No seré yo quien descubra que Almería ha sido una tierra frecuentada por piratas, pero merece la pena señalar algunos de los casos más importantes y llamativos, protagonizados claro está por personajes que surcaban los mares causando terror en las playas en las que desembarcaban.

Almería estaba provista de atalayas defensivas para protegerse de los ataques, pero los corsarios tenían estrategias para pasar desapercibidos. La más frecuente era usar unos pequeños barcos, tipo fragatas, que sacaban en tierra y camuflaban bajo ramas para que fuese imposible divisarlas desde las galeras. Además, solían hacer sus incursiones costeras en la noche, cuando lógicamente se ve menos. Leyendo crónicas de la época y trabajos de historiadores y expertos en la materia como el Padre Tapia, he de decirles que en esta ocasión la realidad supera con creces a la fantasía. El maestro nos sitúa ya en 1505 la presencia en el Mar de Alborán del corsario Camali, que provoca movimiento de tropas en la capital; veinte años después documenta un asalto desbaratado por el capitán Alvar Gómez el Zagal; ya en 1529 es el mismísimo Barbarroja quien obliga a la defensa almeriense a aplicarse al máximo para detener un nuevo ataque; esto se repetiría en 1545 con el hijo del famoso pirata; una situación límite se vivió en 1561 ya que decenas de naves enemigas se aceraron a Cabo de Gata, teniendo las autoridades que cerrar las puertas de la ciudad de Almería durante varias jornadas hasta que el peligro hubo pasado, y es que en mayo de 1558 Agua Amarga había sido saqueada por los ocupantes de cinco navíos argelinos, con lo que toda precaución era poca; en octubre de 1565 el pirata Dalí partió de Argel con doce barcos y amarró en la playa de Los Genoveses, donde asaltó a dos naves francesas que terminaron ardiendo en las costas almerienses; un episodio sangriento tuvo lugar el 24 de septiembre de 1566 con la entrada de unos piratas hasta Tabernas, matando, robando y aprisionando a 48 hombres de bien; y quizá el suceso más terrible es el que aconteció el 20 de octubre de 1920 en Adra, cuando durante poco más de un día unos corsarios argelinos toman la ciudad, la destruyen y saquean, además de acabar con la vida de todo aquel que salía a su paso.

Cuesta pensar que lo que hoy son idílicos paraísos cargados de turismo, como las bonitas playas y calas almerienses, otrora fueron escenarios de terror. Adra, Balerma, Cabo de Gata, Los Escullos, Los Genoveses, Las Negras, Agua Amarga, Mojácar o Carboneras fueron testigos de auténticas luchas entre berberiscos que pretendían arrasar nuestras tierras, y almerienses defendiendo como podían desde torres, alcazabas y atalayas. También contra monfíes[1], como los que protagonizan el siguiente relato:

Dieciséis de estos moriscos se intentaron fugar de las Alpujarras el 14 de marzo de 1552. Días antes se reunieron en Órgiva para proveerse de ballestas, espadas y víveres, y fueron avanzando en la noche hasta llegar a Balerma la mañana del mencionado día. Aprovechando un despiste del vigilante de la torre, capturaron una barca y pusieron rumbo a Tetuán. Pero se alertó a la guarnición de Adra, que salió al alcance de los fugados comandada por el capitán Diego de Herrera. La lucha fue feroz en alta mar, hasta que el viento cortó la batalla. Los abderitanos volvieron sin haber acabado con la revuelta, y los enemigos pusieron rumbo a Cabo de Gata. Su jefe, que respondía al nombre de El Zavara, organizó la defensa de sus hombres mientras esperaban escondidos a que una nave pirata los recogiese en las costas del Levante almeriense. Pero los soldados almerienses los sorprendieron cerca de Níjar y terminaron apresándolos tras una lucha enfervorecida que finalizó en Lucainena. Aún hubo tiempo para un último sobresalto. El monfíe García Dogale, natural de Busquístar, escapó y huyó hasta Gérgal, donde el alcaide del castillo consiguió detenerlo. Curiosamente el contador Francisco Suárez había llegado a Gérgal esa misma tarde desde Madrid, y quiso ajusticiar al bandido, pero el alcaide se negó, bajándolo con una cuerda a una mazmorra subterránea hasta decidir qué hacer con él. Por increíble que parezca, la historia tiene más miga puesto que García Dogale consiguió escapar (no me pregunten cómo) y jamás fue capturado a pesar de que se ofreció una ingente suma de dinero por su cabeza[2].

