Sin categoría

Ruta por las casas encantadas de Almería capital

En todas las ciudades hay casas que, principalmente por su aspecto (deterioradas, abandonadas, deshabitadas…), son punto de partida a leyendas y rumores relacionados con fantasmas, apariciones espíritus. Muchas veces estas historias son fruto de la invención y de la desinformación, en parte debido a la transformación de unos hechos concretos a medida que se van contando de unos a otros; pero también es cierto que algunos de esos lugares encierran tras sus paredes terribles secretos. Quiero darles una vuelta por algunos de estos edificios que se esconden en la capital, disimulados a veces por el ritmo frenético de la vida que llevamos.

No se me ocurre mejor lugar para empezar este singular recorrido, que la calle “Los Duendes”. Allí, haciendo esquina con la calle Hospital, encontramos un caserón de los que, por desgracia, cada vez van quedando menos en Almería. No sabemos si es por su situación (muy cerca de la Catedral) o por la soledad que se respira en esas callejuelas cuando cae la noche, pero es cierto que el edificio parece transmitirnos una sensación extraña. Entre el vecindario, y también por Internet[1], corren rumores referentes a que todo aquel que alquila la mansión, termina abandonándola debido a los fenómenos paranormales que ocurren dentro de ella. Desde movimiento de objetos hasta los habituales “raps”, pasando por puertas y cajones que se abren y cierran a su antojo, como si tuviesen vida propia. Tal fue la magnitud de estos sucesos, que hay quien afirma que la propia Iglesia envió a un exorcista para hacer un ritual de purificación en la vivienda. La verdad es que en los archivos eclesiásticos que he podido consultar no hay ni rastro de ello, lo que nos invita a pensar que los hechos han sido inventados o manipulados, aunque el paso del tiempo haya contribuido a su difusión. Como no quería quedarme con la duda, recurrí a Eduardo del Pino, la persona que más sabe sobre las calles de Almería, quien acabó por confirmar mis sospechas. La casa tiene poco o nada de encantada. «La vivienda estuvo habitada por familias de la burguesía local como Talaveras, Rodas y Spencer. La gente la llama “la casa de los Duendes”, y muchos piensan que es porque allí sucedieron cosas extrañas, pero no es así. Es porque la parte lateral daba a la calle de ese nombre. No hay nada de misterio en ella».

Al propio Eduardo del Pino le debemos también la siguiente historia. Él fue el primero en hablar de uno de tantos caserones olvidados que habitan el centro de Almería. Aún hoy, si nos situamos frente a él en la plaza Marín, podemos intuir el esplendor que atesoró tiempo atrás a pesar de que con su reciente restauración ha perdido parte de su magia. Como dice el historiador almeriense, no hay indicios que nos revelen por qué se bautizó a esta mansión construida en 1850 con el inquietante sobrenombre de “la casa de los fantasmas”. Siempre ha pertenecido a una familia que les sonará si leyeron mi anterior obra, La Almería Extraña, concretamente el capítulo dedicado a la casa de las dos torres de Benahadux. Les hablo de los Godoy y de los Ametis. En la posguerra sus propietarios fueron Alberto Ametis García y Dolores Godoy Massa, que vivían allí con sus hijos María Dolores, Alberto y Mari Carmen.

La explicación a esta singular denominación seguramente la encontremos en las múltiples leyendas e historias de duendes y espíritus que envuelven esa parte de Almería. La cercanía a la Plaza Vieja y al Cerro de San Cristóbal induce a ello. A finales del s. XIX, esas calles eran testigo de amores prohibidos y de encuentros sexuales clandestinos (no hay que olvidar que había una importante zona de prostitución cerca de ahí), por lo que ni mucho menos hay que descartar que este tipo de rumores fueran propagados con la intención de alejar a los curiosos y así permitir que los conocidos escarceos sentimentales quedasen para siempre en el anonimato.

