diablo lo persiguiese y Villalán, junto con sus hombres, corrieron tras él para interesarse por lo que ocurría. Una vez fuera, el techo de la estancia donde habían estado segundos antes se derrumbó. Gracias al perro, que desapareció de la misma forma que apareció, Villalán se salvó de morir aplastado entre los escombros. Como muestra de agradecimiento, el obispo quiso inmortalizar al animal mandando construir una estatua que permanece fiel a los pies del sepulcro de Villalán, perfectamente visitable si van a la catedral. El motivo real seguramente fuese el amor del obispo por los animales, especialmente los perros, y que en su escudo haya representados cuatro de ellos.

… Su fiel perro sepultado

no lejos de él asimismo

fue en la Catedral, a un ángulo

del jardín claustral contiguo.

Pero el artista, que el túmulo

cinceló, romper no quiso

tal lealtad; y al pie del lecho

de mármol en que dormido

reposa el prelado egregio

de sus pompas revestido,

velando su pétreo sueño

también está el gozquecillo[1].

[1] Poesía del artículo “El Guardián del Obispo de Piedra”, de Florentino Castro Guisasola aparecido en el diario “La Independencia” del 7 de abril de 1932.

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El mal llamado “Sol de Portocarrero”

Alguna vez he hecho rutas por las calles de Almería narrando a los asistentes las historias ocultas que se esconden en ellas, y todos me han mirado extrañados cuando les he dicho que el sol que aparece como emblema imponente en el muro absidal es el “Sol de Villalán”. La historia más o menos sería así: En 1969, el alcalde de Almería, Francisco Gómez, en su afán por promover el turismo almeriense (“Costa del Sol”), crea el galardón “Sol de Portocarrero” y se lo entrega al director de la compañía aérea Iberia en agradecimiento por inaugurar el avión “Ciudad de Almería”. Serían varias las personalidades agraciadas posteriormente con este honor, como Juan Antonio Samaranch. Esto se cortó en 1970[1]. Efectivamente, el obispo Portocarrero tenía un sol dentro de su escudo, pero muy distinto al de Villalán (que nada tiene que ver con la heráldica). Además, el de Portocarrero tiene solo 16 rayos (frente a los 36 del de Villalán), y estos están unidos a la línea de la cara (si nos fijamos en el de la catedral, veremos que un círculo los separa). ¿Entonces por qué Villalán puso este sol en la catedral? Algunos afirman que es llamativo ver un símbolo pagano en un lugar cristiano, pero nada tiene que ver con eso. Simplemente pretendía mostrar el renacer del Cristianismo representado con un sol mirando a oriente, cuyos rayos serían los que nos iluminasen en el nuevo camino de la fe. En la Biblia existen numerosas citas que aluden al sol como símbolo de Jesús. Misterio resuelto gracias a la multitud de historiadores como el Padre Tapia, Juan Oña, Juan López Martín o recientemente Emilio Esteban Hanza.

[1] “El Sol de la catedral es de Villalán”, Emilio Esteban Hanza (16/01/2014, Diario de Almería).

 

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La mansión encantada de Pescadería

Aseguran los expertos que para que una casa se considere como encantada, deben predominar uno o varios de estos factores: Por un lado su ubicación, analizando el origen del lugar y su situación geográfica. ¿Sobre qué está construida? ¿Qué hay debajo? ¿Es un lugar telúrico o de poder? ¿Hay mineralización el suelo o aguas subterráneas?; por otro, la teoría de la impregnación: ¿qué personas habitaron allí? ¿ocurrió algún suceso trágico? ¿Tiene historias luctuosas que hayan podido marcar al lugar?; y para finalizar, la situación psicológica (o parapsicológica) de la persona que allí ha vivido fenómenos extraños. Condicionantes externos, situación personal, estado anímico o facultades inusuales.