Es interesante conocer también las triquiñuelas que los piratas usaban para librarse de la muerte cuando eran capturados. Llamativo es el caso de Francisco de Almaraz, vecino de Mojácar, que presenta ante el escribano Andrés de la Cadena a un hombre de barba cerrada y habla castellana, vestido con ropajes turcos, que había encontrado en la playa. Era el 22 de abril de 1563. Cuando fue interrogado, aseguró que era un cristiano de Nápoles que respondía al nombre de Juan Nicolao. A los ocho años de edad se había enrolado en una nave, y a los quince había sido capturado por unos piratas, que se lo llevaron a Argel. Desde entonces había estado trabajando como esclavo hasta que se embarcó en la nave del pirata Chuze, llegando a Almería la noche anterior en la que se escapó cuando el barco tomó la costa. Como la historia parecía demasiado sorprendente, las autoridades de Mojácar decidieron averiguar si había algún indicio que certificase el relato, y dieron con una curiosa prueba: Le miraron sus partes nobles para ver si estaba circuncidado o retajado, pero no hallaron corte alguno. Fue llevado a la cárcel de la Alhambra y puesto en libertad poco tiempo después.

Eran frecuentes también los secuestros, como el que tuvo lugar en abril de 1552 cuando un grupo de piratas, comandado por un personaje llamado Alí Amate, desembarca en Balerma y llega hasta Dalías, donde saquean la parroquia Santa María de Ambrox y toman como rehenes a veinte cristianos entre hombres, mujeres y niños. Piden 5555 ducados por sus cabezas y hasta el propio rey de España, Carlos I, contribuyó con dos mil ducados para que los almerienses fuesen liberados, eso sí, catorce años después de su secuestro. Ese mismo mes también fue saqueada la población de Lucainena de las Torres, y justo diez años después le tocó el turno a Níjar. Tabernas, Huebro y de nuevo Lucainena también sufrieron a los piratas en los siguientes años.

Quiero poner fin a esta recopilación, en la que lógicamente faltan más casos, con lo ocurrido el Jueves Santo del 27 de marzo de 1567. A 15 km de Almería, en un lugar llamado Quiciliana (hoy inexistente), llegan trece monfíes que apresan a otros tantos vecinos de allí. Por la mañana fueron detenidos la mayoría de ellos cuando se disponían a huir por las calas del Cañarete. El Viernes Santo se ahorcó a dos de los capturados, que además eran renegados, poniendo sus cabezas [3]en dos de las puertas de entrada a la ciudad (la del Mar y la de Purchena) para regocijo y humillación. Los testigos presenciales de aquello dejaron escrita una espectacular aventura que comprendía luchas entre cuadrillas de soldados en las playas de la Garrofa y el Palmer. Los héroes fueron Domingo Martín, guarda de la atalaya; Francisco Guerrero, valeroso vecino; Diego Dávila, cristiano viejo; y Martín Ramón Alhaziz, morisco de Gádor.

“Preguntado si durante el tienpo e las vezes que allegaron e días que estovieron en la sierra del Cabo de Gata, si vieron guardas o hizieron algunas ahumadas en tierra, pues estavan de día claro e descubiertos e públicos en las calas e puertos, dixo que no vido guardas ni ahumadas de día ni de noche, y que de día estavan descubiertos, e desenvarcavan de día, e de noche estavan surtos en las calas con sus lunbres e linternas en cruxía sin ningún reçelo ni miedo de nadie…”[4].

[1] Moriscos refugiados en la sierra después de la reconquista cristiana a manos de los Reyes Católicos. Se organizaban en cuadrillas para robar y matar por tal de sobrevivir. Eran muy similares a los bandoleros. En la rebelión morisca de Abén Humeya en 1568 jugaron un papel muy importante.
[2] Concretamente diez ducados, según el Archivo de la Alhambra (Palacio de Carlos V). Leg 55, p. 7; leg. 121, p.12; y leg. 112, p 22.
[3] Eran Andrés de Toledo y Vicente Macaluz.
[4] Tapia Garrido, José Ángel. “La costa de los piratas” (Revista de Historia Militar, nº 32, 1972), pág 103. Ejemplo de un testimonio referente al ataque de los piratas.

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