Hacemos ahora una breve parada en la plaza Julio Alfredo Egea para detenernos frente al Instituto de Estudios Almerienses. Este edificio historicista del s. XIX, hoy rehabilitado, está ubicado sobre un solar en el que la arqueóloga Rosa Morales Sánchez documentó fragmentos de utensilios cerámicos de época romana, una red de suministro de agua y baños públicos del S. XIII así como restos de construcciones privadas de los s. XIV y XV, y objetos pertenecientes a la familia de Diego Alarcón Moya, últimos propietarios (actualmente se conserva la fachada). Del IEA también se cuentan historietas relacionadas con la aparición de un extraño personaje vestido de negro que tuvo en vilo a algunas limpiadoras durante un tiempo. Cierto es que los actuales trabajadores han escuchado ese rumor, incluso hay quien no se atreve a quedarse solo en el edificio, pero todo parece formar parte de la rumorología. Aunque a José Simón, empleado de allí, le ocurrió algo inusual: «Un día, estando allí solo, escuché claramente la voz de alguien que me hablaba. No recuerdo lo que dijo, pero no me lo imaginé. Recorrí todas las habitaciones, subí a la planta de arriba… pero no vi a nadie. Fue muy raro. Y creo que las limpiadoras han tenido experiencias parecidas».

Cerca de La Alcazaba, en el cruce de las calles Reina y Almanzor, existe un llamativo caserón sobre el que se ciernen algunas leyendas. La negativa del dueño actual a querer hablar impide que podamos arrojar luz sobre los hechos, aunque todo apunta a que de nuevo nos encontramos ante rumores sin fundamento. La verdad es que esa zona tiene magia. El ambiente de la Almedina, con la calle estrecha y la tetería de al lado parecen transportarte a otra época. Los primeros datos sobre la vivienda me llegan a través de Antonio Herrera, conocedor de la capital como si fuera la palma de su mano. «La casa se ve que era de un arquitecto de Alhama de Murcia que decían que estaba loco. Cuando decidieron venderla y los encargados de hacerlo entraron, encontraron una serie de pinturas con símbolos relacionados con la brujería y el satanismo. Pero no fue eso lo que más les llamó la atención. Había un buitre disecado que desprendía una energía negativa». El relato continúa con la presencia de una médium, que les confirmaría que las vibraciones del lugar no eran buenas, y les daría una serie de instrucciones para “purificar” el lugar. Estas tenían que ver con un ritual en el que se utilizaba un cactus y una botella de agua bendecida. Todo muy raro, ¿verdad? Como la historia me parecía increíble, me puse en contacto con Emilio Capilla, dueño de un estudio de arquitectura situado en uno de los lofts del caserón. Él me confirmó que había escuchado los rumores y que incluso algunos vecinos habían experimentado situaciones que se alejaban de lo normal. «A nosotros nunca nos ha pasado nada. Bueno… de vez en cuando salta la alarma. Como si detectase una presencia aquí cuando no hay nadie en el estudio. Una vez llegó a venir la policía». Emilio me instó a que contactase con José Cárdenas, encargado de las obras de rehabilitación, porque recordaba que algo les había pasado a los obreros. Y eso fue lo que hice: «No sé quién te ha comentado eso, pero a nosotros no nos ocurrió nada raro. Es verdad que algunos obreros hablaban de la historia de una persona que se suicidó ahorcándose, pero no sé si lo contaban para meter un poco de miedo o porque era cierta». De nuevo, y a riesgo de abusar de su confianza, volví a recurrir al maestro Eduardo del Pino para ver si sabía algo. «Precisamente he vivido al lado durante varios años y he escuchado los rumores, pero creo que lo único paranormal es que las obras de rehabilitación se demoraron en exceso. Por cierto, allí vivió el ilustre médico almeriense Miguel Tolosa».

El Paseo de Almería, con algunos de los edificios más bonitos y esplendorosos de la ciudad, tampoco escapa de las historias que tienen que ver con fantasmas. Además, sus dos vértices siempre han estado relacionados con lo extraño. Me refiero a la casa de Doña Paquita y al edificio de las Mariposas.[2] Y es curioso que algunos de los números que tenemos marcados en rojo en esta ruta del misterio tengan que ver con bancos. Por ejemplo, la antigua sede de Cajamar (esquina con Navarro Rodrigo) o el edificio central de Unicaja. En ambos lugares, tanto vigilantes de seguridad como parte del personal de limpieza aseguran que allí ocurren fenómenos extraños.