Yo no sabría decirles cuáles de ellos están presentes en una casa de la avenida Aguilar Martell (antigua calle de Pescadores,). Ni siquiera puedo afirmar fehacientemente que alguna de ellas se cumpla, pero sí que la siguiente historia está en boga por el barrio. Antecedentes no he encontrado. Tan solo que la epidemia de cólera acaecida en septiembre de 1885 fue especialmente dura en las casas cercanas al puerto. Según las crónicas de la época, la enfermedad arrasó con casi todos los miembros de varias familias, quedándose los demás en las propias viviendas que nunca fueron desinfectadas ni higienizadas. Una de ellas es la que nos atañe. La situación no mejoró durante las primeras décadas del siglo XX puesto que esa avenida era tachada por la prensa como «la calle más miserable y sucia de Almería»[1].

En los años 20 vivió allí un conocido enfermero del Hospital Provincial, Juan Fernández Requena, y con él se acentuó la leyenda negra. Según refleja el historiador Eduardo del Pino, un día apareció un gato negro dentro de la casa. Los inquilinos lo echaban a la calle pero por la noche lo volvían a encontrar en el interior. También se produjeron movimientos de objetos, achacados en principio a las travesuras del animal como cuando unas sábanas tendidas aparecieron en otra habitación con huellas de las patas del gato. El enfermero y su esposa no tuvieron más remedio que abandonar el lugar en busca de una vida menos tormentosa, y la vivienda que hoy se encuentra cerca del Parque quedó abandonada durante varios años. Los niños no se atrevían a entrar en ella, limitándose a recordar las historias de miedo que se contaban mientras la observaban desde la acera de enfrente. Los más valientes osaron tirar piedras a través de las ventanas, y dicen que estas eran devueltas inmediatamente con una fuerza descomunal.

Hoy no existe el lugar. Fue derribado para levantar lo que actualmente es el colegio Inés Relaño, del que también corren rumores (negados por quienes dan clase a diario allí) de puertas y ventanas que se abren solas o clases que aparecen desordenadas completamente cuando el día anterior quedaron totalmente preparadas para la jornada escolar. Seguramente sean los ecos de la leyenda que aún colea entre los vecinos, pero los más mayores no olvidan las sensaciones tan extrañas que les provocaba aquella antigua mansión de dos plantas que tanto misterio parecía esconder tras su fachada.

[1] “Diario de Almería” (20 de noviembre de 1927, página 1).

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Historia de aparecidos

Cuando se habla de apariciones, de sombras en la noche, de espectros en las carreteras, lo lógico en pensar en una figura. A lo sumo dos o tres. Como la que se muestra en Fiñana, en el camino de la estación, algunas noches de luna llena. Justamente en la “higuerilla loca” mucho se han topado con un hombre oculto bajo su levita de color oscuro, que hacía señas para que los caminantes se acercasen a la mesa que estaba a su lado, en la que había un candelabro con las velas encendidas, una pluma y un libro. Dicen que quien se acercaba a curiosear, moría a los pocos días ya que lo que el extraño individuo estaba escribiendo, no era otra cosa que el testamento del que por allí pasaba.

O como el espectro que se sigue apareciendo en los baños romanos de Velefique. Ya lo contaba siglos atrás el escritor Balafiquí, y aún hoy más de uno se ha llevado un buen susto cuando paseaba tranquilamente por esa zona. Los musulmanes creían que los “yinns” (duendes) aparecían en los molinos y en los baños. Según el testimonio que el propio Balafiquí inmortalizó en un documento, él estaba tomando un baño cuando se apagó la luz. Fue entonces cuando notó la presencia de alguien que poco a poco se le acercaba. Para ahuyentarlo, invocó al espíritu del célebre califa Al-Mamún, consiguiendo así que la luz de la velas se encendiese de nuevo.

Como ven, un solo personaje en cada una de las apariciones que les relato, por eso no deja sorprenderme la leyenda que tiene que ver con nada más y nada menos que los veinte fantasmas de otras tantas mujeres que dicen haber visto en el pueblo de Ohanes.

Como ya sabemos, poco tiempo después de la conquista de Almería por parte de Alfonso VII, nuestra provincia volvió a quedar en manos de la dinastía Nazarita. Algunos cristianos tuvieron que ocultarse en pueblos en forma de mozárabes o de renegados, como es el caso de las veinte familias de Ohanes que protagonizan la siguiente historia.

Un sucesor de Nassar, mujeriego y avaricioso a más no poder, quiso aumentar su harem particular con las jóvenes más bellas de esas tierras. Curiosamente, cada una de esas familias tenía una hija, a cual más preciosa, por lo que emisarios de Nassar acordaron con los padres de las chiquillas una compraventa. Ellas no estaban de acuerdo, primero por sus creencias cristianas y después por el recelo ante el futuro que les esperaba. Es por eso que se negaron. Cuando Nassar se enteró, mandó ejecutar a las veinte doncellas de la forma más cruel posible: Fueron empaladas con total salvajismo. Cuando caminaban hacia su martirio, la más pequeña se giró ante el rey y le lanzó una maldición. «La mayor riqueza de la cristiana es la virtud, y la mejor corona la del martirio. No acabarás con nosotras». La amenaza ha debido permanecer tantos siglos después cuando algunos vecinos afirman haberse encontrado en plena noche, cuando subían por la carretera que lleva al pueblo, con una procesión de veinte figuras ensotanadas que, cabizbajas, caminan lentamente.

 

En este caso no es uno, sino dos los humanoides que aparecen en una de las rotondas entrada al pueblo de Benahadux. La historia se cuenta desde hace muchos años, pero es muy difícil conseguir un testimonio directo. «Dicen que mucha gente los ha visto, sobre todo en las noches de verano», fue la máxima confesión que pude arrancar a uno de los vecinos en mi primera incursión en busca de la realidad de un fenómeno que cada vez es más conocido. A pesar de mi insistencia, seguía pinchando en hueso. Pero cuando estaba a punto de rendirme ante la posibilidad de que aquella historia fuese una leyenda, el destino hizo que, por otro motivo, conociese a Conchi y a Juan. Ellos, en julio o agosto de 1989, tuvieron la mala suerte de toparse con estas dos figuras que parecían salidas de una pesadilla. Siendo aproximadamente las dos de la madrugada, volvían a su casa de la capital, cuando divisaron a lo lejos algo extraño: «Eran dos personas muy altas, vestidas con unas sábanas blancas. Al principio pensé que eran unos chavales disfrazados que estaban haciendo el tonto para asustar a los coches», empezó relatando Juan. Él, inquieto, despertó a su mujer, que estaba recostada en el asiento del copiloto. «¡Conchi, Conchi! Mira qué tíos más raros se ven allí». Cuando pasaron cerca de ellos, comprobaron que aquello no podía ser de este mundo, principalmente por una característica: Se elevaron en el aire a varios metros de altura. Así lo recuerda Concepción: «No lo solemos contar porque la gente se ríe, pero te puedo asegurar que íbamos en perfectas condiciones. Mi marido no bebe ni estaba cansado. ¡Es que lo vimos los dos!». Podían tener dos metros o más de alto, y permanecían suspendidos, en vertical, a otros tres o cuatro metros sobre el suelo. «Lo que más nos extrañó fue que se contorneaban, como si estuvieran contorneándose. La cara era rara. Se le distinguía pero tenía aspecto de saco. Algo antinatural. Y las manos acababan en pico. Eso sí, iban totalmente cubiertos de blanco». La impresión que esos dos humanoides causaron en Conchi y Juan dura hasta el día de hoy. Por eso nunca se han atrevido a hacerlo público.