Desplacémonos ahora hasta la calle Hermanos Pinzón, epicentro de una tragedia ocurrida el 15 de septiembre de 1970 cuando se derrumbó el edificio Azorín. No quiero ni imaginar la situación tan dramática que se pudo vivir ese día. Quince personas murieron aplastadas por los escombros y otras seis resultaron heridas. La prensa de todo el país se hizo eco de las espeluznantes imágenes del rescate de los cadáveres. Sobre las 14 horas, un fuerte estruendo sobrecogió a los vecinos del barrio. El edificio de diez plantas que se estaba construyendo se desplomó. Fueron los propios viandantes que pasaban por allí quienes intentaron rescatar a los más de treinta albañiles y carpinteros que trabajaban en ese gigante que iba a albergar 72 viviendas. Durante más de 48 horas la ciudad estuvo en vilo. Todos querían cooperar, incluso diversos militares del campamento Álvarez de Sotoyamor (Viator) se desplazaron allí. Sevillana llegó a montar unos focos de gran potencia y una galería para poder acceder a los sótanos del edificio. Miles de personas se concentraban en las inmediaciones, corroborando una vez más el carácter solidario de la capital. El entierro, como no podía ser de otro modo, fue multitudinario (más de quince mil personas), y se decretaron varios días de luto. La Justicia condenó al director de la fábrica de cementos que había proporcionado el material, al comprobar que estaba adulterado; y al arquitecto Fernando Cassinello, por imprudencia temeraria al ser el director de las obras. No se puede frivolizar con estos temas, y menos con una tragedia de por medio, pero no sería justo obviar en este capítulos los testimonios que apuntan a que en determinados pisos de ese edificio se ha manifestado lo imposible. Vecinos que han abandonado sus domicilios repentinamente y sin mediar palabra con sus caseros; ruidos y golpes provenientes de pisos que aparentemente debían estar vacíos, demasiados fallos en el sistema eléctrico, y personas que aseguran haber visto en una de las escaleras a varios personajes vestidos de negro durante algunas madrugadas.

La última estación de este viaje nos lleva hasta la carrera del Mamí. Siempre se ha dicho que en el cortijo Marín de Burgos se han sucedido distintos episodios relacionados con lo inexplicable. Quizá el más importante sea el de una mujer que trabajó allí como sirvienta durante muchos años

 

[1] En la versión que corre por la red existen bastantes errores históricos, algunos muy graves, con lo que no merece la pena hace referencia a ella en este libro.
[2] En uno de los bajos del edificio, durante 76 años estuvo la zapatería “Calzados El Misterio”, cuyo nombre se relacionaba con fenómenos extraños. Nada que ver con eso. Al parecer, Jacinto Asensio Muñoz, su fundador, bautizó al local de esa forma en honor a la fiesta teatral representada cada año en la Basílica de Santa María de Elche. Durante su estancia en la localidad alicantina, Jacinto quedaría encandilado con el espectáculo y quiso brindarle su particular homenaje.

Read more

Misterios de Almería

Los primeros casos de fantasmas en Almería

Creo que no me equivoco si les digo que la primera vez que se habló abiertamente de un “fantasma” en Almería fue en 1895, concretamente en el mes de septiembre. Fue muy sorprendente para mí encontrar esa palabra como titular en una página del diario La Crónica Meridional. Y la escribían en cursiva, conscientes de su importancia, sabedores de que quizá estaban traspasando los límites de lo periodístico. «Hemos oído decir que desde hace días pasea por la noche las calles laterales a la de las Cruces un fantasma que trae atemorizados a algunos de aquellos vecinos». Valientes escribanos que se despojaban de sus tapujos para hablar abiertamente de algo que hoy, en pleno siglo XXI, parece que todavía sigue costando publicar. Además, acompañaban la noticia con una de las típicas coplillas de la época[1]:

 

Tan quiméricos temores

                                    en la calle de las Cruces,

                                    extrañar hacen, lectores,

                                    en… el siglo de las luces.

 

Esto me hizo recordar a otra leía al Padre Tapia en su libro Almería, piedra a piedra, en concreto para referirse a supuestas apariciones en el barrio de Los Molinos:

 

No pases por la Mezquita,

                                    ni atravieses por el Diezmo,

                                    mira que de noche salen

                                    las brujas y los engendros.