 

No quiero cerrar este apartado dedicado a las apariciones sin mencionar, aunque sea de pasada, una de las más populares de la provincia: la mujer de la puerta azul. Tiene lugar en Sierra Cabrera, en el alto Cúcar (un tajo enorme desde donde se puede contemplar el mar). Allí hay una cueva que, gracias a su composición de granito, da un aspecto semejante al de una puerta azul. Cuentan que en época de batallas entre moros y cristianos, un rey de estos últimos fue acumulando grandes tesoros y joyas que dejó en herencia a su única hija. Esto despertó la envidia de las jóvenes lugareñas, que recurrieron a una hechicera que había adquirido mágicos conocimientos en Estambul y Atenas para que dejase a la cristiana rica encerrada para siempre entre esas rocas. Solo sale una vez al año, cual encantada, concretamente la mañana de San Juan, llevando el dedo sobre la boca ya que, si alguien se la encuentra y le habla, la cueva y los tesoros son para él.

Un rumor nos transmite que un apuesto mozo de Mojácar se la encontró y decidió hablarle, pero el miedo le paralizó. A su lado estaba la maligna hechicera que velaba para que nadie se acercase a la joven para liberarla de su encantamiento. El muchacho quedó petrificado para siempre y es uno de los peñones que también se puede admirar desde ese mágico lugar.

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El encapuchado de la calle Restoy

La joven regresaba a casa con paso ligero. La noche estaba a punto de caer y la penumbra comenzaba a invadir algunas calles. Ella no quería que se hiciera más tarde ya que los rumores se estaban acentuando en los últimos días. Últimamente varias vecinas se habían encontrado con ese ser al que los niños bautizaron como “el fantasma encapuchado”. Cuando la muchacha se disponía a cruzar la última esquina antes de llegar a la calle Restoy, alzó la mirada y observó algo extraño a lo lejos. No podía distinguir muy bien lo que era, pero parecía una figura alta, ensotanada, que la miraba firmemente desde la otra punta de la calle. Una extraña sensación invadió el cuerpo de la joven, que no pudo hacer otra cosa que poner la vista en sus pasos y acelerar el ritmo. Aunque no podía ver con claridad de quién se trataba, ella sabía que no era alguien del barrio. ¿Qué vecino vestía con esos largos ropajes, además de taparse la cabeza con una capucha? Ninguno. A medida que avanzaba por aquella interminable calle, nuestra protagonista dudaba incluso de si esa extraña figura pudiera ser humana. Hasta el momento en el que la tuvo de frente, no había hecho mucho caso a las habladurías de sus sobrinos cuando, atemorizados, le contaron que habían visto a un hombre muy raro, parecido a un fantasma, que llevaba un saco al hombro y se vestía con una túnica negra. Pero ya era tarde. Lo tenía a unos cinco metros y ahora sí que lo distinguía claramente. Cuando intentó mirar su rostro, un extraño frío recorrió su cuerpo. No tenía cara. Bajo la capucha no se veía absolutamente nada. Además, parecía que flotara en el aire. Tampoco se le distinguían los pies a pesar de que ella lo había visto caminar tras de sí. La reacción de la chica fue la que habríamos tenido la mayoría de nosotros: gritó despavoridamente. Quizá esto fue lo que alertó al supuesto fantasma, que en décimas de segundo había desaparecido.

 

Este podría ser uno de los episodios que se vivieron a finales del s. XIX en una conocida calle de Almería, la calle Restoy. Al parecer, durante unos años el vecindario estuvo aterrorizado por la presencia del ser anteriormente descrito, que se mostraba sobre todo ante mujeres y niños. El lugar era propenso para este tipo de historias ya que alrededor de la calle había senderos y secanos prácticamente desiertos hasta llegar al cerro de las Cruces, por un lado, y a la zona de la Fuentecica, poco transitada, por otro.

 

La primera noticia de esta aparición me llega de la mano del reconocido historiador Eduardo del Pino, quien la publica en su libro Los años vividos. Según cuenta, era tal la obsesión y el miedo de quienes vivían entre la plaza del Quemadero y los alrededores de la Plaza de Toros, que incluso el concejal encargado del distrito hizo una propuesta a la corporación para que se reforzara la presencia de serenos por el lugar, especialmente en las noches más oscuras que era cuando más se había visto al famoso fantasma quien, además, había perpetrado algún que otro robo farol en mano y saco al hombro.

 

Los niños ya no querían salir a jugar por las noches, y las mozas evitaban caminar solas cuando la tarde empezaba a caer. Toda esta incertidumbre duró hasta que tuvo lugar la noticia que el diario La Crónica Meridional recoge en su edición del 28 de enero del año 1900: Un hombre había hecho frente al fantasma y había conseguido ahuyentarlo.

La noche del 26 de enero era más cerrada de la cuenta, por lo que todo indicaba que el misterioso encapuchado haría acto de presencia. Un vecino, harto de los constantes robos que se habían producido y que se achacaban al fantasma, decidió esperarle oculto en el huerto de Jaruga (el lugar donde más veces se le había visto), armado con un revólver de seis balas.

El momento llegó cuando varios niños se encontraron con la inquietante figura ensotanada y comenzaron a gritar. En estas apareció el valiente vecino que, pistola en mano, amenazó al fantasma. «Como vuelvas a molestar por aquí, te vacío el cargador en la cabeza». Y no tuvo que decírselo dos veces. Jamás se volvió a ver a un fantasma que tenía más de vulgar ladrón que de ser del más allá.

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Sirenas y demonios en Cabo de Gata

Sirenas

 

Se puede leer en “El libro de Enoch” lo siguiente: Aquí es donde estarán los ángeles que se han unido a las mujeres. Sus espíritus, tomando numerosas apariencias, han mancillado a los hombres y les harán errar para que sacrifiquen tanto a los demonios como a los dioses, hasta el día del gran juicio, día en el que serán juzgados para ser perdidos. En cuanto a sus mujeres, que han seducido a los ángeles, serán convertidas en sirenas.

 

Estoy convencido de que usted, querido lector, ha estado alguna vez en uno de los lugares más emblemáticos del levante almeriense, el llamado “Arrecife de las sirenas”. Pero, ¿a qué se debe esta peculiar denominación sino a la presencia de estas exuberantes féminas?

Afirma el gran Jesús Callejo que las sirenas se encuentran sobre todo en la costa Mediterránea, aunque sus principales palacios están cerca de las islas Azores. A estos seres les encanta acercarse a las orillas de las calas. Dicen que quien se ha topado con alguna de ellas ha quedado hipnotizado con sus palabras, y que poseen el don de la profecía, pero con revelaciones agradables, así que pueden estar tranquilos.

 

 

El demonio de Cabo de Gata

 

No podemos alejarnos de esta zona rica en leyendas sin hablar del Demonio que habita en la cueva de Cabo de Gata, al menos según el famoso botánico español Simón de Rojas Clemente, que hizo un viaje científico por toda Andalucía en el año 1805. Además de este ser, Simón también localiza en la cueva a varios leones marinos que atacan a todo el que se acerque, y a la figura de un “negro” que parece custodiar algún tesoro. Hablando de tesoros, Felipe Crame (quién proyectó la Torre de la Vela) ya hablaba en 1733 de la existencia de un cofre lleno de oro en las inmediaciones de esa playa, refiriéndose también a este hallazgo el irlandés Guillermo Bowles (geógrafo y naturalista) en 1778: La montaña del Brujo es donde está la boca de la caverna en que dicen se hallan piedras preciosas. Yo entré en ella en barco por su boca, que tendrá unos veinte pies de alto y quince de ancho, pero no vi sino piedras rodadas gruesas como dos puños que las holas han redondeado a fuerza de batir las unas con las otras, porque el mar, cuando está alterado, entra furioso en la caverna.