 

El 29 de noviembre de 1912 de nuevo ese fascinante titular en la prensa de Almería. En esta ocasión fue El Popular quien hablaba de «El fantasma». El Campo de Regocijos era el lugar donde varias personas habían detallado encuentros con un ser completamente cubierto por una túnica blanca. Un señor aseguraba habérselo encontrado el día 12 en una esquina de la calle de las Cruces (¿tendría algo que ver con el caso anteriormente relatado?), siendo perseguido por el espectro hasta que consiguió despistarlo en un soportal. Otro hombre afirmaba que el fantasma llevaba un revólver encima, lo que nos hace situarlo más en el mundo de los vivos que en el de los muertos ya que, de lo contrario, sería el primer caso conocido a nivel mundial en el que un espíritu porta un arma de fuego. Lo más curioso de todo es que el redactor de El Popular, a raíz del último testimonio, ponía nombre al fantasma: Manuel. Amigo de otro joven del mismo nombre y González de apellido. Este último rondaba a una chica que se había instalado en la calle de la Encantada, frente a la huerta de las pencas, mudándose desde Lorca con su familia unos meses antes. El otro Manuel, celoso del amor furtivo de su amigo con la joven, se escondía en una esquina, echándose sobre su cabeza una capa forrada de blanco y ayudándose con un bastón para proveerla de la altura suficiente para que pareciese, desde lejos, un alma en pena. Así espantaría a Manuel González y tendría vía libre para conquistar el corazón de la lorquina.

Sinceramente, desconozco el desenlace de esta historia, pero sirve de ejemplo para proponer lo que he intentado mostrar en mis investigaciones: No es oro todo lo que reluce, y la mayoría de estos fenómenos seguramente tengan una explicación racional. Quizá no hoy, quizá tengan que pasar varios siglos, pero no pierdan el horizonte con estos temas. De este en concreto extraigan lo más importante. Que ya en el siglo XIX la prensa almeriense se aventuraba a tratar algunos temas que hoy siguen escandalizando a más de uno. Es para hacérnoslo mirar.

 

[1] “La Crónica Meridional” (14/09/1885)

Read more

Misterios de Almería

Los esqueletos gigantes de Tonosa – Enigmas de Almería

En esta ocasión, además de exponer una historia, voy a recurrir a vosotros para ver si podemos conseguir algún dato más. Es una historia oscura y, cuanto menos, surrealista. Ocurrió en una pequeña pedanía de la provincia de Almería y no hay más datos que estos que voy a reproducir tal cual a continuación (reportaje en La Verdad de Murcia). Si tenéis algún dato más, me interesaría conocerlo: alberto@albertocerezuela.com

El texto es de Antonio Botías:

Gigantes que superaban los dos metros de altura, con descomunales dientes de hasta cuatro centímetros y enormes cabezas alargadas. Así era la quincena de esqueletos descubiertos, por casualidad y mientras se araba un campo, en Tonosa, una aldea situada a pocos kilómetros de Puerto Lumbreras. Hace medio siglo justo, la noticia del hallazgo de los restos de formidables seres humanos atrajo la atención sobre este olvidado caserío. Pero, de forma inexplicable, apenas unos días después, cuando los medios acudieron al lugar, los restos fueron enterrados a toda prisa. El enigma de los gigantes de Tonosa se mantiene intacto cincuenta años más tarde.

La primera noticia fue publicada en el diario ‘La Verdad’ en su edición del día 22 de septiembre de 1966. La información estaba datada en Puerto Lumbreras y era, según destacaba el periódico, un «servicio especial de nuestro corresponsal». Se trataba de Juan Romea Sánchez. El titular, que ocupaba más de media página, advertía de la aparición de «esqueletos humanos de más de dos metros» en la localidad almeriense de Tonosa. Al parecer, los huesos habían aparecido mientras un agricultor araba un campo.

«Al entrar un tractor en un terreno blando y arcilloso que jamás había sido arado -señalaba el rotativo-, se descubrieron losas de 25 centímetros cuadrados, debajo de las cuales fueron encontrados hasta quince esqueletos que han quedado a casi ras de tierra».

El corresponsal de Puerto Lumbreras añadía que el tamaño de aquellos huesos encontrados era bastante más largo y de mayor diámetro que los del hombre contemporáneo. Además, «los cráneos son mucho mayores y alargados. Con toda seguridad, su estatura sería superior a los dos metros».

El estado de conservación de los restos debía ser aceptable, al menos si tenemos en cuenta que conservaban aún los dientes, como destacaba el diario. Y, desde luego, sus dimensiones llamaron la atención del improvisado informador. «Algunas piezas dentales miden casi cuatro centímetros». Tras el descubrimiento, algunos recordaron que hacía algún tiempo otros labradores desenterraron un esqueleto de características similares.

Lo que no explicó ‘La Verdad’ es que los dueños del terreno habían dado parte a la Guardia Civil de Vélez Rubio, desde donde se trasladó un juez para inspeccionar el macabro hallazgo. La antigüedad de los esqueletos era evidente, por lo que la comitiva se retiró sin dar más explicaciones. Y, sobre todo, no ordenaron hacer nada con aquellos huesos.

Envían a dos periodistas

La noticia causó una gran expectación en Murcia, como lo prueba el envío inmediato de un redactor, Manuel Carles, y el gran fotógrafo Tomás, para cubrir a pie de campo la información. Carles describió Tonosa como un núcleo de población formado por «quince casas mal contadas. Muy rurales y con una ermita muy rústica, a la que va los domingos, desde uno de los Vélez [Vélez Rubio o Vélez Blanco], un cura a decir misa». La aldea era tan «insignificante» que apenas nadie salió a recibirlos y «solo unas gallinas cloqueadoras rompen silencios».

El redactor descubrió que las osamentas habían aparecido en unos terrenos propiedad de Los Ambrosios, vecinos de otro pueblo próximo. El lugar era «grande y plano, de tierra blanda y color ceniza, que está muy suelta porque hace muy poco que fue arada».

A su alrededor se alzaban unos almendros, aquel día un tanto húmedos por la lluvia. Pero lo curioso es que por todo el campo se repartían «hasta catorce montoncitos de piedras planas, colocadas de canto, unas apoyadas contra otras».

El redactor y su fotógrafo, a quienes acompañaba el corresponsal de Puerto Lumbreras, aguardaron la llegada del tal Ambrosio, «que andaba comiendo». Pero, entretanto, pidieron una azada a un lugareño y cavaron entre aquellas piedras.

Pronto encontraron lo que buscaban: «algunos huesos humanos: un trozo de fémur, otro de bóveda craneana, otro de sacro». El corresponsal Romea halló unas muelas, que guardó en su bolsillo y de las que se conservan fotografías. En una de ellas, descomunal, cabía una habichuela entera.

De la misma visita se conserva el testimonio de una lugareña, María Martínez López, quien aportó interesantes detalles sobre el paradero de los huesos. «Los volvieron a enterrar. Están a más de setenta centímetros de profundidad. Lo que ahonda el tractor». La misma María aclaró que era la primera vez que se araban aquellos campos con tractor. Hasta entonces solo se empleaban mulas, cuyos arados no penetraban tanto en el terreno. ¿Por qué los habían vuelto a enterrar? María también explicó ese extremo: «No sabían que hacer con ellos».

Más restos en una cueva

La joven relató que los esqueletos descubiertos eran muy grandes y que «encima de la cabeza tenían una de esas piedras y dos más, una a cada lado de la calavera». Similar opinión aportó el tal Ambrosio, quien añadió que apenas dos años antes, «en una cueva próxima se hallaron otros [restos] muy parecidos. Con las piedras planas en la cabeza». También recordaba el reportaje que en el paraje conocido Cueva de Ambrosio se habían hallado más esqueletos. Ese espacio fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 1998 por su espléndido arte rupestre. No muy lejos de allí existe la llamada Sierra del Gigante.

Sin embargo, medio siglo más tarde aún perdura el misterio de aquellos esqueletos que sorprendieron, aunque fuera por unas horas, a los parroquianos. ¿Qué fue de ellos? ¿Realmente existieron o fue un [improbable] montaje? ¿Se conserva el atestado de la Guardia Civil? Tantos interrogantes que, al menos hasta ahora, continúan siendo un enigma para los lectores murcianos.

 

Read more

Misterios de Almería

La tía Cachocha y otros curanderos de Mojácar

Tal y como vamos a comprobar a continuación, Mojácar es un lugar muy propenso a este tipo de prácticas. Los más ancianos del lugar aún recuerdan a Andrés “el de la ictericia”, un hombre con poderes para curar dicha enfermedad, que vivía a caballo entre Garrucha y Mojácar. Esta enfermedad que consiste en trastornos hepáticos que aumentan la bilis en la sangre provocando conjuntivitis y amarillento en la piel, era curada por Andrés simplemente con mirar fijamente al paciente mientras emitía desagradables sonidos y vomitaba saliva, extrayendo así la mortal enfermedad de sus “clientes”.