 

 

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Los enanos de Vera – La Almería extraña

Sólo con el título, seguro que a más de uno se le ha esbozado una sonrisa. Y no es para menos, pero el gran investigador sevillano Juan de Mena, recoge a estos singulares seres. A pesar de que en Andalucía no son habituales las creencias sobre enanos y/o gnomos, al parecer en Vera existe un lugar, camino a Cuevas de Almanzora, conocido como “El Zorzo”. Comentan los vecinos más longevos que, en algunos atardeceres, aparecen unos extraños enanos que tienen como misión acompañar a las buenas personas que pasan por allí en dirección a una fuente cercana, para protegerlos de cualquier peligro. De igual modo, si alguna persona malvada camina por el lugar, estos personajillos les impiden el paso.

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El Dios de Castala

Un hombre bueno, sonriente, tranquilo y amante de la naturaleza que de buenas a primeras dejó a su familia en el pueblo y se enroló en un retiro espiritual en compañía de la fauna y la flora de Castala. Le apodaban ‘Dios’, seguramente por sus agradables consejos y su gran sabiduría, a pesar de no ser capaz de leer ni escribir una sola palabra. Su aspecto campechano se transformaba cuando alguien osaba maltratar a un ser vivo o fumar. En ese último caso, ‘Dios’ solía sacar una máscara y ponérsela en la cara para no respirar esa polución. Si se paran a pensarlo, quizá el bueno de José Marín Fernández (así se llamaba), pudo ser uno de esos dioses de la Antigüedad. No se inmutaba si algún zorro, jabalí o serpiente se atrevía a acercarse a él. Una simple mirada o un toque de su bastón bastaban para amansar a las fieras, las cuales parecían idolatrarle también. Y servirle. Fíjense si era conocido, que despertó el interés del periodista Tico Medina, quien hasta se desplazó a la cueva del ‘Dios’ para entrevistarle en los años sesenta. Su descripción me hace imaginar a un auténtico hombre prehistórico, aunque con albarcas y cayado. «Viene hacia nosotros vestido de pana, con profundo olor a jaramago en su vieja camisa remendada, y lleva puesto un pasamontañas. Pertenece a la más clásica fauna ibérica que sólo se encuentra en estas geografías nuestras en las que tanto abundan los genios y los locos»[1].

Lleva meses viviendo en la Sierra de Gádor, con la única compañía que le otorgan sus pensamientos y reflexiones, su comunión interior, viviendo en paz como un animal más, con permiso de su perro Bolero, fiel y protector amigo. Su mujer, a la que apodan ‘la Virgencita’ (sobran las explicaciones), sube de vez en cuando para llevarle un plato de comida caliente a pesar de que a él le sobra y le basta con su pequeño huerto donde cultiva patatas y fruta, siempre a estilo rústico. También tiene colmenas. Se refugia en la “Cueva del cerezo”, donde dicen que estuvo uno de los apóstoles evangélicos, San Tesifón, que hoy rivaliza con nuestro protagonista por ser la divinidad más importante que ha pisado esas tierras de mineros y parraleros. «Jamás enciendo lumbre. Nunca… Mis comidas son siempre frías… Y aun en las noches más heladas, sin manta que tengo siquiera, sin colchoneta, sobre el mismo suelo pelado, no enciendo la llama… Es un símbolo del infierno que no gusta a Dios», confesó al periodista granadino, a quien le reveló que le gustaría morir en esas sierras, donde había encontrado una paz que todos necesitamos. Y así fue.