La tía “Cachocha” era especialista en curar el mal de amores. Todo el mundo acudía a ella cuando veían que sus enamorados se distanciaban. Ella no usaba secretos conjuros ni invocaba a espíritus, tan solo proporcionaba a los locos de amor unos polvos mágicos a los que denominaba “pichirichis”. Fíjense si este remedio era efectivo que hoy en día, más de cincuenta años después de su muerte, hay personas que acuden a Mojácar en busca de alguien que aún conserve una pizca de esos “pichirichis”. «Vendo polvos para querer, para aborrecer, para entontecer…» le confesó al genial periodista andaluz Tico Medina. «Y he recibido visitas tan importantes que ni se lo creería».

El 18 de julio de 1926, “Diario de Almería” abría la edición con un llamativo titular en portada: Lo que debe evitarse. El cuerpo de la noticia no tenía desperdicio. En esta pedanía que se encuentra a 5 km de Mojácar, muy cerca del famoso hotel “El Algarrobico”, un “curandero” estaba en boca de gran parte de la provincia debido a sus supuestas curaciones milagrosas. Dicha noticia habla de interminables caravanas de caballerías, de distintos pueblos, que cada día llegan a la humilde casa de este personaje en busca de un prodigio. Todo tipo de enfermos, ciegos de nacimiento, tuberculosos y mutilados desfilan por el lugar, ante la narración atónita de los periodistas de la época. Dicen que no cobra nada, pero algunos testigos apuntan a que una de sus hijas está permanentemente en la puerta de la achatada casa de adobes negros para recoger aquellos donativos que libremente dan los enfermos. Incluso un hombre ha abierto un negocio de transportes para llevar a la gente desde Mojácar hasta Agua En medio, tres veces al día.

El iluminado o santón, como así lo bautizó la prensa, usaba una verborrea más que convincente para lograr ese efecto placebo en los que acudían a él. «No he recuperado la vista, pero me siento mucho mejor», dijo un ciego tras el encuentro con este personaje, de larga barba blanca y alucinantes ojos, a quien muchos también temían en la zona, y que determinados días era capaz de congregar en sus inmediaciones a más de cuatro mil enfermos. ¡Incluso hacía visitas a domicilio cuando algún hombre pudiente de la capital requería de sus servicios!, como así atestigua otra información del mencionado periódico el 24 de junio de ese mismo año.

Realmente se llamaba Frasquito y los vecinos le apodaban “el Santón de la Sierra”. Algunos decían que era la reencarnación de un profeta del Antiguo Testamento, rumor que alimentaba su peculiar aspecto físico (tremendamente alto y espigado). Siempre cubría su cabeza con un pañuelo negro, y tenía un hablar cavernoso. Era normal que aquellas gentes, sugestionables y con arraigadas creencias, cayeran sugestionadas ante la presencia del “tío Frasquito”. Al igual que la tía “Cachocha”, tampoco usaba pócimas mágicas ni remedios caseros. Su método era la palabra, y siempre se despedía con una solemne frase: Sé bueno, busca en todo la paz de Dios, cree en él, ama a tus semejantes y haz siempre obras buenas. El historiador Carlos Almendros aporta la solución al enigma: Ambiente misterioso del lugar, gentes sencillas, primitivas e imaginativas, y psicología hábilmente manejada por una persona de cualidades extraordinarias[1].

[1] “Mojácar, rincón de embrujo”, Carlos Almendros.

Read more

Eventos

Padrino en la graduación del Colegio Internacional SEK Alborán (2016)

Sigo recopilando cosas, y en este caso me he encontrado con un maravilloso recuerdo. Desde el Colegio Internacional SEK Alborán, en Almerimar, pensaron en mí como padrino para cerrar el curso de hace dos años. Coincidió con un momento duro para mí, y por eso estaré eternamente agradecido a Luis Carlos Jiménez, director del colegio, por hacer contado conmigo. GRACIAS.

Read more

Más publicaciones

Alberto Cerezuela


Ver más

Facebook

Últimas entradas

Categorías