A pesar de las inmejorables crónicas de Tico Medina, yo quería conocer de primera mano el testimonio de alguien que recordase haber visitado al ‘Dios’ cuando estaba en la cueva. Y lo logré gracias a otro sabio, José Miguel Callejón, persona que me contó infinidad de anécdotas de este hombre cuya leyenda se engrandecía a medida que recopilaba informaciones. «Claro que lo conozco, mi abuelo lo bautizó, ―afirma para abrir conversación―. Un día fui con mi abuelo hasta el lugar donde vivía ‘Dios’ y recuerdo que me cogió en brazos para subirme y que pudiera alcanzar las cerezas que cultivaba. Me quedé impresionado porque estaba entre colmenas, sin protección, y con los brazos cubiertos de abejas. Cuando le pregunté si no le picaban, me dijo “a Dios no le pican las abejas”».

Situaciones rocambolescas se daban si alguien osaba encender un cigarrillo cerca de él. Bautizaba como apóstoles a los que trabajaban en las minas, quienes le invitaban a comer a cambio de leña, aunque si alguno de ellos fumaba, como ocurrió con un tal Daniel, ‘Dios’ le reprendía con su garrote o con amenazas. «A Daniel le dijo que si encendía más cigarros, iba a dejar de ser San Pedro».

Las gentes de Castala no olvidarán su peculiar pose y presencia cuando eran las fiestas y sacaban la procesión. «’Dios’ se asomaba desde uno de los peñones más altos para seguir los festejos desde la distancia, huyendo del humo y de los cohetes». ¿Saben por qué tenía tal animadversión al tabaco? Al parecer, de joven cuando era pastor y se dedicaba a la trashumancia por la zona del Poniente almeriense, se echó una novia en uno de los puestos. Esta, al enterarse de que José Marín tenía otra novia en Berja, le echó algo en un cigarro. Desde entonces empezó a comportarse de forma extraña.

Comentado fue el incidente que protagonizó con Jesús “el Catorce”[2], cuando el conocido bandolero decidió esconderse de la Guardia Civil en la cueva de ‘Dios’. La Benemérita estuvo preguntando por los alrededores, pero él no reveló a José Marín su verdadera identidad. Jesús, desconocedor de los problemas que podía causarle encender un cigarro en “Cueva del cerezo”, a punto estuvo de recibir un garrotazo en la cabeza, ataque al que contestó con un disparo en el brazo. «¡Venías a pegarme! ¿Acaso eres el diablo en vez de Dios?», le contestó el forajido.

Aunque la que es su anécdota más recordada tiene que ver con la máscara de gas que solía ponerse. El caso es que su hijo, José Marín Gándara, fue llamado a filas para hacer la mili, pero para evitar hacerla decidió alegar que su padre padecía algún tipo de enfermedad mental que le impedía trabajar, teniendo él la responsabilidad de traer el pan cada día a su familia. Imagínense la cantidad de intentos que tuvieron que hacer para convencer a ‘Dios’ de que fuera a Almería a que un tribunal médico certificase lo que su hijo había expuesto. Sólo pudo convencerlo Julio Acosta Gallardo, importante vecino, que lo llevó en su coche a la capital… ¡pero sin que ‘Dios’ quisiera quitarse la máscara antigás que usaba para protegerse de los humos! La estampa que protagonizaría en las calles almerienses caminando con el rostro escondido tras esa “careta” debió de ser impagable para los cientos de curiosos que le salían al paso. Genio y figura don José Marín Fernández, cuya singular vivienda aún hoy se puede visitar, siendo frecuente el paso de senderistas por allí.

[1] MEDINA, Tico: Almería al sol. Caja de Ahorros de Almería, 1963.

[2] Durante la entrevista que le hice a Jesús ‘el Catorce’ en la residencia de Dalías en la que vive, este aseguró no acordarse del “incidente” que tuvo con el ‘Dios’ de Castala. Existe también otra versión de la historia, y es que “Dios” iba a enseñarle una placa que le habían dado, pero “el catorce” pensó que se iba a sacar un arma, disparándole por temor. Al parecer la bala rebotaría en dicha placa y por eso el daño no fue tan grave.

[1] “Almería al sol” (1963), de Tico Medina.

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